miércoles, 17 de enero de 2018

Errores de garrafón

¿Mereció perder el Atleti? ¿Mereció ganar el Sevilla? Probablemente la respuesta sea no en ambos casos. Pero la vida es así: 1-2 y a hacer milagros en la ribera del Guadalquivir dentro de una semana.

Lo bueno que tiene cualquier fracaso, dentro o fuera del deporte, es que siempre, siempre, siempre deja lecciones que te sirven para el futuro. Esta noche los atléticos hemos aprendido que el tiempo es una mera convención (para el árbitro Latre un minuto dura 25 segundos) o que no se puede ganar un partido si todo tu centro del campo naufraga o que tan pronto eres el héroe como el villano de la función o la decisiva diferencia entre jugar con Jan Oblak y hacerlo con un portero humano o que Savic es a la velocidad lo que Rajoy a la sintaxis o que Costa sigue a lo suyo (luchar y marcar) o que hay gente dispuesta a atizarte hagas lo que hagas (al Cholo hoy hay quien le critica los cambios "ofensivos" y otros días le critican por cambios "defensivos") o que uno no puede corregir su propia naturaleza (hola, Carrasco) o que "Zombie" suena fantástico en la megafonía del Metropolitano. Lecciones agradables y lecciones desagradables. Como la vida misma.

En líneas generales, el Atlético ha estado demasiado desafinado para lo que exigía la ocasión y si a eso se añade que la suerte ha sonreído al rival pues la derrota parece algo menos absurda. Y digo absurda porque el Sevilla se ha llevado el triunfo más por demérito colchonero (dos errores garrafales del Atlético, dos goles sevillistas) que por credenciales hispalenses. Pero ha ganado. Y los hinchas hemos vuelto a casa como cuando en lugar de haber disfrutado de un copazo te has metido un garrafón entre pecho y espalda.

Ahora toca olvidar el estropicio y pensar en el partido liguero. Ya habrá tiempo para pensar en hazañas coperas. Porque, eso sí: si hay un equipo lo suficientemente rebelde, contrapronóstico, disfuncional e imprevisible como para hacer milagros a prueba de ateos ese el Atlético. Así que, lo pasado, pasado. ¡Aúpa Atleti!

martes, 16 de enero de 2018

Junto al tablero azul

Fue en esa época en la que aún sigues siendo un niño y no lo sabes. En esa época en la que mi mente iba por un lado y mis hormonas por otro. En esa época en la que vivía en un cándido Mátrix a salvo del incierto campo de minas llamado madurez. En esa época en la que mi mundo giraba en torno a apuntes escolares, libros literarios, películas de culto y juegos de ordenador en disquetes de tres y medio. En esa época en la que mis tardes y noches orbitaban en torno a un pesado tablero de madera azul apoyado en dos caballetes azules en el medio de un cuarto azul con un flexo de luz blanca. En esa época estúpida, ingenua y feliz en la que creía que estudiar me abriría las puertas del paraíso laboral, que el esfuerzo me exiliaría de cualquier problema, que ser buena gente bastaría para tener una vida feliz, que ser romántico batiría cualquier coraza femenina, que tus seres queridos son tótems incuestionables y que en algún momento del futuro sería escritor. En esa época en la que uno creía en Dios, Guybrush Threepwood y el Atlético de Madrid. En esa época en el que la minicadena de la habitación se convirtió en una ecléctica y variopinta gramola donde programaba concienzudamente una lista de reproducción a modo de cajón de sastre en el que cabían el Adagio de Von Karajan, el Songs of distant Earth de Mike Oldfield, la banda sonora de El Cuervo, el Cross Road de Bon Jovi, las Mentiras del viento de Manolo Tena, La Flaca de Jarabe de Palo, el Load de Metallica...En esa época los "conocí" a ellos; a ella: Dolores O'Riordan y The Cranberries

La historia de mi adolescencia, el hilo musical de mi tránsito de la inocencia al cinismo no se entiende sin Zombie, Dreams, Linger, Ode to my family, Animal instinct, Promises, Just my imagination, When you're gone, Salvation o Ridiculous thoughts. No es postureo, es la verdad. Fueron innumerables las tardes y, especialmente, las noches de aquellos años en los que los grandes éxitos de The Cranberries me acompañaron mientras estudiaba o escribía. Por eso, la inesperada muerte de Dolores O'Riordan ayer me supo a aguacero, a hostión traicionero, a expropiación cruel, injusta e impune de una parte de mí. Y sí, han pasado muchos años desde aquellas veladas del tablero azul, pero el tiempo, que para estas cosas sí es muy sabio, ha dejado en pie dentro de mi banda sonora personal ese impresionante tema llamado Zombie, una canción que, sin exagerar, escuché durante decenas de horas. 

La singular voz de O'Riordan, la banshee de Ballybricken, con esa sensacional habilidad para combinar una potencia desgarradora, una sutileza casi confesional y unas reconocibles inflexiones vocales, fue en mi opinión el mejor recipiente para la música que hacían The Cranberries, cuyas canciones oscilaban entre el rock amargo y las baladas intimistas. A ello hay que añadir algo que no es en absoluto novedoso en el mundo artístico: el vínculo entre el drama y el genio. No se puede entender ni escuchar a esta artista de rasgos afilados y mirada punzante, líder icónica del citado grupo irlandés, ignorando una vida personal bastante tormentosa que derivó en una psique atormentada. Esto es así hasta tal punto que yo no sé si O'Riordan cantaba para exorcizar o compadecer las sombras de sus fans o las suyas propias. Quizá fueran ambas cosas. Lo que es seguro es que, al menos para mí, su voz nítida y dura tenía algo magnético, hipnótico, que conectaba con una parte muy profunda de ti. Y esto, creo, es de los mejores piropos que se pueden decir a quien tiene el coraje de compartir su música contigo. 

Por eso, ahora que su voz tiene el silencio de los cementerios y aún suenan los acordes de la desolación, creo que no hay más ni mejor que pueda decir que gracias por todas esas horas que me hiciste compañía junto al tablero azul. 

domingo, 7 de enero de 2018

Fantasía y spoiler

A lo largo de ese viaje iniciático que es crecer, hay varios hitos con sabor a puerta cerrándose a nuestras espaldas, a mundo desvanecido como un sueño de no retorno, a guión tirado a la papelera, a Platón encendiendo la luz de la caverna, a Morfeo diciéndote "Bienvenido al mundo real". Momentos en que sabes que lo que dejas atrás es un jirón de ti que tarde o temprano será excusa para la nostalgia, la melancolía o la sonrisa condescendiente y cómplice al recordarlo. Son sucesos distintos e incluso distantes entre sí que te van cincelando, zarandeando, espabilando sin más pretexto que la madurez pero todos con un denominador común: ser la primera vez, algo lógico, porque el resto de ocasiones similares ya pisas terreno conocido. La muerte de un ser querido, el sexo, el rechazo en pleno enamoramiento, el primer y naif "sí", la quiebra de una relación, la emancipación, la obtención del primer trabajo, el desempleo, la mudanza, el matrimonio, el nacimiento de un hijo...se pueden citar varios. 

Sin embargo, en este artículo, quiero referirme a uno de esos foganazos de la vida real que te asaltan en la niñez. Descartando el hit de cuando descubres cómo llegan los seres humanos al mundo, creo que en nuestra infancia hay un momento clave en el que de repente te sientes extraño en mundo que se parece mucho al que conocías pero al que percibes inhóspito, casi hostil, como si te acabaran de revelar el secreto de un maravilloso truco de magia. Ese instante en el que te despides de la magia, de la fantasía que hasta entonces había formado parte de tu forma de ver, entender y estar en el mundo. Instantes pueriles y prosaicos pero demoledores de toda ingenuidad y es que crecer no es otra cosa que asistir a la demolición de la inocencia. Sucesos como el hallazgo de la identidad real del ratón Pérez, Santa Claus y/o los Reyes Magos. Esos minutos con el eco de un desplome, de certezas devoradas por el sumidero de la realidad, de primicia cayendo y callando. Son momentos de una brevísima pero intensa orfandad existencial, de desconcierto que dura lo que tardas en cambiar esa infalible, inocente y fantasiosa lógica infantil por la sinapsis escéptica, cínica y pragmática de los "adultos". Un cambio de vías que sabe mal pero que es inevitable, porque en este mundo tan enrevesado tan perjudicial es el predominio de la inocencia...como el absolutismo del descreimiento. Y es que, pese a todo, necesitamos creer, autosugestionarnos, desactivar el piloto automático y participar deliberadamente en la farsa de la fantasía, en el ritual del engaño, en la fiesta de la posverdad, para recordarnos esa etapa llamada niñez a la que con el paso del tiempo idealizamos deliberadamente o no como un Camelot donde reinaba la felicidad, para oxigenarnos con esa ingenuidad que nos hacía carne de sonrisa e inmunes al mundo, para abrazar una mentira que nos reconforte de verdad. Por eso, participamos con entusiasmo en las entrañables conspiraciones que articulan el mundo infantil. Por eso y porque la vida, conforme pasan los años, nos enseña que es necesario asociarse con lo irreal para poder tener un refugio en el que sentirnos tan a salvo como esos peques despreocupados y equidistantes entre la ficción y la realidad cuya alegría es tan pura e incondicionada que la envidiamos, añoramos y preservamos con ahínco. De ahí que, incluso entre adultos, entre personas que hace tiempo dejaron la inocencia en el retrovisor, celebremos cosas como la noche del cinco y la mañana del seis de Enero con una ilusión que rivalice con la de los niños, porque sabemos que de vez en cuando es necesario e incluso urgente revestir de grial lo cotidiano, remontarse al momento en que el truco de magia nos maravillaba para poder afrontar luego ese mundo lleno de spoilers en el que nos guste o no tenemos que sobrevivir.

Ayer me enteré de que alguien muy cercano y muy querido por mí había descubierto (o le habían destripado, mejor dicho) que los Reyes Magos vienen de un oriente demasiado cercano al desengaño. Cuando me lo contó, me sentí durante unos segundos como cuando yo pasé por ese mismo trance...pero inmediatamente supe que lo importante de toda esa fantasía, de esa magia, de esa sorpresa no es el encantamiento en sí sino la felicidad que comporta y eso no depende de ningún ser imaginario: la felicidad es tan real como queramos que sea. Sólo hay que poner un poco de niño para darse cuenta de ello y lograrlo. Show must go on. Por eso, está en nuestra mano no ser ni reyes ni magos sino los abajo firmantes de recuerdos preciosos. Somos nosotros los que decidimos abrir la puerta a la alegría. Yo la dejaré abierta. Siempre.   

jueves, 4 de enero de 2018

Las reinonas magas

Hay que reconocer que la Alcaldía de Madrid, desde que está en manos de cierto batiburrillo, tiene cierta propensión a armar el Belén en Navidad con polémicas gratuitas, absurdas y, por tanto, fácilmente evitables. Este año, a diferencia de lo que pasó en 2016, la memez que ha levantado una desmesurada polvareda es la inclusión de una carroza en favor de la diversidad sexual en la cabalgata de Reyes de Vallecas. Esta decisión de homenajear a Priscilla, reina del desierto en plena noche del 5 de Enero ha suscitado, como digo, una polémica que ha devenido en noticia nacional. A mí, por lo pronto, me parece una majadería tanto la decisión en sí como la exagerada sobrerreacción de ciertas personas propensas a mear salves y rasgarse las vestiduras.

En cuanto a la carroza de las reinonas magas: Habiendo días más oportunos, circunstancias menos controvertidas y motivos mejores para visibilizar las diferentes opciones sexuales y reivindicar la normalidad para quien vive, ama y siente más allá de las fronteras heterosexuales, creo que la decisión de pasear este tema en la cabalgata de Reyes es algo fuera de lugar, forzado, inoportuno, incongruente e inconexo, tanto como me lo parece incluir en el desfile de Reyes a personajes del mundo televisivo o de diversos bestiarios que poco o nada tienen que ver con el sarao bíblico-religioso navideño. Ignoro si el tema de la drag-carroza es fruto de una cándida ingenuidad o bien resultado de una deliberada intencionalidad de dar la nota o de refrescar un discutible afán de protagonismo. Sea por el motivo que sea, me parece un error y no por el tema de visibilizar al mundo LGTB sino por la forma y la ocasión. Es como si Podemos leyera un manifiesto republicano en un acto a favor de la monarquía o los de Hazte Oír desfilaran en el Día del Orgullo o un charcutero hablara en una conferencia vegana o el PP encabezara una manifestación contra la corrupción: es algo totalmente legítimo pero chirriante, tonto, de mal gusto y contraproducente para los interesados. En resumen: cada cosa a su tiempo y cada tiempo a su cosa y, mientras tanto, nada de mezclar churras con merinas, por favor. Por cierto, un consejo para esos demagogos, histéricos de la corrección política o fanáticos arcoiris que piensen que soy homofóbico o alguna estupidez similar: leed ciertos artículos que publiqué en 2007 y 2017 y luego ya hablamos.

Respecto a la sobrerreacción: una cosa es discrepar y otra ponerse estupendo. Siendo ambas reacciones legítimas y legales, la primera es sana pero la segunda es tóxica. Baste como ejemplo de esto último la petición de la rimbombante Liga Española Pro Derechos Humanos de impedir la salida de la carroza LGTB: "El objeto de esta medida cautelarísima es evitar la tergiversación de las tradiciones religiosas, en detrimento de los niños, cuya ilusión se basa en que los mismos Reyes Magos que conocieron a Jesús en su lecho natal ofreciéndole regalos de alto valor simbólico, celebran cada año el mismo día de su llegada, ofreciéndole regalos a los infantes como tributo del propio Jesús a la humanidad. (...) De ejecutarse la presencia de las Reinas Magas, cambiaría el criterio por el cual existen los Belenes y la imagen de quienes adoran al Niño Dios a pocos días de su nacimiento, lo cual causaría un daño de imposible reparación, porque en ningún caso podría retrotraerse la imagen difundida. (...) La celebración de la Cabalgata en el formato propuesto perjudica altamente el interés general, el interés de los niños en su ilusión y tradición además del interés legítimo de la Iglesia Católica por la irreverente y ofensiva imagen que afecta a uno de sus principales símbolos" y rematan la faena recordando que las Reinas Magas no existen en la tradición religiosa, y que los Reyes Magos "no son personajes sino citas bíblicas de las cuales el Ayuntamiento de Madrid no es titular. Por ello no puede alterar la inalterabilidad dogmática de la Iglesia Católica durante milenios". Esta petición, por cierto desestimada por motivos procesales, es como decía antes el mejor ejemplo de lo que entiendo por sobrerreacción. Dejando a un lado lo repugnantemente cursi y meapílico de la forma y el fondo de su escrito, creo que ejemplifica bastante bien que quienes estan protestando tan airadamente contra la estridente y errónea soplapollez de la drag-carroza quedan en evidencia por varios motivos: 1) Si nos ponemos rigurosos o, mejor dicho, ultraortodoxos con el tema de la Navidad, mejor sería ir cambiando la fecha de celebración de la misma y deconstruyendo el portal de Belén. 2) Los Reyes Magos que todos conocemos beben más de los apócrifos y el costumbrismo popular que de lo poquísimo que dice la Biblia. 3) La propia sexualidad de los RRMM está en ¿entredicho? por la Iglesia con el tema del "sueño de los Reyes Magos", así que mejor correr un tupido velo. 4) ¿Quién les ha nombrado a estos measalves portavoces y paladines del interés general? Puestos a defender el "interés general" y hablar de "alarma social" sería más necesario y digno alzar la voz contra la precarización del mercado laboral, la enésima subida de la luz, el pésimo nivel educativo, la manipulación informativa, la conciliación trabajo-casa o cosas así antes que por el paseo navideño de unos travestidos. 5) ¿Les molesta/cabrea/ofende que desfilen unas drags pero no Bob Esponja, Pocoyó o engendros que parecen sacados de un espectáculo de La Fura dels Baus? ¿En qué parte de la Biblia figuran esos personajes? ¿Fueron Las Supernenas a adorar a Jesús al pesebre? Y 6) La Iglesia Católica y sus leales defensores flandersianos harían mejor en solucionar el asqueroso tema de la pederastia que en protestar por lo que en el fondo no deja de ser una estridente mamarrachada. En resumen: no me parece mal comentar, criticar o protestar por la drag-carroza pero sí me parece gilipollesco exaltarse de semejante manera cuando está el patio como está. Ojalá todos los problemas que tenemos los españoles fueran del nivel de "hombres vestidos de putones galácticos desfilando en Reyes". Por cierto, un aviso para todos esos papanatas que se piensen que soy ateo o agnóstico o iconoclasta: soy creyente, cristiano, católico y practicante...pero no tonto del culo.

En fin. Con todo este asunto de las drag-queens en la cabalgata vallecana creo que los de un lado y otro han perdido una oportunidad estupenda para no quedar como unos perfectos idiotas.

lunes, 1 de enero de 2018

Frankenstein 200

Se cumplen 200 años del nacimiento editorial de Frankenstein, obra que Mary W. Shelley regaló a la Cultura universal un 17 de junio de 1816 (fecha de escritura, que no de publicación, de la novela) en Villa Deodati, a orillas del lago Ginebra. Dejando al margen la curiosa y azarosa vida de su autora y cómo a una mujer tan joven y refinada se le ocurrió semejante monstruosidad (cuestiones ambas que están más relacionadas de lo que podría pensarse), creo que el gran magnetismo de esta famosísima obra, más allá incluso de ese grial que es el triunfo sobre la muerte, está en su protagonista, la criatura "fabricada" por Víctor Frankenstein

Ese monstruo, indudablemente icónico pero devaluado hasta casi la caricatura en las diversas e innumerables adaptaciones del original novelesco, representa la quintaesencia del paria, lo marginado llevado a su paroxismo, la orfandad definitiva. Feo, culto, incomprendido, desubicado, freak, extranjero en cualquier tierra, víctima constante de prejuicios e infundios...todos los atributos de la criatura conforman un solo collage de los distintos parias que aún hoy podemos encontrar por desgracia en cualquier sociedad. Una abominación que resulta más humana que los humanos, pues su indudable anhelo de comprensión, aceptación, conocimiento y amor resulta tan absolutamente humano que es insaciable por una sociedad perdida entre la ciencia, la hipocresía y la superstición.
Por eso, por esa confrontación entre el deseo y la realidad, entre la necesidad y la frustración, entre la carencia y el rechazo, entre el marginado y la impermeable e insensible sociedad, se desencadenan el conflicto y la tragedia que hacen de la criatura de Frankenstein no tanto un monstruoso villano de novela gótica como un antihéroe trágico, víctima de ese fatum que es la condición humana. Él es un monstruo no por su origen sino porque la sociedad lo ve y lo trata como tal, rechazándolo, aislándolo, arrinconándolo hasta más allá de los márgenes que delimitan la "polis social", arrojándolo a una intemperie existencial donde sólo le espera la depresión, la locura y la muerte.

Así las cosas, pasados dos siglos desde que vino a este mundo, la novela de Mary W. Shelley sigue siendo brutalmente moderna no tanto por su indudable valor como simple ficción sino por su calidad como tétrica alegoría del ser humano en su búsqueda del sentimiento de pertenencia, de arraigo, de hogar emocional. Y es que, como los valleinclanescos espejos del callejón del Gato, Frankenstein o el moderno Prometeo, en el fondo, no es más que el reflejo deforme de una sociedad dispuesta a rechazar la disonancia, a castigar a cualquiera que lleve consigo el divino fuego de la diferencia.