martes, 27 de junio de 2017

"Testigo de cargo": un juicio que merece la pena

Testigo de cargo son tres cosas: una exitosa obra de teatro, una magnífica película y una estupenda miniserie de TV (al menos la de 2016).

La trama, tanto en el original de Agatha Christie como los guiones de Billy Wilder (película) y Sarah Phelps (serie) gira en torno a la ¿imposible? defensa del joven Leonard Vole que ha sido acusado del asesinato de la adinerada MILF a la que se beneficiaba y de la que se beneficiaba día y noche a escondidas de la pareja oficial del mozo; lo cual sirve de pretexto a la célebre autora para evidenciar las puertas traseras de la Justicia y exponer los claroscuros de la condición humana.

Yo no he visto la obra representada pero sí la película de 1957 y la teleserie de 2016. En la pantalla grande, el mítico cineasta Billy Wilder despliega todo su talento para aderezar el original teatral con un fino humor y unos añadidos que suman brillantez al texto que adapta y permiten al gran Charles Laughton dar el enésimo recital de su carrera en el papel del abogado Sir Wilfrid Roberts (y eso que el resto del repartazo eclipsaría a cualquiera). Eso sí, el film no deja de ser canónico en lo esencial y buenista en el fondo dado que todos los protagonistas tienen el final que se merecen, resultando así una película entretenida y agradable.

En cambio, la miniserie de 2016, condensa en sus impecables formas y dos horas una historia que, respetando la primigenia, ofrece algunas innovaciones en los personajes y tramas que hacen al conjunto trascender el thriller judicial para revelarse como un dramón con bastante nihilismo en sangre que tiene en un magnífico Toby Jones no sólo a un bondadoso, frágil y atormentado procurador John Mayhew sino al mejor exponente y víctima de ese descorazonador pero excelente enfoque que dan la miniserie su director y la guionista.

Es lo mágico de las adaptaciones: que partiendo de una misma base de puede ofrecer resultados sensiblemente distintos pero igualmente válidos y disfrutables. Quien quiera simplemente disfrutar, la película de Wilder es una estupenda opción. Quien además quiera tener un puñetazo en el estómago al terminar, la miniserie de 2016 es ideal. Por eso me costaría decantarme por una en detrimento de otra: me encantó en su día la película y me ha encantado (y conmovido) la miniserie ahora que la he visto en Movistar 0.

Dicho eso, Testigo de cargo es interesante porque en el fondo está constantemente jugando con los prejuicios del espectador y su facilidad para dictar "sentencias" sobre hechos o personas dejándonos guiar por la pasión del momento, las conjeturas, los dimes, los diretes, el paradigma dominante y los meros indicios sublimados a la categoría de dogma. Un juego del que son conscientes hasta los propios personajes de la ficción, especialmente la inquietante pareja de los Vole, y que convierten a Testigo de cargo en una deliciosa hostia a la hipocresía y la frivolidad con la que gestionamos las presunciones y las impresiones.

sábado, 24 de junio de 2017

Todo bien

Hacía mucho que no venían. Hacía mucho que ella no venía. Tanto que aprendió a no echarlo de menos. Frente a Sonia, el Mediterráneo, hogueras ardiendo febriles hasta confundirse con la noche y un hormiguero de gente jovial alternando el fuego y el agua, el humo amaderado y la espuma salada; alguien a lo lejos toca una guitarra que apenas remonta una machacona canción de verano adelantado berreada por un grupo de adolescentes. En algún lugar de aquella marejada de siluetas recortadas por las llamas, están su marido Santiago, su no tan mayor Mario y su pequeña Carla disfrutando de la fiesta. Ella está sentada en la playa, dejando que las farolas del paseo y la luz de las hogueras la conviertan en una encrucijada de sombras, mirando sin ver, en silencio, ajena a los  saltos y las danzas y los chapuzones que articulan el aquelarre laico de la Noche de San Juan. Sus pies desnudos se hincan suavemente en la arena, enraizándose en una agradable sensación que le permite bajarse del tren del tiempo, desentenderse del carrusel de los roles que articula su vida cotidiana...

La primera vez que estuvo allí pasando San Juan apenas alcanzaba en edad a su Carla. Fue con sus padres y su abuelo materno. Recuerda las carcajadas de alegría compartidas en familia, el cielo estrellado que parecía una fontana llena de deseos encofrados en monedas, el hipnótico llamear de los fuegos encendidos que devoraban palés y muebles viejos y la admiración por los muchachos que atravesaban las hogueras como héroes de cuento. Una época  de trazos básicos y colores intensos en la que la inocencia impide que la felicidad prescriba; un tiempo en el que crees que hay realmente tanta magia que todo es posible con desearlo muy fuerte; unos años en los que las personas acopian sonrisas y sueños antes de descubrir que la vida sin ser un juego tiene mucho de azar. Sonia recuerda esa alegría sin adulterar, esas ilusiones sin fisuras ni puertas traseras, esa convicción de que todo irá bien siempre. Y se ve a ella, bailando en corro, flanqueada por sus padres, bajo los aplausos de su abuelo, desafiando el calor de una llamas que, como su mirada infantil e inabarcable, parecían espantar todos los miedos que anidan a la vuelta de la sombra. Una mirada que era toda una forma de ser y estar en el mundo y ante el mundo que ahora es un pecio más en el lecho silencioso de la identidad perdida.

Unos chavales, veinteañeros, corren a su lado, despertándola del trance melancólico y espolvoreando en su galope su despreocupación mientras se lanzan frenéticos hacia la orilla, desvistiéndose por el camino como si su ropa fuera made in napalm. Gritan y ríen con el grado de histeria propio que regala el alcohol a esos cuerpos que bordean su momento de gloria. Ella sonríe con una complicidad retroactiva que tiene mucho de envidia y poco de reproche. Los sigue con la mirada hasta que se convierten en unos retazos de espuma intrincados en la oscuridad y su memoria destapa una postal similar de otra noche, algo más cercana en el recuerdo, esta vez con esa otra familia que son los amigos, en la que aquel mar bañó cada centímetro de su piel con la misma calidez e insistencia que la boca y las manos submarinas de aquel chico, Miguel, su segundo o tercer novio, con el que compartió tantas cosas a escondidas que su evocación sabía a secreto. Apenas recuerda cómo empezaron a salir y menos aún por qué lo dejaron. Lo que sí recuerda es el placer juvenil del desafío, la adicción a contrariar los dictados, el ansia por ir contracorriente como forma encontrarse a sí misma, el gusto por dejarse llevar liberada de expectativas y cuadrículas, la obsesión por sentir y sentirse...cosas que ahora son unas de tantas en su lista de objetos perdidos. Rescoldos de una época sin más exigencia que la de convertirse en "una mujer de provecho". De provecho para quién o para qué, se pregunta.

Un chico de veintipocos se le acerca, caminando con garbo su torso desnudo y sus vaqueros deliberadamente envejecidos de los que cuelga ondeante una camiseta blanca. "Perdone, señora, ¿tiene fuego?". Sonia lo mira, volviendo al presente. Él repite su pregunta, remarcando la cortesía en su voz y mostrándole un cigarro impoluto. Ella ahora lo entiende y aunque mantiene la compostura está noqueada por ese "señora" directo al mentón de su espíritu joven. ¿En qué momento una mujer de cuarenta y dos años es una "señora"?  ¿Cuándo caduca el plazo para sentirse tan joven como cualquier veinteañera? "No, lo siento. No tengo fuego". El chico se aleja con su sonrisa y cigarro en ristre y ella se queda pensativa porque, se dice, lo de menos no es que no tenga mechero sino saber qué ha sido del fuego, del auténtico fuego, de ese que ilumina los ojos y acelera el pulso, de ese fuego que hoy le parece tan remoto e inalcanzable como cualquiera de las estrellas que están azucarando el cielo nocturno de San Juan. Un fuego que con el paso de los años ha añorado hasta el punto de idealizarlo, de perfeccionarlo respecto a lo que en realidad fue, de investirlo como tabla de salvación de una vida que yendo a toda vela a ella le sabe a naufragio, a promesa rota, a ilusión varada en medio de ninguna parte. Mira su móvil y está tentada a enredarse en alguno de los muchos grupos de Whatsapp, de chatear con sus amigas en ese subgénero del sarcasmo que es el "humor de chicas", de cotillear con sus camaradas de generación para encontrar un placebo rápido. Pero no lo hace. Aprovecha y comprueba que no ha llegado ningún email de la oficina con nocturnidad y alevosía. No hay correos nuevos. Guarda el móvil y vuelve a mirar hacia el gentío que pulula entre las hogueras como un festín de mosquitos. Busca con la mirada a Santiago, su marido, o a algún bosquejo de sus Mario y Carla. No los ve pero no se inquieta. Santiago se ocupa. Confía en él. Al fin y al cabo es el otro abajo firmante de un matrimonio envidiado, el excelente profesional reconocido en su sector que al llegar a casa se desvive como esposo y padre para que todo esté "bien". Cuánta infelicidad cabe en esa palabra, piensa, cuánta resignación, cuánta incomprensión, cuánta soledad íntima, cuánto sacrificio hecho no para lograr la felicidad sino para espantar cualquier reproche o remordimiento, cuánta cobardía en ese confort que nunca tiene defectos en los ojos de los otros. Su mirada vuelve a desnortarse para colarse entre las bambalinas de la memoria y llega hasta un recuerdo que, por alguna razón, le duele...

Está caminando junto a Santiago, por ese mismo paseo que circunda a la playa. Mario ni siquiera ha nacido y llevan pocos aniversarios de boda en la canana. Falta poco para que se ponga el sol. Y también en el horizonte. Están charlando en uno de esos muchos diálogos cómplices, ágiles e inocuos en los que se ha cimentado su relación. Mientras caminan, parejas y familias de toda edad y tipo se escinden a sus lados, como si su matrimonio fuera la proa de un velero con viento de popa. De pronto, llegan hasta la altura de una pareja joven como ellos. Santiago los ignora como a cualquier perfecto desconocido pero ella siente cómo el mundo se va deteniendo paso a paso hasta llegar casi a suspenderse. Todos los sonidos desaparecen, hasta la voz de Santiago. Se miran. Se reconocen. Aquel hombre y ella. Héctor y Sonia. La realidad y el deseo. La decisión y el dolor. Una grieta trepa como hiedra por su ánimo y un rumor de terremoto crece en su interior a medida que sus pasos se acercan. En apenas unos segundos, tras la sorpresa inicial, se dicen con los ojos tantas cosas como pueden y necesitan decirse y, para cuando quieren darse cuenta, ya no son más que espaldas distanciándose hasta perderse. Poco a poco el mundo reanuda el concierto y la voz de Santiago emerge agradable. "Sonia, ¿estás bien?". Ella tiene la tentación de mirar atrás, un crimen fatídico en muchas mitologías, pero no lo hace. Mira a su marido y sonríe. "Sí, estoy bien, perdona". Y todo vuelve a fluir. Fue la última vez que vio a aquel hombre con el que una vez quiso pero no se atrevió a poner patas arriba su vida con aquel tipo atractivo en fondo y forma que le ofrecía sentir para ser en lugar de hacer para estar, con aquella salida de emergencia ante la asfixia de lo correcto, con esa tentadora escapatoria del "Sí, estoy bien". Mientras Santiago sigue hablando, una duda orbita por la cabeza de Sonia: ¿quién de los dos se arrepiente por lo que no pasó?

La melancolía cierra su espectáculo de hipnosis cuando las voces de Mario y Carla revientan el trance con su alegría atropellada y jadeante. Van corriendo hacia ella, seguidos a duras penas por Santiago, que avanza pesadamente a zancadas pero con la satisfacción de "padre con el deber cumplido". Los tres tienen la ropa completamente salpicada por arena. Los pequeños caen sobre ella y la sepultan bajo besos y risas que apenas sí dejan oír lo que le quieren contar. Sonia se incorpora, los achucha a ambos y los interroga con sobreactuada sorpresa sobre lo que han hecho en las hogueras. Al poco llega Santiago, que coge a Mario como si fuera un peluche y empieza a pelearse con él, como dos cachorros jugando entre sí. Carla no para de darle detalles a su madre de lo muy contenta que está y de todo lo que ha pasado en la orilla. Su aguda voz apenas se sobrepone a las carcajadas y los gritos de su padre y su hermano. En ese preciso instante, Sonia la nota. Nota a esa felicidad incontestable, impecable y sin taras que reina en su familia. Esa felicidad que no admite dudas ni quejas ni hoja de reclamaciones. Esa felicidad que ha hecho de su familia un cuarteto digno de la portada de cualquier pretenciosa revista. Esa felicidad que emerge volcánica lo mismo en una playa levantina que un sofisticado piso madrileño. Esa felicidad que es el gran epitafio de la mujer que Sonia siempre quiso y querrá ser. Esa felicidad que es la tumba en la que esconder todo aquello que la haría saltar por los aires. Esa felicidad que condena Sonia a ser la Sonia que todos quieren pero no la que ella anhela ser. Esa felicidad que tanto le duele. Esa felicidad en la que Sonia ha asumido que arderá hasta que sólo queden cenizas, como las hogueras que celebra la gente en San Juan. Sonia ha vuelto a quedarse absorta, hueca. El cielo relampaguea con fuegos artificiales y bajo ellos todo son exclamaciones de ojos admirados. Los niños de nuevo saltan y corretean incansables por la playa y Santiago, agotado, se sienta a su lado. Le da un empujón cómplice y cariñoso. "¿Todo bien, mi vida?". Ella lo mira, saca la mejor de sus sonrisas y dice: "Sí, todo bien". 

martes, 20 de junio de 2017

Negocios poco saludables

Este artículo podría titularse "Lucrarse mata" y así recordar a los avisos que envuelven las letales cajetillas de tabaco. Y algo de eso hay, pero los tiros no van por el camino de la nicotina y demás venenos encigarrados; van contra personas (físicas o jurídicas) que hacen negocio a costa de algo que no puede ni debe ser nunca objeto ni de mercantilización ni de beneficios económicos. Hablo de la salud y lo que hacen con ella tanto ciertas compañías del sector alimenticio y del farmacéutico como determinadas personas que emplean los medios de comunicación, las conferencias o los libros para articular un discurso tan enredado ya que cuesta diferenciar el rigor, la jeta y la conspiranoia. 

Pocas cosas se me ocurren más decisivas e incisivas sobre la salud de una persona que los alimentos y medicamentos que consume a lo largo de su vida. Al fin y al cabo, son elementos que unidos a las circunstancias ambientales y al estilo de vida condicionan nuestro devenir biológico casi tanto como nuestro ADN. Por eso, hay que tener cuidado...una precaución que ha sido el caldo de cultivo perfecto para que de un tiempo a esta parte se haya producido todo un lucrativo boom al respecto en el que colisionan el negocio más cruel y la filantropía más buenista, la ciencia y el bulo, las evidencias y las habladurías, los secretos y las denuncias mientras, la templanza y el alarmismo, la esencia inmutable y la moda pasajera...

En cuanto a los alimentos, raro es el día en que no aparece publicada alguna noticia que viene a ensalzar las cualidades o a alarmar sobre los efectos perniciosos de algún producto alimentario. Es tal la frecuencia y la variedad que no resulta extraño que un alimento ensalzado tiempo atrás sea posteriormente vituperado en poco lapso de tiempo, o viceversa. Tras este paroxismo, obviamente, se encuentra todo un juego de intereses creados y alentados por razones que poco o nada tienen que ver con la salud y sí con la competencia pura y dura. Un juego que se ve amenazado cuando publicaciones como ¡Cómo puedes comer eso!,  Nuestro veneno cotidiano o Viaje al centro de la alimentación que nos enferma salen a la luz, momento en el cual las empresas alimentarias encienden la maquinaria de la contrainformación y expiden o filtran informes o publirreportajes donde defienden no sólo su honorabilidad sino las bondades de los alimentos que dan de comer a sus cuentas de resultados. ¿El resultado? Que uno no sabe ya si lo que se lleva a la boca es bueno, malo o regular. Y ojo que no incluyo en todo este embrollo a la pléyade de libros de dietas milagrosas y enzimas espectaculares porque me parecen la versión nutricional de los manuales de autoayuda, libros que a quien más ayudan es a la cuenta corriente de su autor. Así que, en conclusión, ante tal polvareda, la mejor receta y la más aconsejable dieta es la mesura en el pensar y en el comer. Mesura a la cual ayuda notablemente tener una mente baja en ingenuidad.

Respecto a los medicamentos, pues casi idem de lienzo. No obstante, aquí no creo que el gran problema sea que los fármacos en sí mismos sean tan perniciosos como ocurre con los easter eggs de muchos alimentos del supermercado nuestro de cada día sino que las industrias que desarrollan y venden esos bálsamos químicos no hacen lo suficiente para combatir las dolencias y enfermedades que carcomen al ser humano ya sea por misantropía mercantil y/o por falta de apoyos o incentivos gubernamentales. En este sentido, creo que hay más de una empresa a la que le renta más paliar una enfermedad con seis píldoras que curarla con una sola. Y así va el mundo como va. Por otra parte, pero sin abandonar Mundopíldora, está el pésimo uso que se hace de los fármacos por no pocas personas en lo que viene a ser la variante médica de dispararse en el pie, porque el uso desaconsejado o abusivo de un medicamento a quien ayuda de verdad es a la empresa que lo fabrica...y al virus o la bacteria de turno. De todos modos, por resumir, teniendo presentes publicaciones como Medicamentos que matan y crimen organizado o Los inventores de enfermedades: cómo nos convierten en pacientes, en este terreno conviene también andarse con ojo y dejar la inocencia en una caja precintada.

Habrá quien piense a estas alturas del artículo que soy equidistante entre defensores y críticos del establishment. Se equivoca. Entre David y Goliat siempre me quedaré con los partisanos que le echan un par para hacer frente al discurso totémico. Además, tiene su atractivo e incluso morbo buscar las cosquillas a esos colosos que campean por el mundo como elefantes por almoneda. Lo que sí he de reconocer es que uno ya está curado de espanto y prefiere usar el escepticismo como GPS para navegar entre tanto mesías y paladín y así no caer en los remolinos de la manipulación y la sugestión. Contra los dogmas, vengan de donde vengan, nada mejor que el conocimiento y para alcanzar éste es más que conveniente informarse de lo que pasa a ambas orillas de un mismo río. Tesis, antítesis y síntesis. Nada nuevo bajo el sol.

Por tanto, tú que estás leyendo estas líneas, la próxima vez que te lleves un alimento o un medicamento a la boca, asegúrate de que antes has hecho algo vital para cualquier ser humano alfabetizado: leer

lunes, 19 de junio de 2017

Bestias de 140 caracteres

Soy animalista y por eso reclamo y defiendo que todo animal tenga, como mínimo, el mismo respeto y la idéntica consideración que cualquier ser humano que, las cosas como son, no deja de ser otro animal. 

Igualmente, no soy taurino, primero porque eso sería absolutamente incompatible con mi amor por los animales y segundo porque estoy en total desacuerdo con muchas de las reivindicaciones y los argumentos esgrimidos por los taurinos en su defensa del toreo, toda vez que no creo que éste sea un arte ni mucho menos cultura ni tengo por héroes a quienes se ponen delante de esas preciosas moles con cuernos (la temeridad voluntaria y con afán lucrativo no tiene nada que ver con el heroísmo). Lo respeto como muchas otras tradiciones que hay, aunque me pueda parecer una astracanada anacrónica y rancia. Por eso no me considero "antitaurino", porque tal palabra me parece que conlleva una beligerancia que en mi caso no existe. Simplemente no me gusta ni tiene nada que ver conmigo. De aberraciones como el Toro de la Vega ya mejor no hablo...

Pero que sea animalista y no me guste el toreo no significa que me alegre ni celebre la muerte en cualquier plaza o coso de un torero. Digo esto porque conviene extraerse de esa polarización interesada y disparatada en que ha devenido la polémica entre animalistas y taurinos según la cual o celebras la muerte de un torero o celebras la muerte de un toro. Pues no. No me alegro ni de la una ni de la otra. Ambas revisten idéntica pena y ninguna gloria. En general, la vida de cualquier animal (y el ser humano no deja de ser una de las muchas especies que hay en el planeta) me parece valiosa y digna...salvo repugnantes excepciones en el bando humano entre las cuales obviamente no están los toreros. ¿Que me puedo alegrar por la muerte de un ser humano? Pues sí, si ese humano es un terrorista o un asesino o un violador o un pederasta o un pedófilo o un maltratador o un dictador, por citar algunos ejemplos. ¿Que salvaría al más nimio animal antes que a un ser humano? Sí siempre y cuando ese humano fuera un perfecto hijo de pu*a. Pero, fuera de eso, el hecho de alegrarse por la muerte de alguien sólo porque no concuerda con tus ideas o intereses o filias me parece algo que te desacredita hasta tal punto que alcanzas la misma valía que los rescoldos parduzcos que quedan en la escobilla de un retrete público. Alegrarse o celebrar la muerte de una persona no se sostiene ni ampara bajo ninguna ideología o credo sino bajo la simple y pura maldad y/o locura. Punto. Supongo que soy un animalista paradójico visto lo visto.

Por eso, a esa banda de energúmenos y malparidas que se han ensañado con la muerte de Iván Fandiño con la misma repulsiva ligereza que lo hicieron en su día con la de Víctor Barrio sólo puedo desearles lo mismo que deseo a quien disfruta con el sufrimiento o la muerte de cualquier animal: un dolor infinito. Hay que ser muy cobarde y vil para soltar tanta basura en las trincheras virtuales de las redes sociales en general y Twitter en particular, redes a las que el lado oscuro del ser humano está pervirtiendo hasta tal punto que se están transformando en una suerte de Corte de Monipodio donde la gentuza campa a sus anchas dejando un reguero de salvajadas a su paso.

En definitiva, que cada día que pasa se hace más imperiosa la necesidad de que se regule legalmente la protección de todo animal...y la persecución contra quienes se comportan como auténticas bestias en 140 caracteres. Y sí, descanse en paz Iván Fandiño.

domingo, 18 de junio de 2017

Un gueto entre el silencio

Vivimos en un gueto fuera del cual el silencio se desparrama en todas direcciones y estratos. Decimos y, por tanto, compartimos sólo lo que nos deja el silencio y aquello que somos capaces de hacer con el silencio, que, a menudo, suele ser lo mismo. Por eso, tan importante es lo que se dice y se sabe como lo que se sabe y no se dice y lo que no se sabe porque no se dice.

A nivel general, en lo que podríamos llamar "ámbito público", el silencio es consecuencia del siniestro juego de intereses creados alentado desde diversos lobbys u oligopolios como, por ejemplo, sucede en el ámbito de la política, la energía, los alimentos, los medicamentos, las armas, la diplomacia internacional, el medioambiente, etc. Ese silencio es, en su calidad de herramienta de manipulación masiva, al que combaten o sirven, según su grado de higiene moral, los medios de comunicación y algunos autores de libros del subgénero oficioso de "teoría de la conspiración". Ese silencio es el que afecta al ser humano como especie y el que juguetea con su futuro como un niño con plastilina.

A nivel personal, en lo que podría considerarse como "esfera íntima", el silencio es consecuencia de la nada inocente interacción entre miedos, inseguridades, traumas, cálculos y conjeturas sin más finalidad que no exponerse a la inestabilidad, al riesgo, a la moneda lanzada al aire. Ese silencio entendido como cortafuegos es nuestro verdadero interlocutor en toda relación personal en la medida en que ésta no es más que una negociación entre lo que decidimos esconder en el silencio y lo que decidimos sacar de él, un trueque entre el silencio propio y el ajeno donde la única ganancia es no salir perdiendo. Ese silencio es el que afecta al ser humano como ser social, sensible y sintiente y el que desempeña decisivamente un papel de moderador (cuando no juez) en nuestros afectos, emociones y decisiones.

Y ojo que no estoy hablando del silencio como efecto secundario de la dictadura de lo políticamente correcto sino como resultado de un deliberación personal que nada tiene que ver con los eufemismos ni las circunvalaciones retóricas sino con nuestra manera de estar respecto a los demás.

Por eso, del mismo modo que lo más importante de un iceberg está oculto, lo más relevante de todo lo que nos dicen o decimos es lo que se queda en el tintero mudo. Eso que, de saberse, podría cambiar, para bien o para mal, nuestra percepción de la vida o de los demás o de nosotros mismos o, incluso, constituir una realidad divergente a la vivida. Eso que, de conocerse, quizá cambiara el rumbo de nuestras decisiones, filias y fobias. Eso que, de salir a la luz, podría cambiar el mundo o nuestra forma de ser y estar en él. Dicho de otro modo: el silencio condiciona permanente y pasivamente buena parte de nuestras acciones. Es el

silencio el que nos hace decantarnos por una determinada opción política o por consumir un producto o por tener un tipo de relación con alguien o por construir una determinada imagen o prejuicio de alguna persona o idea. Yendo a algo más prosaico, imaginémonos nuestra vida cambiando todas las veces que dijimos "Sí" o "No" por un silencio o, al revés, reemplazando por un "Sí" o un "No" el silencio al que recurrimos ante esas disyuntivas, esos momentos en que nuestra existencia, ya sea en el plano profesional, social o sentimental, se expone al dilema de toda bifurcación sin retorno. ¿Cambiaría la cosa, verdad? Pues eso.

Así que termino con una reflexión que también me aplico: la próxima vez que escojamos callar algo o consentir el silencio de otro, mejor pensárselo dos veces, porque el silencio es el gran tirano de nuestro tiempo y somos nosotros los que lo alimentamos y perpetuamos...y, además, no hay nada más poderoso y liberador que una palabra dicha en su momento justo.