lunes, 16 de abril de 2018

Una goleada para todos los públicos

Tras el incómodo partido en Lisboa, se agradeció la plácida tarde vivida en el Metropolitano. El Levante, cargado de tanta voluntad como impotencia, ayudó bastante a que el encuentro resultara tan peligroso para los rojiblancos como el ataque de ira de una tortuga. El Atlético, por su parte, se dedicó a controlar el partido con una superioridad evidente que, por un lado, ayudó a disfrutar con varias jugadas de mérito y, por otro, permitió a algunos jugadores tener la comodidad y tranquilidad necesarias para reivindicarse, véase Correa (hizo varias cosas bien, lo cual es todo un hito) y Vitolo (quien está cogiendo confianza e influencia en el momento definitivo de la temporada). La conclusión de todo esto: 3-0, una victoria más y un partido menos.  Al margen de esto, hubo una cosa que quedó clara para todo aficionado: los penaltis dudosos o inexistentes sólo se pitan a favor del Real Madrid, por desgracia para "Fortnite" Griezmann.

Así las cosas, los mayores y menores (el Día del Niño se notó) que asistieron al partido pudieron vivir una goleada para todos los públicos en una tarde que pasará a la historia por varios motivos: por ser la primera en que el graderío del Metropolitano se cubrió con un tifo ("115 años contigo"), por asegurar la presencia en la próxima Champions League por sexto año consecutivo y por el gol 100 de Fernando Torres en Liga. Por cierto, hablando de la leyenda conocida como "El Niño": visto lo visto siguiendo siendo útil o, al menos, su rendimiento no es peor que el de otros que han gozado de más minutos. De lo que no hay duda es de que el cariño y respeto que se tiene a Fernando Torres por parte de la hinchada colchonera está por encima de cualquier pasado, presente o futuro.

Lo mejor de todo es que, afrontando ya la recta decisiva de las competiciones liguera y europea, el equipo parece, en líneas generales, bastante más entonado y con una mejoría patente en varios jugadores de los que se espera que firmen sonrisas rojiblancas en esos niños que, como ayer, acudieron al Metropolitano, con su papá de la mano, como diría el gran Joaquín Sabina.

¡Aúpa Atleti!

jueves, 12 de abril de 2018

Recrear y religar

La casualidad ha querido que coincidan en el tiempo la reciente publicación de dos libros escritos por gente a la que aprecio. Por un lado, Alejandro Gándara y su novela La vida de H (Ed. Salto de Página). Por otro, Julián Ruiz y su obra Hubo otra Estella (Ed. R de Rarezas). Dicho así, me siento un poco como esa "voz en off" que acompaña a los paseantes por la Feria del Libro de Madrid. En fin, sigo.

Ambas publicaciones no pueden ser más distintas, como lo son sus autores, pero en el fondo sirven para ejemplificar lo mismo: cómo la creación literaria no es más que un ejercicio de volver a crear la realidad, de rehacer, de reinterpretar, de ajustar cuentas con ella, de descodificarla y volverla a codificar a nuestro gusto, de desconectarte de ella para volver a conectarte de una formal absolutamente personal y única, de "religar", de jugar con lo vivido, sentido, sabido y recordado para dar algo nuevo a sí mismo y a los demás, de devolver a la realidad el favor mediante una ficción que forma parte físicamente de ella. Esto no es ninguna novedad, porque el copyright viene de antiguo (concretamente, desde que Platón nos hablara de la poiesis banquete mediante). Además, tanto La vida de H como Hubo otra Estella son un buen ejemplo de que toda ficción, toda obra artística en general y literaria en particular, nace de uno, de las entrañas donde anidan todos nuestros recuerdos, filias, fobias, luces, taras, emociones y sentimientos, de manera que toda obra es autobiográfica porque las historias se cuentan desde uno, desde esa atalaya que es la vida que cada uno ha tenido y tiene. Por eso, la tópica pregunta que se hace al autor de turno de "¿En qué medida esta obra es autobiográfica?" es bastante prescindible, salvo que se quiera entrar en el terreno del cotilleo, que poco o nada tiene que ver con lo literario. 

Alejandro y Julián han recurrido a la misma materia prima (los recuerdos) para elaborar dos obras tan distintas como interesantes y atractivas. En el caso de Gándara, La vida de H tiene las formas de un cuento de hadas a medio camino entre lo infantil y lo postmoderno pero con un aliento entrañable de confesión cómplice, especialmente para aquellos que tenemos la suerte de conocer a Alejandro y cuya hondura humana e intelectual es impagable. Por su parte, Ruiz nos demuestra en esos relatos híbridos de anecdotario y crónica bajo el título Hubo otra Estella que las ciudades, esos telones de fondo que hacen las veces de hogar, no dejan de ser lienzos sobre los que se han ido superponiendo los diversos retratos del tiempo y las personas, como una especie de cuadernos de notas en los que las palabras, los tachones y las anotaciones marginales forman una arquitectura caótica, íntima y colectiva por igual; unos retratos y notas que como bien demuestra Julián conviene no olvidar porque para saber dónde ir primero hay que tener claro de dónde se viene.

Más allá de la calidad literaria y la calidez humana que hay bajo los negros y blancos de ambas obras, hay que reconocer el esfuerzo que supone parir una obra literaria. Y es que crear, escribir, tiene mucho de dejar que lo que tienes dentro salga fuera y viva su propia vida con independencia de ti. Y no sólo eso, porque cuando te das a los demás mediante la literatura no estás únicamente mostrando al mundo qué hay en tu interior sino, además, exhibiendo cuánto del mundo ha entrado en ti. De ahí que, cada vez que lees un libro no sólo estás asomándote a un mundo ficcionado en mayor o menor medida; también estás colándote en la intimidad del autor por una puerta que él mismo ha dejado entreabierta. Por cierto, hablando de esfuerzos, chapó por Salto de Página y R de Rarezas, dos editoriales que demuestran que competir con los grandes mastodontes del sector no es una cuestión de sombra sino de brillo.

Si alguien quiere felicitar a los autores, cosa que sería agradecible, pueden hacerlo con facilidad. En el caso de Alejandro, a través de ese refugio contracorriente que es la Escuela Contemporánea de Humanidades. En el caso de Julián, en las calles de esa otra escuela enclavada en el corazón de Navarra llamada Estella. Yo, más allá de sentimentalismos y amistades, he optado por algo más práctico y terrenal: comprar con intención de leer. La vida de H ya está en mi biblioteca. Hubo otra Estella pronto lo estará. ¿Por qué? Porque me apetece mucho disfrutar página a página con estas obras que dan validez a aquello que dijo el poeta Paul Éluard: "Hay otros mundos pero están en éste. Hay otras vidas pero están en ti".

lunes, 9 de abril de 2018

Torres

Fernando Torres se va del Atlético de Madrid. No es la primera vez que una leyenda se marcha del Atleti. Tampoco será la última. Con él se va uno de los futbolistas más laureados (por no decir el que más) de cuantos han honrado la camiseta rojiblanca, un grandísimo delantero y un tipo ejemplar dentro y fuera del terreno de juego. De ahí que el único reproche que se puede hacer a este icono rojiblanco es tener un tóxico entorno (Antonio Sanz, Matallanas...) que no ha ayudado precisamente a facilitar su relación con un Simeone empeñado con sus declaraciones y decisiones en cebar un runrún que resulta lamentable para una afición que idolatra merecidamente tanto a uno como a otro. Más allá de eso, Torres es uno de los atléticos más ejemplares que han pasado por el club en toda su historia. Es la estrella que brilló en la época más oscura del Atleti. Por eso, especialmente ahora que ha anunciado su marcha definitiva del equipo tras su retorno en 2015, merece el máximo respeto y agradecimiento: por lo que ha demostrado con un balón en los pies y sin él. Fernando Torres es una de esas personas que permiten responder a la pregunta "¿Papá, por qué somos del Atleti?". Un apunte a propósito de todo esto: en los últimos tiempos parece que el Atlético de Madrid es demasiado propenso a "perder" emblemas generacionales con preocupante ligereza: el Vicente Calderón, el escudo y ahora Fernando Torres.

El crack, elegante como siempre en el fondo y en las formas, afirma que se va por su falta de protagonismo. Es decir, por la falta de oportunidades. Nadie podrá discutir ni la legitimidad de su razón ni el fundamento de la misma...ni el decisivo papel del entrenador del equipo en ella. Hace unas semanas analicé la relación entre Simeone y Torres en un artículo. Por eso, no me extenderé mucho ahora. Baste decir que "Cholo", como cualquier persona, es libre de hacer lo que quiera. Incluso, de equivocarse. Equivocarse, sí, y no por decir esto se es menos atlético o agracedido. Simeone no se ha portado bien con Torres. Es obvio que el legendario delantero está en plena decadencia, que los años no perdonan, que los datos no mienten, que las sensaciones no engañan y que el nivel de exigencia en este Atleti es descomunal, sí, pero Torres se merecía otro trato tanto en lo extradeportivo como en lo estrictamente deportivo. Y aquí es donde entra en juego Simeone. En ese sentido, creo que el técnico colchonero no ha sabido o tal vez no ha querido gestionar con justicia a Torres ni en su condición de futbolista ni en su condición de ídolo. Creo sinceramente que, en su última etapa como jugador en el club, el 9 se ha merecido más respeto, confianza, tacto y minutos, algo que Simeone ha negado al madrileño con mayor o menor sutileza mientras desperdiciaba atenciones y oportunidades con medianías como Vietto o Gameiro. ¿Por qué? Él sabrá. A mí, por ejemplo, me parece todo un insulto (tanto a Torres como a la afición) que un presunto ¿jugador? de ¿fútbol? como Ángel Correa tenga más respaldo verbal, afectivo y deportivo por el Cholo que un jugador histórico y de fama mundial como Torres. A lo mejor el problema es que es nacido en Fuenlabrada (Madrid) y no en Rosario (Argentina). No sé. Lo que sí tengo clarísimo es que lo de Simeone con Torres, como dije en aquel artículo, no se explica ni excusa con criterios como el rendimiento u otros factores objetivos. Hay algo más. Y es evidente. La pena es precisamente eso, que es evidente, porque con esa guerra fría que Simeone no se ha molestado en disimular (sus pullas, feos y ninguneos han sido más que evidentes y reiterados) quien sale perdiendo es la afición, que es lo único que siempre estuvo, está y estará por encima del club. Así las cosas, creo que la salida de Torres del Atleti está siendo tan "injusta" e ingrata como lo fue la de Casillas del Madrid, teniendo en este caso a Simeone como el Mourinho de la función. 

Yo no soy especialmente mitómano, pero reconozco que hay varias leyendas atléticas a las que admiro profundamente: Luis Aragonés, Futre, Kiko, Forlán, Godín y...Fernando Torres. Por eso, del fuenlabreño, como muchos otros aficionados, guardo para siempre varias imágenes en la memoria, momentos de esos que sólo se pueden resumir con la piel erizada. Por eso, hoy me siento muy apenado. Mi único consuelo es que quedan varios partidos para poder despedir a este grandísimo jugador y emblema del Atlético. Ojalá que la página final de Torres en el Atleti como jugador se cierre levantando un trofeo (la Europa League). Tanto él como todos los atléticos nos lo merecemos.

domingo, 8 de abril de 2018

Aprendiendo de Oblak

No es la primera vez que lo escribo. Hasta de un mal partido se pueden extraer lecciones interesantes. Incluso moralejas que trasciendan lo deportivo. El encuentro de Europa League entre Atlético y Sporting de Lisboa es un ejemplo de ello, un choque sin mucha historia en el que el Atleti se limitó a ser fiable mientras el rival portugués se disparaba en el pie. Cuando tu enemigo tiene un nivel "Coentrao", ya puedes mandar a Homero a su casa, porque la batalla no va a tener épica ni la victoria mérito. Se habría agradecido algo más de vistosidad o pasión por los rojiblancos, aunque sólo fuera por recompensar a su fiel hinchada, pero teniendo en cuenta los antecedentes y el momento de la temporada, un 2-0 apacigua lo suficiente cualquier reproche, por mucho que el rival se hubiera merecido una auténtica goleada.

Pero, como decía, el partido dejó lecciones que valen la pena. Una, la importancia de ganar; para lo cual resultaron decisivos Diego Costa (lástima que su clamoroso fallo empañara su estupendo partido) y Antoine Griezmann (que evidenció que causa aún más estragos en la mediapunta que en la delantera). Otra, la importancia de no perder lo ganado; en lo que un partido más resultó crucial ese portero de dibujos animados que es Jan Oblak, al que, por cierto, ya están tardando los prescritos en blindar. No confiarse, permanecer alerta, estar listo para hacerlo bien cuando lo inesperado te pone a prueba, dejar que tus actos hablen por ti, cuidar lo que has conseguido a base de esfuerzo y convicción, no dudar cuando la situación exige decisiones firmes y rápidas, estar en el momento y lugar adecuado cuando los demás necesitan de ti...todos estos mandamientos los cumple Oblak con un rigor casi inverosímil cada partido, incluido el del Sporting, dado que gracias al portero rojiblanco los portugueses no se marcharon con un 2-1 que habría puesto la eliminatoria mucho más incierta. No obstante, como apuntaba al principio, ese decálogo de Oblak se puede extrapolar fuera de lo futbolístico y aún de lo netamente deportivo. Esas enseñanzas que deja Oblak en su forma de ser y estar durante los partidos son estupendas para hacer bien las cosas en múltiples terrenos de la vida de una persona: sentimental, laboral, social, familiar...Y es que hay veces que estamos tan ensimismados o acostumbrados con lo que hemos conseguido que olvidamos que eso, lo logrado, requiere toda nuestra atención y dedicación si no queremos perderlo de buenas a primeras, con o sin merecimiento mediante.

Así que, no, no fue un buen partido pero al menos sirvió para que cualquier aficionado pueda recordar algo que merece la pena recordar, con independencia de la camiseta que vistas en tu corazón. ¡Aúpa Atleti!

viernes, 6 de abril de 2018

Máster en Chapuzas

No hay que desconfiar de la capacidad del ser humano para superarse a sí mismo. Ni siquiera en lo negativo. Por ejemplo: todo el mundo pensaba que no podía haber nada peor que la gestión que el Gobierno nacional y pepero hizo de la rebelión separatista catalana...hasta que sucedió la bochornosa, tibia y meliflua aplicación del artículo 155 de la Constitución Española para tratar de sofocarla. Pues bien, ahora se ha descubierto que hay algo aún más chapucero que "lo de Cataluña": el máster de Cristina Cifuentes en la Universidad Rey Juan Carlos.

Honrando la verdad, hay que recordar que los tratos de favor, los tejemanejes y los chanchullos están presentes en todos los sectores de la sociedad, incluso obviamente en el ámbito académico. De hecho, podría decir el nombre de cierta universidad en el que una conocida actriz española obtuvo su licenciatura en Periodismo sin apenas pisar el campus, a base de hacer exámenes orales en su casa (sic), hasta la cual se desplazaba el profesor o catedrático de turno. Pero esto no es excusa ni consuelo. Es simplemente algo de lo que avergonzarse mientras dure y se siga consintiendo.

Yendo al "caso Cifuentes", la chapuza es de tal magnitud que en torno a ella orbitan varios posibles delitos: falsedad en documento público (Código Penal, artículos 390-393), prevaricación (artículo 404) e incluso, poniéndonos muy estupendos, intrusismo (artículo 403). Además, la chapuza conculca directamente el pacto PP-Ciudadanos que permitió a Cifuentes ser la Presidenta de la Comunidad de Madrid (punto 3). Es decir, que este asunto no son unos "hilillos de plastilina", que diría el sonrojante necio instalado actualmente en La Moncloa. La Presidencia de la Comunidad de Madrid está merecidamente contra las cuerdas y al borde del KO. En este sentido, conviene apuntar lo siguiente: Cifuentes no fue votada ni electa como presidenta en función de su CV sino de su presunta ejemplaridad y consiguiente valía para el cargo. Por eso mismo, despúes de su escandaloso show de mentiras, sandeces y medias verdades aderezadas con una cara más dura que el adamantium, Cifuentes ha perdido cualquier ejemplaridad y, por tanto, valía para el cargo que ocupa. Del mismo modo que Bill Clinton cavó su tumba política por culpa de su vergonzosa reacción ante la felación de una becaria, Cristina Cifuentes ha cavado su tumba por culpa de su bochornosa reacción ante las dudas de cómo obtuvo presuntamente el título del Máster expedido por la Universidad Rey Juan Carlos. No es tanto una cuestión curricular como de ética y honestidad. No es el "qué" sino el "cómo". Un "cómo" que ha sido un ejercicio deprimente de cinismo ético, escapismo retórico y contorsionismo argumental que hace inverosímil cualquier alternativa a la tomadura de pelo.

En este embrollo, hay dos actores protagonistas y cuyo porvenir pinta tan prometedor como el de Messala después de que lo arrollara la cuádriga. Por un lado, tenemos a la Universidad Rey Juan Carlos, cuya falta de rigor, decoro, escrúpulos, astucia y habilidad ha dado lugar no ya a un inmerecido y presunto título de Máster sino a una panoplia de documentos sospechosos y explicaciones inverosímiles que están haciendo quedar a la entidad universitaria como Cagancho en Almagro. La URJC se ha esforzado menos en fabricar la documentación para proteger a Cristina Cifuentes que ésta en sacarse el Máster, que ya es decir. Por otro, tenemos precisamente a la susodicha Presidenta de Madrid, autoerigida como ejemplo de pulcritud y azote de la corrupción y con cuya jeta se podría construir el fuselaje de transbordadores espaciales; lo peor no es que sea una caradura sino que ha actuado como una persona profundamente arrogante, hipócrita, insensata, acrítica, cobarde y soberbia que cada vez que ha abierto la boca estas semanas ha sido para ofender a la verdad, agraviar a la gente honrada que se gana los títulos con el sudor de su frente e insultar la inteligencia de toda la población. Ha sido tan bochornoso que, por coherencia, sus recientes manifestaciones públicas deberían haber comenzado con un "nada por aquí, nada por allá...", aunque no hubiera conejo que sacar de la chistera. 

Para mí, lo más llamativo y vergonzoso no es la "documentación" que Cifuentes y la URJC han mostrado (digna de Pepe Gotera y Otilio) ni la presunta existencia del TFM de la Presidenta (que me imagino que será analizada en Cuarto Milenio) sino en dar por legítimo, común y honrado un evidente y desmesurado trato de favor nivel "Somos tus fieles mamporreros" de la citada universidad hacia la que iba de Juana de Arco de la decencia política y está en la misma hoguera que el resto de miserables. En ese sentido, la URJC está en una situación en la que, pase lo que pase, ha perdido: o se demuestra que privilegió descaradamente a Cifuentes o se demuestra que es la quintaesencia de la negligencia o, quizás, ambas cosas, si tenemos en cuenta la sorprendente vendetta interna que ha originado este escandalazo.

Volviendo a la todavía Presidenta, una persona sensata, decente, prudente y honrada se habría defendido esgrimiendo inmediatamente documentos oficiales y mostrando su trabajo de fin de Máster. Cifuentes no. Ella ha preferido parapetarse detrás de falsedades, amenazas en forma de querella, excusas, bravatas y, en última instancia, pasar el marrón a la misma Universidad que, en el mejor de los supuestos, le regaló cutremente el título del Máster por la cara. Ni valiente ni inteligente sino todo lo contrario. Cifuentes, tú sí que vales.

Así las cosas, es de esperar y desear que esta mujer desaparezca cuanto antes de la faz de la tierra, políticamente hablando. Se lo ha ganado a pulso. Y si con ella se larga su séquito de pijos chulescos y señoritingos clasistas, mejor. Y si de paso hace lo propio toda esa chusma que infecta bajo diferentes siglas parlamentos e instituciones nacionales, regionales y locales, mejor que mejor. Y si simultáneamente salen por la puerta todos esos rectores, catedráticos y profesores que han convertido ciertas universidades en el co*o de la Bernarda, pues ya fetén.

De todos modos, presumir de algo que no se tiene, anabolizar méritos y cebar con rimbombancia la trayectoria académica o profesional es algo muy común. Raro es el currículum, por ejemplo, en el que no se cuele alguna hipérbole o mentirijilla. En este sentido, conviene recordar que en cuestiones de picaresca España es una potencia mundial desde hace siglos. Por este motivo, todos deberían aprender del escarmiento a esta Gran Maestre de la Chapuza que es Cristina Cifuentes y, como mínimo, revisar su CV. Aunque sólo sea por dormir con la conciencia tranquila.