domingo, 19 de noviembre de 2017

La línea a seguir

No fue un buen resultado. No fue un buen partido de fútbol. Pero fue todo lo que se le pide a un derbi. Y, además, fue un síntoma de que el Atlético de Madrid quizás ha encontrado esta temporada la línea a seguir. Los sospechosos habituales de Simeone recuperaron la intensidad, la valentía y el ímpetu, añorados desde la mudanza al Metropolitano. Y lo hicieron ante una hinchada que, desde mucho antes del comienzo del choque, demostró estar enchufadísima, lo cual se tradujo en incansables cánticos, gritos o pitos, según lo que aconteciera sobre el terreno de juego. Y lo hicieron contra un equipo, el Real Madrid, que ofreció una versión tan mediocre que el mejor del club merengue anoche fue Fernández Borbalán, pésimo árbitro que de forma delirante está siendo criticado por el Real y sus medios de propaganda en lo que es un sin duda un festival del humor. Es curioso ver cómo reacciona el madridismo cuando la suerte no le sonríe. Cuestión de clase.

Como todo lo que se puede cuantificar puede ser objeto de infelicidad, el empate a cero sabe a Pepsi y la Liga ya tiene cara de Everest. Por eso hay que quedarse con las sensaciones, porque el Atleti regresó al pasado en su búsqueda del futuro: recuperó sus emblemáticos coraje y corazón para convertir el Metropolitano en unas Termópilas donde sus prepotentes vecinos acabaron como Jerjes. El equipo rojiblanco, volviendo a sus añejas señas identitarias, dejó una oxigenante esperanza en el ambiente, una luz al final del túnel en el que anda metido el invicto equipo rojiblanco desde hace semanas, un "así sí" o, al menos, "así mejor".

Pero que nadie cometa la tontería de lanzar las campanas al vuelo...porque es más que probable que aplasten a alguien al caer. Esta es indudablemente la línea a seguir pero no es la meta; la chica te ha dado su número de teléfono, no se ha casado contigo. ¿Por qué no hay que caer en la euforia? Porque Houston sigue teniendo problemas: la puntería sigue en busca y captura, Griezmann continúa de viaje astral, Koke y Carrasco parecen la versión bazar chino de sí mismos y hay jugadores cuyo mayor servicio al Atleti quizá sea el dinero que se pague por ellos al irse.

Dicho esto, toca fruncir el ceño y apretar los dientes: el miércoles llega la Roma y contra ellos no hay empates ni eneros que valgan. Una victoria que pasa por progresar en la línea vista en un vibrante derbi en el que, como dice cierto cántico, el Atleti demostró quién manda en la capital.

sábado, 18 de noviembre de 2017

La mujer violada del César

Dice la Historia que Julio César finiquitó su matrimonio con Pompeya después de que ésta albergara en su residencia los "festejos de la Buena Diosa", un sarao-orgía-fiestón exclusivo para mujeres y que se convirtió en el Vesubio conyugal después de que un joven senador se colara disfrazado allí con la intención de conocer en la intimidad a la esposa del mandamás romano. Fue entonces cuando César, especialista en frases lapidarias, dijo (o dicen que dijo, que en esto nunca se sabe) la famosa sentencia "La mujer del César no sólo debe ser honesta sino también parecerlo". Por tanto, el cuidado de las apariencias viene de antiguo. Lo que no viene tan de antiguo sino que es de anteayer es el actual desequilibrio entre el significante y el significado, entre el continente y el contenido, entre la forma y el fondo, entre lo que pareces y lo que eres: en la sociedad del postureo no importa (tanto) lo que eres como lo que los demás creen que eres. Esto explica por ejemplo fenómenos como los selfies, la obsesión por exhibir(se) urbi et orbe en redes sociales, la conversión de la existencia en una storyline de Instagram...y la estrategia de la defensa de esos cinco muchachos sevillanos, autoapodados "La Manada", que allá por 2016 jodieron la vida y los Sanfermines en un portal de Pamplona a una madrileña de 18 años (presunta) violación mediante. Una estrategia defensiva que, aunque es escrupulosamente legítima desde el punto de vista legal y procesal, resulta vomitiva y demencial. Una repugnante estrategia que radica en la tesis de que si has sido víctima de violación no sólo deber serlo sino también parecerlo. Es decir, hacer una ostentación pública, incuestionable y notoria del dolor, la rabia, la pena, la vergüenza, el miedo y demás secuelas que deja una atrocidad así. Dicho de otra manera: para los defensores de estos canallas no eres víctima si no voluntariamente no te autoestigmatizas como tal dentro y fuera de Internet. Al carajo el estoicismo, la discreción, la prudencia, la templanza, la introspección y la voluntad de reconectarse a la normalidad como terapia. Si no te embadurnas en el propio lodo de la tragedia, si no chapoteas en el victimismo, si no paseas tu trauma como un neón, si no te conviertes en alguien a medio camino entre una mujer lorquiana y un histrión griego, nadie te va a expedir el certificado acreditativo de tu condición de víctima. La mujer violada no sólo debe serlo sino además parecerlo. Eso es lo que subyace en la tesis que manejan los letrados de esos (presuntos) violadores y (contrastados) hijos de la gran puta que hacen alarde de su condición más animal que humana. Sobre este aspecto, recomiendo leer el sensacional artículo de Manuel Jabois No sonría a cámara. Una tesis que, como si de una tóxica matrioska se tratara, esconde otra aún peor: la de que la chica se lo ha buscado, que lo que pasó en aquel portal no se entiende excluyéndola a ella de la ecuación, que tiene su parte de culpa en que cinco bastardos hicieran aquella noche una asquerosa performance en honor a la degradación humana. Todo esto es lo que hay detrás de la estrategia que manejan los letrados defensores de ese grupo de miserables, a los que, ignorando su indudablemente vil y nauseabundo historial previo, pretenden presentar como unos chavales a los que a lo mejor se les fue la diversión de las manos pero nada más. Aquí también influye el hecho de que los abogados defensores parten indudablemente de la premisa de que el personal es tonto del culo y que somos lo suficientemente gilipollas como para ver como una chiquillada no sólo el hecho en sí sino que el propio suceso fuera grabadado en varios vídeos y comentado eufóricamente en Whatsapp por estos salvajes como si fuera la moviola de un partido de fútbol. Supongo que esos abogados están plenamente capacitados para recitar como loros el ordenamiento vigente pero lo que es indudable es que carecen no ya de vergüenza sino de la más mínima empatía. ¿Si la víctima fuera madre, esposa, hermana o hija de alguno de estos entogados mantendrían esa insostenible y pestilente estrategia? Lo dudo bastante.

Pero en este artículo tampoco quiero dejar que se vaya de rositas el tribunal de la Audiencia de Navarra que está juzgando el caso. Ese tribunal, presidido por el magistrado José Francisco Cobo Sáenz, está quedando como Cagancho en Almagro y Rufete en Lorca a cuenta de su curioso criterio a la hora de estimar pruebas. Por un lado, desestima como elemento probatorio de la acusación los mensajes previos al suceso enjuiciado y que demuestran que "La Manada" no eran un grupo de boyscouts de parroquia que iban a Sanfermines con intenciones inocuas. Por otro lado, admite como prueba de la defensa una foto de una camiseta colgada por la víctima en redes sociales con el texto "Hagas lo que hagas, quítate las bragas", lema de una estrella de la cutre-franquicia de realities "Shore", y que supongo que para los abogados de los cinco mierdas sevillanos acredita como fresca, guarra o calientabraguetas a la chica madrileña a la que "La Manada" pasó por encima en Sanfermines como si fueran toros del encierro y que aquello lo sufrió poco menos que por puta, como brillantemente ha denunciado Luz Sánchez-Mellado en su artículo Por puta. Todo muy coherente. El quid de la cuestión no es ya el agravio comparativo (e interpretativo) de las pruebas en que ha incurrido el tribunal sino que además perpetúa ese bochornoso historial de vergüenzas en sede judicial que ponen la diana en la víctima más que en el agresor, una galería de horrores judiciales para la que el machisimo me parece una fácil e insuficiente justificación. Creo que esa mentalidad, esas entendederas trascienden el machismo y sólo se entienden completamente si asumimos que el juez o magistrado de turno es un tarado mental. Porque sólo un tarado sería tan necio como para atacar o cuestionar a la víctima (en lugar de protegerla) y, al mismo tiempo, amparar o justificar al agresor. Hay jueces que ofenden no sólo a la Justicia sino al sentido común y a la sociedad entera con comportamientos que parecen brotados al calor de la legendaria frase de Santiago Segura en Airbag: "La culpa es de los padres que las visten como putas". Pero, volviendo al caso del artículo y del juicio, la chica podrá ser lo que quiera y actuar como quiera pero los únicos responsables de una violación son los violadores: ni la mentalidad ni la estética ni el atuendo ni la personalidad ni los gustos televisivos de la chica justifican ni contextualizan ni matizan ni atenúan absolutamente nada de lo que pasó en esta (presunta) violación. Dicho de otro modo: aun en el hipotético supuesto de que la chica le encantara encender hornos ajenos, eso no eximiría ni una micra de culpa a "La Manada". Y menos aún si tenemos presentes sus mensajes previos y posteriores al suceso. Además, no sé hasta qué punto encuentra sostén legal el hecho de que alguien, sin resolución judicial autorizante, se inmiscuya en la intimidad de una persona y presente como pruebas cosas que poco o nada tienen que ver con el suceso a juzgar y sí con la esfera personal e íntima que está protegida constitucional y legalmente en España. Y encima se acepten dichas pruebas. En España, la invasión de la intimidad sólo pueden hacerlo la Policía o la Guardia Civil cuando exista motivo justificado y se tenga una autorización o convalidación judicial, requisitos que en este caso brillan por ausencia. Por eso, lo lógico sería que hoy estuvieran de mierda hasta las orejas el abogado, la detective y los familiares que pagaron a ésta por investigar a la víctima de la (presunta) violación. Pero España es así...propensa a causar vergüenza ajena.

De todos modos, como lo importante no es cómo empiezan las cosas sino cómo terminan, espero y deseo que los hoy acusados José Ángel Prenda, Ángel Boza, Jesús Escudero, Alfonso Jesús Cabezuelo y Antonio Manuel Guerrero pasen a ser en un futuro no muy lejano residentes de alguna prisión, que es donde gentuza como esta piara humana merece estar. A la basura hay que sacarla de la casa. Y la sociedad es la casa de todos. Así que, por favor, que alguien tenga la decencia y el civismo de colocar a "La Manada" en su pertinente vertedero. Gracias.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Los árboles y el bosque

No. Que no te engañe el título. Este no es un artículo sobre flora. Más bien es un artículo sobre fauna; sobre cerdos concretamente, pero no esos de los que se sacan jamones y demás productos como si fueran una mágica chistera de charcutería sino de los que son un manantial de marranadas difíciles de comer y digerir para cualquiera con un mínimo de estómago moral. Como la foto ayuda, imagino que ya sabes de qué y de quiénes estoy hablando. Sí. Este artículo surge a propósito de la inesperada primavera de depravados que ha llegado este otoño, de esa repentina floración de guarros, salidos, obsesos y miserables en plena época en la que muchos árboles hacen un fúnebre striptease desnudándose de hojas. Los yanquis tienen una poética expresión para el otoño: "the fall" y, ciertamente, estas semanas han sido para Harvey Weinstein, Kevin Spacey y otros ilustres del cine -se habla de Dustin Hoffman, Ben Affleck, Louis C.K., Brett Ratner y Matthew Weiner, entre otros- una auténtica fall (caída) que en algunos casos tiene pinta de perpetuo nocaut profesional. ¿Por qué entonces he titulado el artículo así? Porque creo que, con toda esta desagradable polémica, se están cometiendo dos errores de atención que casan bastante bien con el popular consejo "que los árboles no te impidan ver el bosque". Y es que, en mi opinión, este nauseabundo caos ha desviado la atención de ciertas personas hacia los árboles y no hacia el bosque.

Por un lado, está el tema del silencio de las víctimas. Es decir: hay gente que, una vez que se ha descubierto este estercolero, están más pendientes de debatir sobre el silencio de las personas afectadas por las cerdadas que por los hechos en sí o sus responsables. A mí, honestamente, me da igual si el silencio de las víctimas se ha mantenido imperturbado en el tiempo por un lógico bloqueo psicológico, tacticismo profesional, miedo laboral, culpa judeocristiana, fobia al "qué dirán", vergüenza con efecto retardado u oportunismo ventajista. A mí lo que me interesa es que ese silencio se rompa sin importar el cuándo y lo que me preocupa verdaderamente es quién causa ese silencio, porque en este sentido creo que no sólo hay que culpar al repugnante homo genitalis de turno que considera que su pene es un cetro al que rendir pleitesía sino que también merece una crítica esta sociedad (o, al menos, a una porción no pequeña de la misma) que trata a las víctimas de estos abusos como si fueran apestadas, cómplices o carne de condescendencia. Callar no siempre denota consentimiento y por eso hay que respetar la intimidad que ampara ese silencio con la misma rotundidad que hay que abrigar sin miramientos a quien tiene la valentía de quebrarlo voluntariamente. Dicho de otra manera: el problema no está en callar sino en lo que provoca ese legítimo mutismo; el problema no está en el armario sino en lo que te obliga a resguardarte en él. Por eso, mejor preocupémenos de poner el foco crítico en los culpables y no en quienes les culpan, incluso aunque lo  hagan desde el oportunismo. Además, puestos a fijarnos en el silencio, me parece aún más escandaloso y grave el silencio de quienes, sin ser víctimas pero sí conocedores, prefirieron callar a pedir la voz y la palabra para dar la cara: eso sí que es grave y cobarde porque en ese silencio sí es el mejor cómplice para esos monstruos y el peor desamparo para sus víctimas. En definitiva: que las consecuencias no te impidan ver el problema.

Por otra parte, está el asunto de identificar en términos valorativos al artista y a su obra, dejando que la valoración de la persona se extienda o confunda con su trabajo. Esto quizá puede resultar bastante polémico o controvertido pero espero explicarme bien. Creo que es un error juzgar para bien o para mal un trabajo por quien lo hace del mismo modo que es un error valorar a alguien en lo personal por su desempeño profesional. Quiero decir: puede haber bellísimas personas cuyo legado profesional sea pura bazofia igual que puede haber excrementos antropomórficos capaces de dejar para la posteridad auténticas obras maestras de la misma manera que puede darse la circunstancia de que la valía humana y la profesional estén perfectamente alineadas, aunque esto último es algo infrecuente en un mundo lleno de matices y contradicciones. Estoy pensando por ejemplo en Kevin Spacey, un tipo netamente despreciable que sin embargo es un actor que ha dejado para la posteridad en varias ocasiones interpretaciones magistrales. ¿Qué hacemos con películas como American beauty o Se7en o La vida de David Gale? ¿Quemamos todas las copias que existan de ellas? ¿Quitamos a Spacey todos los galardones que ha recibido como actor por ser un "presunto" acosador sexual? No se trata de dejar que la obra exculpe al artista sino de saber colocar en compartimentos estancos lo personal de lo laboral. Yendo un poco más allá y trascendiendo el tema del escándolo sexual: para mí es un error dejarse llevar por filias o fobias personales o morales respecto al artista a la hora de afrontar su obra. Sería algo semejante, salvando las distancias, a culpar a los hijos por los pecados de sus padres. Por eso, me parece una estupidez dejar que la opinión o la impresión que tengamos de un artista nos influya a la hora de disfrutar o no de su obra, lo mismo que me parece una majadería ensalzar o vituperar a un artista como persona basándonos en su obra. Esto en España, por desgracia, se da mucho y desde hace siglos: lo de llevar en hombros o a rastras a un artista (ya sea escritor, actor, pintor, cineasta, etc) sólo por razones de afinidad o discrepancia política, intelectual o sexual. Por eso, por ejemplo, no puedo más que sentir profunda pena por aquellos que desdeñan la poesía y el teatro de Federico García Lorca por ser de izquierdas y/u homosexual (razones por cierto de las que se valieron  unos hijos de puta para asesinarlo), igual que siento lástima por quienes ensalzan estratosféricamente la poesía de Miguel Hernández sólo por comulgar con sus ideas políticas. En EEUU, cuna de la polémica que propicia este artículo, también saben mucho de esto, valga como botón de muestra el deleznable macartismo. Creo que, en este ámbito, abstrarse del artista resulta decisivo para disfrutar incondicionadamente de su obra porque estoy convencido que, de conocer los vericuetos biográficos de célebres escritores, pintores o cineastas, a lo mejor caían unos cuantos pedestales y se elevaban otros. Si nos dejáramos llevar únicamente por la catadura moral del artista, habría libros que quitar de bibliotecas, películas que eliminar de filmotecas y cuadros que descolgar de museos. Al hilo de esto, si alguien está interesado en conocer entresijos biográficos de grandes artistas, recomiendo la lectura (bajo su responsabilidad) de estos libros Vidas secretas de grandes escritores, Vidas secretas de grandes maestros de la pintura y la escultura y Vidas secretas de grandes directores de cine. Volviendo al tema del artículo, yo soy partidario de que sólo la Justicia juzgue a los artistas cuando toque (ya está tardando en poner en su sitio a Weinstein y cía) y que sólo la libertad de pensamiento y expresión juzgue a sus obras. Por eso no soy especialmente partidario de boicots sociales o profesionales a ningún artista por cuestiones personales: si tiene que ser retirado de la circulación, que sea por la vía penal, no por la moral. Ahí está por ejemplo Roman Polanski, un director en activo bastante interesante que sin embargo jamás logrará quitarse de encima el sambenito de la infame pederastia. En definitiva: que lo personal no te impida ver lo profesional.

Y luego, por último, está el tema de quienes abordan esta polémica como un problema meramente sexual. No. Esto, por muy repugnante, vergonzoso y decadente que resulte, va más allá de lo genital, lo físico, lo sexual y las filias y las parafilias. Esto no tiene que ver tanto con el pene y lo que se hace con él como con el poder y lo que se hace desde él. Ningún abuso, sea de la clase que sea, se produce desde una posición de inferioridad sino desde una posición de superioridad. Por eso, me parece que todo abuso ejercido por quien se vale de su fortaleza física, profesional, jerárquica o social se merece idéntica reprobación, censura, denuncia y persecución social, mediática y judicial. ¿Acaso no te jode la vida igual un abuso sexual que uno laboral? Y ojo que tampoco es una cuestión de género porque lo mismo te puede amargar la existencia él que ella. Creo que este tema tiene más que ver con nuestra relación con el poder y con nuestra percepción del mismo, una percepción que a menudo roza la impunidad y la inmunidad no sólo porque la Justicia no haga su trabajo sino por herencia de una mentalidad anticuada, patriarcal y servil, alentada en parte por la religión, según la cual quien está arriba tiene toda la razón y el poder y el derecho y quien no está arriba tiene que agachar la cabeza y perpetuar así un vasallaje psicológico y funcional que no pocas veces deriva en un síndrome de Estocolmo social que se torna en paradigma dominante y del que se nutre la pervivencia de ciertas instituciones o prácticas. Es contra eso contra lo que hay que luchar, contra el mal uso y concepción del poder. En definitiva: que lo concreto no te impida ver lo global. 

De todos modos, por desgracia, toda esta polémica no es nueva y menos en Hollywood; ahí está el escándalo de Roscoe Arbuckle para muestra de ello. Lo que sí espero y deseo, aunque sea ingenuo, es que estos desgradables sucesos sirvan de una vez por todas para que nadie se calle pero también para que nadie deje de ver el bosque por culpa de los árboles.                

miércoles, 8 de noviembre de 2017

"Handia": Entre Baroja y Malick

Recientemente he visto la película Handia, producción vasca que se estrenó a finales de octubre y cuenta la historia de Miguel Joaquín Eleicegui Arteaga, el llamado "Gigante de Alzo", sobrenombre que casi es un microcuento en sí mismo y que permite sintetizar lo que es la trama principal de este film: cómo un mozo de dicha localidad guipuzcoana tuvo en el gigantismo su principal penitencia pero también su pasaporte a la posteridad y la fama más internacional, ya que la celebridad de Miguel Joaquín (1818-1861) fue tan grande en su época (siglo XIX) como sus fenomenales dimensiones (casi 2,4 metros de alto y más de 200 kilos de peso), siendo objeto de atención incluso de las principales cortes europeas de la época.

He de reconocer que no vi Loreak, la aclamada anterior película de los responsables de Grande (así sería el título en castellano de esta cinta): Jon Garaño, Aitor Arregui y José Mari Goenaga. Y me arrepiento. Porque Handia es una narración que combina el costumbrismo preciso y entrañable de Pío Baroja (patente en estupendas novelas como Las inquietudes de Shanti Andía, Zalacaín el aventurero o La casa de Azigorri) con el buen gusto estético y la poética plasticidad de Terrence Malick (constatable en obras maestras como El árbol de la vida). Y eso, fusionar lo mejor de dos contadores de historias tan distintos como portentosos, no es algo al alcance de cualquier paisano. Todo en esta producción rezuma sensibilidad y preciosismo; es una magnífica muestra de artesanía cinematográfica que bien vale el precio de la entrada, aunque sólo sea por disfrutar de planos que, de ser pinturas, estarían en museos casi con toda seguridad. 

Para mí, precisamente esa belleza formal y espiritual que hay en Handia disculpa el quizás excesivo metraje para contar una historia indudablemente curiosa pero que quizás en sí misma no para esas cerca de dos horas. Y es que, en el fondo, esta película no deja de ser un íntimo y agridulce "cuento real" que seduce progresivamente al espectador con su calidad estilística y humana hasta sumergirlo en ese ambiente casi mágico en el que tanto lo rural como lo urbano respira un aire finisecular (la segunda mitad del siglo XIX) y donde todo cambia antes de lo imaginado, incluso la suerte. Esa fortuna que, con su presencia y ausencia, marca la vida de los hermanos Martín y Joaquín Eleicegui, protagonistas del film.

Por poner una pega a este excelente drama y así no pecar de fanatismo, tal vez señalaría esa secuencia que muestra el encuentro entre el Gigante de Alzo y la niña-reina Isabel II, momento que, para no destriparlo, me limitaré a decir que me recordó a esa hilarante escena de El jovencito Frankenstein donde Igor dice un genial "Pues va a ser muy popular" y que creo que chirría con el tono dramático que baña esta estupenda producción. Cuestión de gustos supongo.

No obstante, y por rematar, he de admitir que Handia me ha gustado más de lo que pensaba. Es una de esas raras veces en que las altas expectativas se ven incluso superadas. Tal vez porque demuestra con talento que hasta las más absolutas grandiosidad y universalidad caben dentro de las pequeñas cosas. Y esta película, la del gigantesco Miguel Joaquín Eleicegui, está llena de esas pequeñas cosas.  

domingo, 5 de noviembre de 2017

Apadrina un separatista

Olvídate de perros, gatos y niños del tercer mundo. La próxima temporada navideña el apadrinamiento estrella va a ser el que tenga por beneficiario a un separatista catalán. Sólo así me explico esta marejada de victimismo sobreprotector que rodea a los procesados por el "procés", especialmente desde que unos están en prisión provisional y otros huyendo de ella, y que presenta a estos tipos poco menos que como unos Gandhis a los que el pérfido Estado está tratando como si fueran Charles Manson. Resulta que, por un lado, hay quien clama por esta banda de gremlins como si fueran unos teletubbies que pacían tranquilamente en praderas catalanas hasta que sufrieron un rapto de las sabinas made in Spain. Y, por otro, hay quien reivindica hagiográficamente sus hazañas como si fueran unos émulos de William Wallace pero con cara de Puigdemont en lugar de Mel Gibson. El paso del "procés" al procesamiento ha abierto las puertas del despiporre. Porque despiporre es, por ejemplo, criticar a la Justicia por funcionar con la escrupulosidad, diligencia, velocidad y contundencia necesarias, hito este que por cierto debería ser analizado por Íker Jiménez porque es todo un fenómeno extraño en un país acostumbrado desde tiempos inmemoriales a que la Justicia funcione mal o directamente ni funcione. Para una pu*a vez que la Justicia actúa bien, le llueven las críticas: todo muy español. Igual que es un despiporre ignorar deliberadamente que lo que está haciendo el separatismo catalán desde hace meses no es otra cosa que transgredir conscientemente todas las líneas éticas, democráticas, prudentes, responsables y legales vigentes en cualquier país civilizado. Como es un despiporre creer que este vodevil a medio camino entre la astracanada de Muñoz Seca y el esperpento de Valle-Inclán se iba a finiquitar con un buenista "tranquilos, invita la casa". Como es despiporre alegar que todo esto no es más que una cruenta persecución ideológica por parte de un Estado opresor y totalitario alérgico a la disidencia. Pues mira no. Presentar a los procesados como los héroes de esta función es un error tan grave y obsceno como presentar a los violadores como víctimas.

Creo que buena parte del shock anafiláctico que padece estos días cierta parte de la población española se curaría abandonando esa ignorancia que es tan fértil para la demagogia y el garrulismo. Por ejemplo, cualquiera que sepa un mínimo de Derecho, o, al menos, de Derecho penal, sabe que la prisión provisional es una medida cautelar que está perfecta y legalmente habilitada para evitar, entre otras cosas, la comisión de más delitos, el entorpecimiento de la instrucción y/o la fuga del sujeto en cuestión, es decir, no es una medida que se toma "porque sí" sino que se recurre a ella cuando hay razones fundadas para creer que así se evitan males mayores, incluso para los propios "presuntos", que, de otro modo, podrían caer en el error de ver agravadas las calificaciones penales en su contra. Y si alguien duda de esto, que se dé un paseo por la Ley de Enjuiciamiento Criminal (LECrim para los amigos) y luego ya hablamos. Por tanto, la prisión provisional que ha puesto a Junqueras y cía en el sitio que legal y procesalmente les corresponde actualmente no es una medida exagerada y menos aún a tenor de los últimos acontecimientos, esos protagonizados por ese ridículo imbécil que se ha refugiado en el edén europeo para delincuentes de todo pelaje conocido como Bélgica, porque, las cosas como son, lo que ha hecho Puigdemont con su heroica huida ha sido poner blanco y en botella la prisión provisional como medida cautelar a imponer al resto de los no tan cobardes miembros del ex Govern.
Igualmente, peca de ignorante quien piense que lo que se está juzgando es una ideología. Si eso fuera así, tipos como Tardá, Rufián y demás séquito teratológico estarían camino del juzgado o del presidio y, sin embargo, están libres, para desgracia de la vista y el oído. No, aquí no se está juzgando si un tipo es republicano, independentista, cienciólogo, coprófilo o vegano; lo que se está juzgando es hasta dónde se ha pasado por el forro unas leyes una panda de cretinos jugando al totalitarismo de provincias cometiendo urbi et orbe unos (presuntos) delitos, para alegría de sus huestes y vergüenza de los demás. Eso es lo que se está juzgando: lo que han hecho, no lo que piensan. Punto. ¿Y qué es lo que han hecho? Lo siguiente: promover una independencia unilateral contraria a la Constitución de 1978 (ya que vas a delinquir, delinque a lo grande) al calor de un referéndum ilegal y chirigotesco en fondo y forma, alterando el orden público y la convivencia, amparándose en unas normas suspendidas o anuladas por el Tribunal Constitucional y escudándose tras una minoría de votos (que no de escaños), ninguneando así a más de la mitad de los catalanes, a la totalidad del resto de españoles y al ordenamiento legal vigente en toda España. Eso es, en síntesis, lo que han hecho estas bellísimas personas: pasarse por el forramen la democracia y la legalidad. Por eso, corresponde a la Justicia, y no al tertuliano, el cura, el taxista, el mesonero o la portera de turno determinar su responsabilidad y la "factura" a pagar. Punto. Alegar que esto es una caza de brujas ideológica es algo tan delirante como decir que a un pederasta se le persigue por sus gustos gastronómicos. Por eso, hablar de "presos políticos" no sólo es absurdo sino una vergonzosa falta de respeto para los represaliados políticos. Presos políticos hay en Rusia, Cuba, Venezuela, China, Corea del Norte...pero en España lo único que hay son políticos presos, aunque por desgracia sería necesario que hubiera muchos más (políticos en prisión) visto el nauseabundo nivel que ha alcanzado la corrupción en este país en las últimas décadas.
También demuestra una innegable ignorancia quien propone una solución política y dialogada a lo que es (presuntamente) una clara vulneración legal. ¿Qué hacemos con las leyes? ¿Las mandamos a la papelera? ¿Quemamos el Código Penal? ¿Y con los jueces? ¿Los enviamos a sus casas? Buscar una solución paccionada a los presuntos delitos cometidos es como sustituir a un cirujano por un homeópata para curar a alguien al que le han sacado las tripas de un navajazo.

Así las cosas, no me cabe duda que esta ola de amor y piedad en torno a estos inocentísimos hijos de su santísima madre que son Puigdemont, Junqueras, Forcadell y cía no puede concluir de otra manera que no sea con un masivo apadrinamiento de luchadores por la libertad del oprimido, reprimido y deprimido "poble" catalán. Yo, por mi parte, apadrinaré un separatista tan pronto como me haya emasculado sin anestesia, afiliado al PP y hecho socio del Real Madrid.