martes, 27 de junio de 2017

"Testigo de cargo": un juicio que merece la pena

Testigo de cargo son tres cosas: una exitosa obra de teatro, una magnífica película y una estupenda miniserie de TV (al menos la de 2016).

La trama, tanto en el original de Agatha Christie como los guiones de Billy Wilder (película) y Sarah Phelps (serie) gira en torno a la ¿imposible? defensa del joven Leonard Vole que ha sido acusado del asesinato de la adinerada MILF a la que se beneficiaba y de la que se beneficiaba día y noche a escondidas de la pareja oficial del mozo; lo cual sirve de pretexto a la célebre autora para evidenciar las puertas traseras de la Justicia y exponer los claroscuros de la condición humana.

Yo no he visto la obra representada pero sí la película de 1957 y la teleserie de 2016. En la pantalla grande, el mítico cineasta Billy Wilder despliega todo su talento para aderezar el original teatral con un fino humor y unos añadidos que suman brillantez al texto que adapta y permiten al gran Charles Laughton dar el enésimo recital de su carrera en el papel del abogado Sir Wilfrid Roberts (y eso que el resto del repartazo eclipsaría a cualquiera). Eso sí, el film no deja de ser canónico en lo esencial y buenista en el fondo dado que todos los protagonistas tienen el final que se merecen, resultando así una película entretenida y agradable.

En cambio, la miniserie de 2016, condensa en sus impecables formas y dos horas una historia que, respetando la primigenia, ofrece algunas innovaciones en los personajes y tramas que hacen al conjunto trascender el thriller judicial para revelarse como un dramón con bastante nihilismo en sangre que tiene en un magnífico Toby Jones no sólo a un bondadoso, frágil y atormentado procurador John Mayhew sino al mejor exponente y víctima de ese descorazonador pero excelente enfoque que dan la miniserie su director y la guionista.

Es lo mágico de las adaptaciones: que partiendo de una misma base de puede ofrecer resultados sensiblemente distintos pero igualmente válidos y disfrutables. Quien quiera simplemente disfrutar, la película de Wilder es una estupenda opción. Quien además quiera tener un puñetazo en el estómago al terminar, la miniserie de 2016 es ideal. Por eso me costaría decantarme por una en detrimento de otra: me encantó en su día la película y me ha encantado (y conmovido) la miniserie ahora que la he visto en Movistar 0.

Dicho eso, Testigo de cargo es interesante porque en el fondo está constantemente jugando con los prejuicios del espectador y su facilidad para dictar "sentencias" sobre hechos o personas dejándonos guiar por la pasión del momento, las conjeturas, los dimes, los diretes, el paradigma dominante y los meros indicios sublimados a la categoría de dogma. Un juego del que son conscientes hasta los propios personajes de la ficción, especialmente la inquietante pareja de los Vole, y que convierten a Testigo de cargo en una deliciosa hostia a la hipocresía y la frivolidad con la que gestionamos las presunciones y las impresiones.

sábado, 24 de junio de 2017

Todo bien

Hacía mucho que no venían. Hacía mucho que ella no venía. Tanto que aprendió a no echarlo de menos. Frente a Sonia, el Mediterráneo, hogueras ardiendo febriles hasta confundirse con la noche y un hormiguero de gente jovial alternando el fuego y el agua, el humo amaderado y la espuma salada; alguien a lo lejos toca una guitarra que apenas remonta una machacona canción de verano adelantado berreada por un grupo de adolescentes. En algún lugar de aquella marejada de siluetas recortadas por las llamas, están su marido Santiago, su no tan mayor Mario y su pequeña Carla disfrutando de la fiesta. Ella está sentada en la playa, dejando que las farolas del paseo y la luz de las hogueras la conviertan en una encrucijada de sombras, mirando sin ver, en silencio, ajena a los  saltos y las danzas y los chapuzones que articulan el aquelarre laico de la Noche de San Juan. Sus pies desnudos se hincan suavemente en la arena, enraizándose en una agradable sensación que le permite bajarse del tren del tiempo, desentenderse del carrusel de los roles que articula su vida cotidiana...

La primera vez que estuvo allí pasando San Juan apenas alcanzaba en edad a su Carla. Fue con sus padres y su abuelo materno. Recuerda las carcajadas de alegría compartidas en familia, el cielo estrellado que parecía una fontana llena de deseos encofrados en monedas, el hipnótico llamear de los fuegos encendidos que devoraban palés y muebles viejos y la admiración por los muchachos que atravesaban las hogueras como héroes de cuento. Una época  de trazos básicos y colores intensos en la que la inocencia impide que la felicidad prescriba; un tiempo en el que crees que hay realmente tanta magia que todo es posible con desearlo muy fuerte; unos años en los que las personas acopian sonrisas y sueños antes de descubrir que la vida sin ser un juego tiene mucho de azar. Sonia recuerda esa alegría sin adulterar, esas ilusiones sin fisuras ni puertas traseras, esa convicción de que todo irá bien siempre. Y se ve a ella, bailando en corro, flanqueada por sus padres, bajo los aplausos de su abuelo, desafiando el calor de una llamas que, como su mirada infantil e inabarcable, parecían espantar todos los miedos que anidan a la vuelta de la sombra. Una mirada que era toda una forma de ser y estar en el mundo y ante el mundo que ahora es un pecio más en el lecho silencioso de la identidad perdida.

Unos chavales, veinteañeros, corren a su lado, despertándola del trance melancólico y espolvoreando en su galope su despreocupación mientras se lanzan frenéticos hacia la orilla, desvistiéndose por el camino como si su ropa fuera made in napalm. Gritan y ríen con el grado de histeria propio que regala el alcohol a esos cuerpos que bordean su momento de gloria. Ella sonríe con una complicidad retroactiva que tiene mucho de envidia y poco de reproche. Los sigue con la mirada hasta que se convierten en unos retazos de espuma intrincados en la oscuridad y su memoria destapa una postal similar de otra noche, algo más cercana en el recuerdo, esta vez con esa otra familia que son los amigos, en la que aquel mar bañó cada centímetro de su piel con la misma calidez e insistencia que la boca y las manos submarinas de aquel chico, Miguel, su segundo o tercer novio, con el que compartió tantas cosas a escondidas que su evocación sabía a secreto. Apenas recuerda cómo empezaron a salir y menos aún por qué lo dejaron. Lo que sí recuerda es el placer juvenil del desafío, la adicción a contrariar los dictados, el ansia por ir contracorriente como forma encontrarse a sí misma, el gusto por dejarse llevar liberada de expectativas y cuadrículas, la obsesión por sentir y sentirse...cosas que ahora son unas de tantas en su lista de objetos perdidos. Rescoldos de una época sin más exigencia que la de convertirse en "una mujer de provecho". De provecho para quién o para qué, se pregunta.

Un chico de veintipocos se le acerca, caminando con garbo su torso desnudo y sus vaqueros deliberadamente envejecidos de los que cuelga ondeante una camiseta blanca. "Perdone, señora, ¿tiene fuego?". Sonia lo mira, volviendo al presente. Él repite su pregunta, remarcando la cortesía en su voz y mostrándole un cigarro impoluto. Ella ahora lo entiende y aunque mantiene la compostura está noqueada por ese "señora" directo al mentón de su espíritu joven. ¿En qué momento una mujer de cuarenta y dos años es una "señora"?  ¿Cuándo caduca el plazo para sentirse tan joven como cualquier veinteañera? "No, lo siento. No tengo fuego". El chico se aleja con su sonrisa y cigarro en ristre y ella se queda pensativa porque, se dice, lo de menos no es que no tenga mechero sino saber qué ha sido del fuego, del auténtico fuego, de ese que ilumina los ojos y acelera el pulso, de ese fuego que hoy le parece tan remoto e inalcanzable como cualquiera de las estrellas que están azucarando el cielo nocturno de San Juan. Un fuego que con el paso de los años ha añorado hasta el punto de idealizarlo, de perfeccionarlo respecto a lo que en realidad fue, de investirlo como tabla de salvación de una vida que yendo a toda vela a ella le sabe a naufragio, a promesa rota, a ilusión varada en medio de ninguna parte. Mira su móvil y está tentada a enredarse en alguno de los muchos grupos de Whatsapp, de chatear con sus amigas en ese subgénero del sarcasmo que es el "humor de chicas", de cotillear con sus camaradas de generación para encontrar un placebo rápido. Pero no lo hace. Aprovecha y comprueba que no ha llegado ningún email de la oficina con nocturnidad y alevosía. No hay correos nuevos. Guarda el móvil y vuelve a mirar hacia el gentío que pulula entre las hogueras como un festín de mosquitos. Busca con la mirada a Santiago, su marido, o a algún bosquejo de sus Mario y Carla. No los ve pero no se inquieta. Santiago se ocupa. Confía en él. Al fin y al cabo es el otro abajo firmante de un matrimonio envidiado, el excelente profesional reconocido en su sector que al llegar a casa se desvive como esposo y padre para que todo esté "bien". Cuánta infelicidad cabe en esa palabra, piensa, cuánta resignación, cuánta incomprensión, cuánta soledad íntima, cuánto sacrificio hecho no para lograr la felicidad sino para espantar cualquier reproche o remordimiento, cuánta cobardía en ese confort que nunca tiene defectos en los ojos de los otros. Su mirada vuelve a desnortarse para colarse entre las bambalinas de la memoria y llega hasta un recuerdo que, por alguna razón, le duele...

Está caminando junto a Santiago, por ese mismo paseo que circunda a la playa. Mario ni siquiera ha nacido y llevan pocos aniversarios de boda en la canana. Falta poco para que se ponga el sol. Y también en el horizonte. Están charlando en uno de esos muchos diálogos cómplices, ágiles e inocuos en los que se ha cimentado su relación. Mientras caminan, parejas y familias de toda edad y tipo se escinden a sus lados, como si su matrimonio fuera la proa de un velero con viento de popa. De pronto, llegan hasta la altura de una pareja joven como ellos. Santiago los ignora como a cualquier perfecto desconocido pero ella siente cómo el mundo se va deteniendo paso a paso hasta llegar casi a suspenderse. Todos los sonidos desaparecen, hasta la voz de Santiago. Se miran. Se reconocen. Aquel hombre y ella. Héctor y Sonia. La realidad y el deseo. La decisión y el dolor. Una grieta trepa como hiedra por su ánimo y un rumor de terremoto crece en su interior a medida que sus pasos se acercan. En apenas unos segundos, tras la sorpresa inicial, se dicen con los ojos tantas cosas como pueden y necesitan decirse y, para cuando quieren darse cuenta, ya no son más que espaldas distanciándose hasta perderse. Poco a poco el mundo reanuda el concierto y la voz de Santiago emerge agradable. "Sonia, ¿estás bien?". Ella tiene la tentación de mirar atrás, un crimen fatídico en muchas mitologías, pero no lo hace. Mira a su marido y sonríe. "Sí, estoy bien, perdona". Y todo vuelve a fluir. Fue la última vez que vio a aquel hombre con el que una vez quiso pero no se atrevió a poner patas arriba su vida con aquel tipo atractivo en fondo y forma que le ofrecía sentir para ser en lugar de hacer para estar, con aquella salida de emergencia ante la asfixia de lo correcto, con esa tentadora escapatoria del "Sí, estoy bien". Mientras Santiago sigue hablando, una duda orbita por la cabeza de Sonia: ¿quién de los dos se arrepiente por lo que no pasó?

La melancolía cierra su espectáculo de hipnosis cuando las voces de Mario y Carla revientan el trance con su alegría atropellada y jadeante. Van corriendo hacia ella, seguidos a duras penas por Santiago, que avanza pesadamente a zancadas pero con la satisfacción de "padre con el deber cumplido". Los tres tienen la ropa completamente salpicada por arena. Los pequeños caen sobre ella y la sepultan bajo besos y risas que apenas sí dejan oír lo que le quieren contar. Sonia se incorpora, los achucha a ambos y los interroga con sobreactuada sorpresa sobre lo que han hecho en las hogueras. Al poco llega Santiago, que coge a Mario como si fuera un peluche y empieza a pelearse con él, como dos cachorros jugando entre sí. Carla no para de darle detalles a su madre de lo muy contenta que está y de todo lo que ha pasado en la orilla. Su aguda voz apenas se sobrepone a las carcajadas y los gritos de su padre y su hermano. En ese preciso instante, Sonia la nota. Nota a esa felicidad incontestable, impecable y sin taras que reina en su familia. Esa felicidad que no admite dudas ni quejas ni hoja de reclamaciones. Esa felicidad que ha hecho de su familia un cuarteto digno de la portada de cualquier pretenciosa revista. Esa felicidad que emerge volcánica lo mismo en una playa levantina que un sofisticado piso madrileño. Esa felicidad que es el gran epitafio de la mujer que Sonia siempre quiso y querrá ser. Esa felicidad que es la tumba en la que esconder todo aquello que la haría saltar por los aires. Esa felicidad que condena Sonia a ser la Sonia que todos quieren pero no la que ella anhela ser. Esa felicidad que tanto le duele. Esa felicidad en la que Sonia ha asumido que arderá hasta que sólo queden cenizas, como las hogueras que celebra la gente en San Juan. Sonia ha vuelto a quedarse absorta, hueca. El cielo relampaguea con fuegos artificiales y bajo ellos todo son exclamaciones de ojos admirados. Los niños de nuevo saltan y corretean incansables por la playa y Santiago, agotado, se sienta a su lado. Le da un empujón cómplice y cariñoso. "¿Todo bien, mi vida?". Ella lo mira, saca la mejor de sus sonrisas y dice: "Sí, todo bien". 

martes, 20 de junio de 2017

Negocios poco saludables

Este artículo podría titularse "Lucrarse mata" y así recordar a los avisos que envuelven las letales cajetillas de tabaco. Y algo de eso hay, pero los tiros no van por el camino de la nicotina y demás venenos encigarrados; van contra personas (físicas o jurídicas) que hacen negocio a costa de algo que no puede ni debe ser nunca objeto ni de mercantilización ni de beneficios económicos. Hablo de la salud y lo que hacen con ella tanto ciertas compañías del sector alimenticio y del farmacéutico como determinadas personas que emplean los medios de comunicación, las conferencias o los libros para articular un discurso tan enredado ya que cuesta diferenciar el rigor, la jeta y la conspiranoia. 

Pocas cosas se me ocurren más decisivas e incisivas sobre la salud de una persona que los alimentos y medicamentos que consume a lo largo de su vida. Al fin y al cabo, son elementos que unidos a las circunstancias ambientales y al estilo de vida condicionan nuestro devenir biológico casi tanto como nuestro ADN. Por eso, hay que tener cuidado...una precaución que ha sido el caldo de cultivo perfecto para que de un tiempo a esta parte se haya producido todo un lucrativo boom al respecto en el que colisionan el negocio más cruel y la filantropía más buenista, la ciencia y el bulo, las evidencias y las habladurías, los secretos y las denuncias mientras, la templanza y el alarmismo, la esencia inmutable y la moda pasajera...

En cuanto a los alimentos, raro es el día en que no aparece publicada alguna noticia que viene a ensalzar las cualidades o a alarmar sobre los efectos perniciosos de algún producto alimentario. Es tal la frecuencia y la variedad que no resulta extraño que un alimento ensalzado tiempo atrás sea posteriormente vituperado en poco lapso de tiempo, o viceversa. Tras este paroxismo, obviamente, se encuentra todo un juego de intereses creados y alentados por razones que poco o nada tienen que ver con la salud y sí con la competencia pura y dura. Un juego que se ve amenazado cuando publicaciones como ¡Cómo puedes comer eso!,  Nuestro veneno cotidiano o Viaje al centro de la alimentación que nos enferma salen a la luz, momento en el cual las empresas alimentarias encienden la maquinaria de la contrainformación y expiden o filtran informes o publirreportajes donde defienden no sólo su honorabilidad sino las bondades de los alimentos que dan de comer a sus cuentas de resultados. ¿El resultado? Que uno no sabe ya si lo que se lleva a la boca es bueno, malo o regular. Y ojo que no incluyo en todo este embrollo a la pléyade de libros de dietas milagrosas y enzimas espectaculares porque me parecen la versión nutricional de los manuales de autoayuda, libros que a quien más ayudan es a la cuenta corriente de su autor. Así que, en conclusión, ante tal polvareda, la mejor receta y la más aconsejable dieta es la mesura en el pensar y en el comer. Mesura a la cual ayuda notablemente tener una mente baja en ingenuidad.

Respecto a los medicamentos, pues casi idem de lienzo. No obstante, aquí no creo que el gran problema sea que los fármacos en sí mismos sean tan perniciosos como ocurre con los easter eggs de muchos alimentos del supermercado nuestro de cada día sino que las industrias que desarrollan y venden esos bálsamos químicos no hacen lo suficiente para combatir las dolencias y enfermedades que carcomen al ser humano ya sea por misantropía mercantil y/o por falta de apoyos o incentivos gubernamentales. En este sentido, creo que hay más de una empresa a la que le renta más paliar una enfermedad con seis píldoras que curarla con una sola. Y así va el mundo como va. Por otra parte, pero sin abandonar Mundopíldora, está el pésimo uso que se hace de los fármacos por no pocas personas en lo que viene a ser la variante médica de dispararse en el pie, porque el uso desaconsejado o abusivo de un medicamento a quien ayuda de verdad es a la empresa que lo fabrica...y al virus o la bacteria de turno. De todos modos, por resumir, teniendo presentes publicaciones como Medicamentos que matan y crimen organizado o Los inventores de enfermedades: cómo nos convierten en pacientes, en este terreno conviene también andarse con ojo y dejar la inocencia en una caja precintada.

Habrá quien piense a estas alturas del artículo que soy equidistante entre defensores y críticos del establishment. Se equivoca. Entre David y Goliat siempre me quedaré con los partisanos que le echan un par para hacer frente al discurso totémico. Además, tiene su atractivo e incluso morbo buscar las cosquillas a esos colosos que campean por el mundo como elefantes por almoneda. Lo que sí he de reconocer es que uno ya está curado de espanto y prefiere usar el escepticismo como GPS para navegar entre tanto mesías y paladín y así no caer en los remolinos de la manipulación y la sugestión. Contra los dogmas, vengan de donde vengan, nada mejor que el conocimiento y para alcanzar éste es más que conveniente informarse de lo que pasa a ambas orillas de un mismo río. Tesis, antítesis y síntesis. Nada nuevo bajo el sol.

Por tanto, tú que estás leyendo estas líneas, la próxima vez que te lleves un alimento o un medicamento a la boca, asegúrate de que antes has hecho algo vital para cualquier ser humano alfabetizado: leer

lunes, 19 de junio de 2017

Bestias de 140 caracteres

Soy animalista y por eso reclamo y defiendo que todo animal tenga, como mínimo, el mismo respeto y la idéntica consideración que cualquier ser humano que, las cosas como son, no deja de ser otro animal. 

Igualmente, no soy taurino, primero porque eso sería absolutamente incompatible con mi amor por los animales y segundo porque estoy en total desacuerdo con muchas de las reivindicaciones y los argumentos esgrimidos por los taurinos en su defensa del toreo, toda vez que no creo que éste sea un arte ni mucho menos cultura ni tengo por héroes a quienes se ponen delante de esas preciosas moles con cuernos (la temeridad voluntaria y con afán lucrativo no tiene nada que ver con el heroísmo). Lo respeto como muchas otras tradiciones que hay, aunque me pueda parecer una astracanada anacrónica y rancia. Por eso no me considero "antitaurino", porque tal palabra me parece que conlleva una beligerancia que en mi caso no existe. Simplemente no me gusta ni tiene nada que ver conmigo. De aberraciones como el Toro de la Vega ya mejor no hablo...

Pero que sea animalista y no me guste el toreo no significa que me alegre ni celebre la muerte en cualquier plaza o coso de un torero. Digo esto porque conviene extraerse de esa polarización interesada y disparatada en que ha devenido la polémica entre animalistas y taurinos según la cual o celebras la muerte de un torero o celebras la muerte de un toro. Pues no. No me alegro ni de la una ni de la otra. Ambas revisten idéntica pena y ninguna gloria. En general, la vida de cualquier animal (y el ser humano no deja de ser una de las muchas especies que hay en el planeta) me parece valiosa y digna...salvo repugnantes excepciones en el bando humano entre las cuales obviamente no están los toreros. ¿Que me puedo alegrar por la muerte de un ser humano? Pues sí, si ese humano es un terrorista o un asesino o un violador o un pederasta o un pedófilo o un maltratador o un dictador, por citar algunos ejemplos. ¿Que salvaría al más nimio animal antes que a un ser humano? Sí siempre y cuando ese humano fuera un perfecto hijo de pu*a. Pero, fuera de eso, el hecho de alegrarse por la muerte de alguien sólo porque no concuerda con tus ideas o intereses o filias me parece algo que te desacredita hasta tal punto que alcanzas la misma valía que los rescoldos parduzcos que quedan en la escobilla de un retrete público. Alegrarse o celebrar la muerte de una persona no se sostiene ni ampara bajo ninguna ideología o credo sino bajo la simple y pura maldad y/o locura. Punto. Supongo que soy un animalista paradójico visto lo visto.

Por eso, a esa banda de energúmenos y malparidas que se han ensañado con la muerte de Iván Fandiño con la misma repulsiva ligereza que lo hicieron en su día con la de Víctor Barrio sólo puedo desearles lo mismo que deseo a quien disfruta con el sufrimiento o la muerte de cualquier animal: un dolor infinito. Hay que ser muy cobarde y vil para soltar tanta basura en las trincheras virtuales de las redes sociales en general y Twitter en particular, redes a las que el lado oscuro del ser humano está pervirtiendo hasta tal punto que se están transformando en una suerte de Corte de Monipodio donde la gentuza campa a sus anchas dejando un reguero de salvajadas a su paso.

En definitiva, que cada día que pasa se hace más imperiosa la necesidad de que se regule legalmente la protección de todo animal...y la persecución contra quienes se comportan como auténticas bestias en 140 caracteres. Y sí, descanse en paz Iván Fandiño.

domingo, 18 de junio de 2017

Un gueto entre el silencio

Vivimos en un gueto fuera del cual el silencio se desparrama en todas direcciones y estratos. Decimos y, por tanto, compartimos sólo lo que nos deja el silencio y aquello que somos capaces de hacer con el silencio, que, a menudo, suele ser lo mismo. Por eso, tan importante es lo que se dice y se sabe como lo que se sabe y no se dice y lo que no se sabe porque no se dice.

A nivel general, en lo que podríamos llamar "ámbito público", el silencio es consecuencia del siniestro juego de intereses creados alentado desde diversos lobbys u oligopolios como, por ejemplo, sucede en el ámbito de la política, la energía, los alimentos, los medicamentos, las armas, la diplomacia internacional, el medioambiente, etc. Ese silencio es, en su calidad de herramienta de manipulación masiva, al que combaten o sirven, según su grado de higiene moral, los medios de comunicación y algunos autores de libros del subgénero oficioso de "teoría de la conspiración". Ese silencio es el que afecta al ser humano como especie y el que juguetea con su futuro como un niño con plastilina.

A nivel personal, en lo que podría considerarse como "esfera íntima", el silencio es consecuencia de la nada inocente interacción entre miedos, inseguridades, traumas, cálculos y conjeturas sin más finalidad que no exponerse a la inestabilidad, al riesgo, a la moneda lanzada al aire. Ese silencio entendido como cortafuegos es nuestro verdadero interlocutor en toda relación personal en la medida en que ésta no es más que una negociación entre lo que decidimos esconder en el silencio y lo que decidimos sacar de él, un trueque entre el silencio propio y el ajeno donde la única ganancia es no salir perdiendo. Ese silencio es el que afecta al ser humano como ser social, sensible y sintiente y el que desempeña decisivamente un papel de moderador (cuando no juez) en nuestros afectos, emociones y decisiones.

Y ojo que no estoy hablando del silencio como efecto secundario de la dictadura de lo políticamente correcto sino como resultado de un deliberación personal que nada tiene que ver con los eufemismos ni las circunvalaciones retóricas sino con nuestra manera de estar respecto a los demás.

Por eso, del mismo modo que lo más importante de un iceberg está oculto, lo más relevante de todo lo que nos dicen o decimos es lo que se queda en el tintero mudo. Eso que, de saberse, podría cambiar, para bien o para mal, nuestra percepción de la vida o de los demás o de nosotros mismos o, incluso, constituir una realidad divergente a la vivida. Eso que, de conocerse, quizá cambiara el rumbo de nuestras decisiones, filias y fobias. Eso que, de salir a la luz, podría cambiar el mundo o nuestra forma de ser y estar en él. Dicho de otro modo: el silencio condiciona permanente y pasivamente buena parte de nuestras acciones. Es el

silencio el que nos hace decantarnos por una determinada opción política o por consumir un producto o por tener un tipo de relación con alguien o por construir una determinada imagen o prejuicio de alguna persona o idea. Yendo a algo más prosaico, imaginémonos nuestra vida cambiando todas las veces que dijimos "Sí" o "No" por un silencio o, al revés, reemplazando por un "Sí" o un "No" el silencio al que recurrimos ante esas disyuntivas, esos momentos en que nuestra existencia, ya sea en el plano profesional, social o sentimental, se expone al dilema de toda bifurcación sin retorno. ¿Cambiaría la cosa, verdad? Pues eso.

Así que termino con una reflexión que también me aplico: la próxima vez que escojamos callar algo o consentir el silencio de otro, mejor pensárselo dos veces, porque el silencio es el gran tirano de nuestro tiempo y somos nosotros los que lo alimentamos y perpetuamos...y, además, no hay nada más poderoso y liberador que una palabra dicha en su momento justo.

viernes, 16 de junio de 2017

Show de Cruise con momia al fondo

Para entendernos desde el principio: La momia de 2017 no es una producción de terror ni de aventuras ni de acción de comedia ni siquiera es una buena película. Es una película de, por y para Tom Cruise que no vale el caro precio de la entrada, pero...no es tan pésima como la han pitado críticos y no críticos dentro y fuera de las redes sociales. O quizá es que me la había imaginado mucho peor a tenor de las expectativas propias y ajenas que tenía antes de verla. ¿Por qué? Porque entre todos los defectos que tiene (que son muchos), muestra algunas cosas buenas.

Empiezo por lo bueno: los guiños a grandes películas de culto (que omitiré por aquello de no desentrañar escenas), los homenajes a esas atmósferas tan propias del "terror gótico" que cultivaron con esmero las horror movies paridas por Universal y Hammer (lugares decadentes, abandonados, ruinosos y/o sombríos donde el Mal se siente como en casa), el inesperado buen hacer y carisma de Sofía Boutella como una sensual y malévola momia, los eficaces efectos visuales y, por último, el honesto tributo a una estupenda película que mejora aún más al compararla con ésta: The mummy de 1999, que supo combinar aventuras, fantasía y humor con una armonía y maestría que sólo había conseguido Indiana Jones hasta aquel momento. Y nada más.

Paso ahora a lo malo: el batiburrillo genérico (aventuras, terror, comedia, acción) que propone resulta en esta ocasión confuso y fallido (hay producciones donde inexplicablemente funciona la macedonia de géneros); el cuasimonopolio de Tom Cruise resta entidad al resto de personajes e identidad a la película, a la que cuesta distinguirla tanto de otros éxitos del actor que uno no sabe si está viendo a Ethan Hunt metido en un follón propio de Cuarto Milenio o a Jack Reacher intentando salir de un conflicto con gente del Más allá (del Mediterráneo); el guión es bastante flojo por acción y por omisión; el humor tiene un nivel "Los mejores chistes de Lepe" y es tan oportuno como una carcajada en un funeral; Russell Crowe destaca más por su sobrepeso que por su interpretación; la actriz-florero de rigor en toda película de Cruise es tan irrelevante como sus predecesoras en tal rol; el excesivo oscurantismo que preside la iluminación del film es más propio de una película de bajo presupuesto (para disimular errorres, etc) que de una superproducción como ésta; y el innegable hecho de que nadie en esta película demuestre tener una mínima noción de mitología egipcia porque Set, el gran villano de la función, es el dios de muchas cosas (el desierto, el Mal, el caos, la violencia, etc) pero no de la muerte y, por ende, tampoco de los muertos, cometido que corresponde a Anubis y que, en esta producción, confunden una y otra y otra vez. 

Por tanto, todo lo que en esta película debería ser principal o interesante no deja de ser más que un McGuffin para el protagonismo y el lucimiento de quien es el verdadero mandamás,
tal y como ha destapado Variety, de esta producción: Tom Cruise. Por estar, están hasta sus clásicas carreras con cara de hipervelocidad o la ya típica "escena de avión con Cruise". Aquí la momia, Set, el Dark Universe y demás importa poco o nada porque es una película "cruisecéntrica", para bien y para mal. En este caso, más para lo segundo. Eso sí, no creo que sea la peor película de la temporada porque no resulta tan fallida como Alien: Covenant o Piratas del Caribe 5: La venganza de Salazar.

Para ser justos con el "Universo Oscuro" de Universal antes de sentenciarlo habrá que esperar a la siguiente película (La novia de Frankenstein en  2019) pero, de momento, esta de La momia tiene defectos más propios de una quinta o sexta parte que de una producción encargada de abrir el telón y propulsar el interés del público y el aprecio de la crítica. Dicho eso y siguiendo con la misma honestidad, hay que decir que se trata de una película entretenida, de esas que no te arrepentirías si la programan en algún viaje en tren/avión o si la ves en televisión sin tener que pagar un euro por ello, pero...más allá de eso, sólo podrá entusiasmar a los fans de su productor y protagonista oficial y director y guionista oficioso, Tom Cruise. En definitiva, The mummy entretener, entretiene pero, después de verla, uno se queda con la sensación de haber recibido una Pepsi del tiempo esperando una Cocacola fresca.  
    

miércoles, 14 de junio de 2017

Una dama de armas tomar

Afortunadamente, España nunca ha estado huérfana de mujeres ejemplares ni siquiera en el ámbito de las armas, el cual se percibe erróneamente como un coto reservado a hombres. Ahí están por ejemplo María Pacheco, líder de la rebelión comunera hasta 1522, Inés de Suárez, que hizo las Américas a hierro y sangre a mediados del siglo XVI, Catalina de Erauso, la famosa "Monja alférez" del Siglo de Oro, María Pita e Inés de Ben, quienes defendieron La Coruña contra Sir Francis Drake y su armada isabelina en 1589, Manuela Malasaña y Clara del Rey, muertas durante la sublevación del 2 de Mayo de 1808, Agustina de Aragón, heroína en la Zaragoza sitiada por los franceses hasta 1809, o Mariana Pineda, mártir de la resistencia liberal contra el absolutismo en 1831, por citar sólo algunos ejemplos. Sin embargo, este artículo no va sobre ninguna de esas apasionantes mujeres, sino de otra, quizá menos conocida, pero cuya vida transita a caballo entre la realidad y la leyenda...

Bienvenidos a la España del siglo XV que no era España pero estaba de lo más animada puesto que toda la península se encontraba en modo Juego de Tronos y la geografía patria era más un tablero de Risk que un remanso de paz. Enrique IV de Castilla, Trastámara según su linaje e impotente según las malas lenguas, ha muerto en diciembre de 1474 y la disputa de quién se queda con el trono ha derivado en una Guerra Civil (quien piense que la de 1936 fue la primera, mal anda) entre, por un lado, la princesa Isabel de Castilla, hermana del finado y apoyada por su marido, el príncipe Fernando de Aragón (sí, los futuros Reyes Católicos), y, por otro, Juana, la Beltraneja, discutida hija del monarca fallecido (con esto se habría forrado la telebasura de haber existido entonces) y apoyada por su tío y esposo, Alfonso V de Portugal. Así las cosas, las levas de hombres (uno por familia) sangran de varones y armas todas las tierras castellanas, incluso las más recónditas, aunque se trate de pequeñas poblaciones perdidas en las montañas leonesas, como la bucólica Arintero, donde el señor Juan García había tenido con su mujer Leonor siete hijas y cero hijos y acreditaba una edad en la que ya no se levanta arma alguna, con lo que le es prácticamente imposible cumplir con la llamada a las armas de Isabel. Deshonra, vergüenza, impotencia...el patriarca de Arintero está sumido en una melancolía que rima con depresión pero Juana, la mediana de sus siete hijas, se harta de ver a su padre así y se empeña en representar a los García de Arintero en la leva. Juan tarda poco en descubrir que es mejor no discutir con una mujer y acaba por instruir a su impetuosa hija en el arte de la guerra y aledaños
no tanto para que haga un papel digno como para que vuelva de una pieza. Y lo hace bien, muy bien, porque, tiempo más tarde, su hija, una Heidi leonesa reconvertida en Mulán castellana, ya unida a las huestes de Isabel y Fernando bajo el aspecto de un hombre y la identidad de Diego Oliveros, resulta crucial en la toma de la rebelde Zamora en febrero de 1475 al rendir junto a otros soldados una de las puertas de la ciudad.  No obstante, no será hasta la célebre batalla de Toro (acontecida en las inmediaciones de Peleagonzalo) cuando la verdad de la "Dama de Arintero" salga la luz y comience así la leyenda puesto que, en un lance de la refriega, el jubón de Juana-Diego se rompe dejando visible un femenino pecho que fue el gran cotilleo en el campamento isabelino...hasta llegar el caso al mandamás militar, Fernando. Éste, en lugar de ponerse legal y letalmente estricto con Juana (que era lo que habría gustado a su esposa Isabel que veía en aquello del disfraz algo intolerable e incompatible con la vida), decide premiar la nobleza y el valor que ha demostrado la muchacha incluso en su alegato ante él ("Mi tierra os sirve tan generosamente que se está quedando sin varones y tiene que enviar a sus mujeres a la guerra, no consintáis que se despueble y libradla de los azotes de la guerra. No os pido que la libréis de los justos tributos de dinero; libradla de los tributos de sangre; haced que todos sus naturales sean hijosdalgo, y ello engrandecerá el reino"). Así, Juana es liberada con honores de sus obligaciones militares y pone rumbo a su hogar colmada de privilegios para Arintero. El último trayecto de la historia antes de perderse por completo en la niebla de la leyenda. A poca distancia de Arintero, Juana se aloja en La Cándana en casa de unos familiares y allí se pierde su rastro puesto que se enfrenta a unos rufianes que iban en su busca (o en la de los preciados documentos que llevaba). ¿Murió? ¿Sobrevivió? ¿Escapó? No se sabe a ciencia cierta, puesto que el destino final de Juana terreno de habladurías y leyendas varias. Lo que está claro es que Arintero recibió los privilegios concedidos por Fernando...y que tuvo en Juana García su vecina más ilustre.

La pena es que, otra guerra fraticida, la de 1936, arrasó con Arintero, incluida la casa de los García, que fue reconstruida posteriomente. Por suerte, aunque los edificios se destruyan, la memoria permanece y, gracias a eso, quien visite hoy esa localidad en las montañas leonesas podrá leer una inscripción escrita en piedra, bajo la imagen de un caballero, que reza así: "Si quieres saber quién es/ este valiente guerrero/ quitad las armas y veréis/ ser la Dama de Arintero". De todos modos, para quien quiera conocer algo más de esta curiosa historia, puede consultar estos hipervínculos al Diario de León, Revista de Historia, la web Mujeres en la Historia, el blog Históriate, la novela La Dama de Arintero de Antonio Martínez Llamas o, incluso, un simpático vídeo de Los Lunnis

En resumen: el caso de Juana García es uno de los muchos que nos deben hacer recordar que la valentía, la nobleza, el honor y el coraje no dependen del género sino del corazón; que las hazañas no son cuestión de sexo y que, por eso mismo, hay que poner a la luz a las mujeres que no merecen vivir a la sombra de hombres sino, en todo caso, hacerles sombra, como hizo la Dama de Arintero. 

lunes, 12 de junio de 2017

El Olimpo bien vale un Hades

Estúpido. Parece estúpido escribir un artículo para alguien que agota el diccionario con la misma voracidad con la que extingue tópicos y apea a rivales. Y lo es. Estúpido, quiero decir. Especialmente cuando hay mejores manos para jugar esa baraja (léanse maestros como Uría y Jabois). Simplemente cabe decir que hace tiempo que Rafa Nadal cruzó el Rubicón de lo legendario. Hace años que pelotea en el campo de los inmortales, aquellos que hacen de lo extraordinario mantra y de lo inverosímil guión, aquellos llamados Jordan, Alí, Comaneci, Senna, Bolt, Brady, Phelps...Por eso, no extraña esa hazaña, esa gesta, esa proeza, esa salvajada, esa barbaridad, esa marcianada de lograr 10 campeonatos de Roland Garros. No extraña que sólo el admirable Roger Federer le anteceda en el puesto de "mejor tenista de todos los tiempos"...de momento, porque no es una locura pensar que este Nadal es capaz de aumentar esos quince grand slam que ya atesora. Por lo pronto, Rafa Nadal es ya con todo merecimiento el mejor deportista español de la Historia y en eso ayuda bastante ser el gran dominador de la tierra batida; "King of the Clay" que dirían en Juego de Tronos.

Lo que no es tan estúpido es ver en Nadal un émulo de los grandes héroes de la épica clásica, esos que sí o sí debían pasar por el Hades para volver transformados, mejorados, al mundo de los simples mortales. Y ahí reside principalmente la gran virtud de Rafa Nadal: una fortaleza mental a prueba de Hades, lesiones, rachas, rivales, resultados, alabanzas y críticas. Una fortaleza mental que es al mismo tiempo bastión y trampolín. Una fortaleza mental espartana pero made in Mallorca que arrolla más aún que su portentoso físico o sus increíbles raquetazos. Si a ello se le unen una humildad y sensatez tan sobrenaturales como su trayectoria tenística pues...este tipo sólo puede ser una cosa: admirable.

Porque este chico, este hombre con sangre de Fénix, brío de estampida y mente de adamantium es un ejemplo a seguir dentro y fuera del deporte no sólo por su saber estar, ganar y perder sino porque demuestra que por muy oscuro que sea el túnel, por muy profundo que sea el pozo, la luz siempre acaba por venir al rescate de quien no se rinde, de quien sabe creer, de quien apuesta todo por sí mismo, de quien lucha y resiste con el convencimiento de que no hay oscuridad ni sufrimiento que dure para siempre, de que lo hecho en el pasado (malo o bueno, pésimo o grandioso) no cuenta tanto como lo que estés dispuesto a hacer en el presente, de que no importa lo que otros piensen, crean, o digan de ti sino lo que tú estés dispuesto a demostrar sobre ti mismo. Y eso lo sabe bien Nadal, al que muchos dieron por finiquitado y ha vuelto de esa apresurada tumba como un titán y con un juego que, respetando sus esencias, es distinto y mejor: ya no parece el demonio de Tasmania de los Looney Tunes sino más bien el tenista de Vitrubio, valga la comparación, toda vez que a su increíble potencia y resistencia física ha incorporado un patrón de juego mucho más cerebral que le hace aún más peligroso que antes. Que se lo digan a Stan Wawrinka, al que primero Nadal aplastó este domingo psicológicamente y, en segunda instancia, tenística y físicamente. Este chico mallorquín es Conan pero su cerebro no es el de ningún bárbaro, por muchas barbaridades que salgan de su raqueta.

En fin. Faltan las palabras así que mejor concluyo con esta reflexión a propósito de "lo de Nadal": la gloria sabe mejor cuando viene precedida del sufrimiento. La luz se valora más cuando vienes de la oscuridad. Y el Olimpo bien vale un Hades. Viva Rafa Nadal.

sábado, 10 de junio de 2017

El desparrame

¿Por qué lo llaman machismo cuando quieren decir mala educación?  Es una pregunta que me hago al albor de la polémica suscitada por el Ayuntamiento de Madrid (ese géiser de paridas para todos y todas) y diversos colectivos feministas (que tanto daño hacen a la sensatez, el sentido común y lo femenino) con su iniciativa de poner pegatinas en los autobuses contra la apertura de piernas masculinas en ángulo recto u obtuso, según el grado de gañanería del sujeto en cuestión, mientras se hace uso del asiento en el transporte. Eso es mala educación, no es machismo, por mucho que algunas exaltadas (hola, "Barbijaputa") no tengan clara la diferencia entre una cosa y otra: todo machismo conlleva per se mala educación pero no toda mala educación es machismo. 
 
La medida no me parece en absoluto mala en tanto que siempre es oportuno recordar las normas de cortesía, educación y civismo, especialmente a quien no las tiene, sea él, ella o ello. La educación, como el cumplimiento de la ley, es algo innegociable y exigible, aun cuando se desconozca. Tampoco me parece ningún hito, toda vez que este tipo de iniciativas ya funciona desde hace décadas en otros países como, por ejemplo, EEUU.
 
Lo que sí me parece abismalmente estúpido y criticable es que surja como una medida contra un problema de género (el Área de Género y Diversidad del Ayuntamiento de Madrid es el padre de la criatura) y alentada por colectivos feministas. La apertura de piernas no es un problema ni una consecuencia de machismo: es pura y simple mala educación o falta de respeto, ya sea el despatarre deliberado o no y con independencia de si estamos hablando de un despatarrado o despatarrada. En ese sentido, empiezo a pensar que el feminismo, tal y como parece entenderse en España, tiene el mismo problema que Don Quijote con los molinos y los gigantes: ve la sombra fálica del heteropatriarcado en lugares donde no hay un problema de género. ¿O es que una mujer que se siente al estilo manspreading no está siendo maleducada y zafia? El día en que el feminismo cañí deje de mezclar churras con merinas y confundir la velocidad con el tocino, dejará de ser un chiste. Al hilo de esto, recuerdo cierta polémica a propósito de lo machista que son (según algunas de estas feministas quijotizadas made in Spain) gestos de cortesía como abrir la puerta, ceder el paso o la entrada o salida a una mujer. O sea, que tener un comportamiento considerado y atento con una mujer resulta que es tan machista como no tenerlo, tócate las narices. En fin, volviendo al asunto, creo que, teniendo en cuenta cómo está el patio, con hijos de puta dando matarile a mujeres cada dos por tres, con la chavalería encantada con la basura del perreo y el reguetón, con los jóvenes desviviéndose por escoria como Mujeres, Hombres y viceversa, con el sexting y demás repugnantes variantes calando cada vez más temprano...¿en serio es prioritario poner pegatinas contra el despatarre masculino? Alguien debería revisar seriamente el orden de prelación de las iniciativas y medidas a adoptar.
 
Y luego está el tema de la auctoritas, de la legitimidad ética, moral y social con la que desde el Ayuntamiento de Madrid se lanza esta medida. Auctoritas que es simplemente inexistente. A mí lo que diga en materia de educación y respeto un Ayto que tiene como portavoz a una chavala que se dio a conocer por despechugarse en una capilla para hablar de almejas e incendios pues...me importa tanto como lo que diga un Ayto que tiene entre sus concejales a tíos que han pasado por juzgados por comportarse como genuina gentuza...que es la misma importancia que concedo a un Ayto copado por un cuasipartido que reventaría cualquier chusmómetro (y ojo que no lo digo desde el punto estético, que eso ya es otro cantar). Vamos, que cualquier cosa en este ámbito que diga el Ayuntamiento de Madrid es muy posible que me lo pase por la quilla porque esta gente (me) puede dar tantas lecciones de educación como Leticia Sabater de música clásica.

De todos modos, ya puestos a hacer más cívico y agradable el uso del transporte en Madrid, que pongan también pegatinas recordando la importancia de respetar las colas (o filas, por si hay alguna feminista que quiere malinterpretar el término "cola") o de lavarse con frecuencia para evitar malos olores o de colocar bolsas, bolsos y mochilas entre las piernas para no molestar o de no hablar alto o de no escuchar música a un volumen que trascienda cualquier auricular o de no tunelarse públicamente la nariz en busca de néctar mucoso, por decir sólo algunas sugerencias para erradicar ciertas escenas más que cotidianas. Y si se trata de una cuestión de respetar espacios pues alguien debería hacer algo con esos cetáceos de secano (ellos y ellas) que tienen a bien sedimentar su manteca en asiento y medio cuando no en dos asientos, por decir algo que es bastante frecuente.

En fin, que todo esto de la pegatina me parece no tanto un despatarre como un desparrame, un desbarre, un despiporre...una idiotez.