lunes, 22 de mayo de 2017

Una despedida redonda

"El círculo se ha cerrado". Esta mítica frase de Star Wars valdría para resumir algo que trasciende palabras y números. Porque lo de ayer fue circular en lo institucional: en mayo de 1966, el Atlético de Madrid despidió ante el Athletic de Bilbao a su estadio Metropolitano para mudarse al Vicente Calderón. En mayo de 2017, tras 1227 partidos (927 de Liga) y 19 trofeos, ha hecho lo propio ante idéntico rival para despedir al Calderón por mudanza al (nuevo) Metropolitano. Ambos con victoria parricida contra el equipo matriz del que surgió el Atleti allá por 1903 cuando no tenía más estadio que el estupendo Parque del Retiro. (Matar al padre, puro Freud). Pero lo de ayer también fue circular en lo íntimo y personal: hace cerca de 30 años, descubrí al Calderón (y al Atleti), "con mi papá de la mano" como escribieron los geniales Sabina y Varona. Ayer, despedí al Calderón con mi padre pero no de la mano, sino hombro con hombro, asistiendo a una tarde que pareció diseñada para temblar en los ojos, la piel y la memoria.

Y es que, si me apuras, lo de menos ayer fue el espléndido partido que cuajó un desatado Atleti para celebrar con la afición ser el primero de los mortales (terceros en Liga). Tampoco destacaría como lo mejor el sensacional doblete de Torres, esa leyenda andante que una temporada más se ha remontado a sí mismo
para tapar bocas y dejar en el banquillo a relumbrantes sustitutos. Tampoco subrayaría como lo más notable la retirada del hasta ayer jugador rojiblanco y hoy eterno mito, Tiago, quien en su despedida volvió a dar una clase magistral de cómo desempeñarse como mediocampista y como persona. Ni siquiera fue lo mejor la confirmación a los cuatro vientos de la continuidad la próxima temporada de Simeone, gran chamán, intérprete y psicoanalista de los misterios rojiblancos y, además, terror de acomplejados y envidiosos de todo pelaje.

No, para mí, lo más importante de ayer fue todo lo que pasó antes, durante y, especialmente, después del partido que no se puede describir con estadísticas ni con retórica deportiva ni con resúmenes a ritmo de videoclip. Lo más importante de la tarde del "hasta siempre" se podría explicar, salvo a aquellos que no lo pueden entender por mucho que lo pregunten una y otra vez, con una sonrisa, un nudo en la garganta o una lágrima. Porque lo más importante de ayer fue sentir hasta el llanto de felicidad que todos (leyendas del pasado y del presente, trofeos, entrenadores, estadios y aficionados) formamos un mismo cuerpo, una impresionante y entrañable falange que cuenta su historia por gestas contrapronóstico y momentos inolvidables. Esto es el Atleti: una familia por encima del tiempo y el espacio para la que nada es imposible y que, por eso mismo, es capaz de hacer frente a todos los elementos y contratiempos propios o ajenos, como ha demostrado esta temporada en la que las lesiones (está claro que el Atleti tiene jugadores con un corazón más fuerte que su cuerpo), las inconvenientes y contraproducentes polémicas institucionales (no me hables del escudo que me pongo Wanda), los enrevesados debates estilísticos (el Atleti es un concepto, no una forma), las insidias y la cizaña obsesiva de buena parte de la prensa deportiva (motivo suficiente para dejar de leer como mínimo un par de ¿periódicos?), los decepcionantes rendimientos de algunos jugadores llamados a hacer más y mejores cosas (a estas alturas ya no hace falta explicitar nombres), las imprecisiones en pases y tiros, las tóxicas sobrevaloraciones que han nublado el juicio a algunos aficionados, las bochornosas actuaciones de los árbitros (únicos intervinientes en partidos de fútbol que no son sancionados por actuar contra el reglamento), el descomunal potencial de los rivales y la pura y simple mala suerte han convertido esta travesía 2016-2017 en algo que rima con gesta y termina en hazaña.

Acabó así el Calderón, oficialmente en lo que al Atleti se refiere, con una despedida redonda, una inolvidable tarde que no tuvo esa impresionante y mágica lluvia del último partido de Champions porque, en la última tarde del Vicente Calderón,  la lluvia no estaba en las nubes sino en los ojos de quienes nos quebramos por pura y sencilla felicidad siendo y sintiendo al Atleti en lo más profundo de nosotros.

Terminan aquí mis crónicas de un abono en rojiblanco, el que me ha permitido disfrutar y reseñar la mayoría de partidos celebrados en el Calderón esta temporada. Quién sabe si la temporada siguiente podré seguir contando las proezas de este equipamiento de hombres que hacen temblar a los dioses...Pase lo que pase, ha sido un placer. ¡Aúpa Atleti!

domingo, 21 de mayo de 2017

Hasta siempre, Calderón

Como cantó Sabina, yo descubrí al Atleti y al Calderón "con mi papá de la mano", junto con mi hermano (aunque él siguió el camino de los leones de San Mamés). Ahora, tras casi treinta años de aquello y cincuenta de estadio, toca despedirse: crecer es aprender a decir adiós. Y también lo haré con mi padre (es el segundo estadio del Atleti que despide), pero ya no de la mano, sino hombro con hombro. Por eso, a unas horas de decirle "hasta siempre" al estadio del Atlético de Madrid, la melancolía llega antes que los pelos de punta y las lágrimas rodadas.

Extrañaré esa sensación de bajarse en Pirámides y sentirte en casa. Y el olor a alcohol emergiendo desde tus pasos entre latas, vidrios y plásticos camino del Vicente Calderón. Y el efervescente magma rojiblanco en los aledaños del estadio que pone rampante la adrenalina de los que acuden a millares enfilando el Paseo de los Melancólicos que gustan del futbol de emoción. Y el ambiente cómplice, castizo y fraterno en unas gradas llenas de extraños que no se sienten tales. Y las flores de Margarita en el fondo sur. Y el rugido wagneriano de la hinchada cuando pone el corazón en la garganta. Y el estallido de endorfinas rojas y blancas al compás de los goles. Y el privilegio de ver a hombres escribiendo sus nombres en la historia oficial del fútbol y en la crónica íntima de las personas. Y el orgullo de ser parte de ese tipi con el que unos indios a orillas de un río desafiaron los mapas ajenos.

Así pues, que caiga el telón por todo lo alto: despidamos al Calderón como se merece una pareja que nos lo ha dado todo. Y luego, a luego mirar al futuro, porque el hogar nunca es un lugar geográfico sino unas coordenadas emocionales: allí donde esté el corazón, es decir, el nuevo estadio Metropolitano. Un sitio fantástico para que cualquier niño pueda descubrir al Atleti de siempre...con su papá de la mano. ¡Aúpa Atleti!

lunes, 15 de mayo de 2017

Aniversario de unas cenizas

Hace no muchos años, en Madrid, en tal fecha como hoy, el grito "¡Que no, que no, que no nos representan!" fue pólvora en un reguero de gargantas que florecieron indignadas entre el cadáver de la paciencia. Y muchos entonces soñamos con ver en aquello no sólo nuestra particular versión del francés mayo del 68 sino el comienzo de un tiempo nuevo. Un pasar de página deseando enamorarnos del siguiente capítulo sólo por despecho con el anterior. Y en esos días que hoy nos quedan más lejos  que un recuerdo el mundo entero vio cómo la Puerta del Sol se convirtió en un invernadero estrafalario y febril en el que cultivar sueños variopintos hasta la contradicción, en un acelerador de partículas ilusionadas espoleadas por el hartazgo de la decepción, en un hervidero mestizo de gentes e ideas dispuestas a cambiarlo todo para hacer presente el futuro, en el último reducto de la dignidad en los tiempos de la desesperación.
De todo aquello han pasado menos años (seis) que decepciones. Ni siquiera el placebo cosmético del gatopardismo ha hecho acto de presencia en este viaje sin paradas desde las nubes hasta el suelo. Lo viejo sigue siendo y estando y lo nuevo no está y queda la duda de si alguna vez fue. El PP es el epítome de la putrefacción política y democrática, el PSOE es un holograma al que no le llueve maná en el desierto, Ciudadanos es el tonto útil y fotogénico del bipartidismo y Podemos no es más nuevo ni mejor que el infame Frente Popular de 1936.

La esperanza en la regeneración es un suflé desinflado y rancio que sólo alimenta tertulias de moscas sin nada mejor que hacer que escudriñar lo que es más pasado que presente. Y es que los nuevos partidos, los autoproclamados estandartes de esa España insumisa ante la tiranía del despropósito, los políticos recién acuñados que prometieron el fuego sagrado, los chamanes que iban a traer a este erial la lluvia en forma de buenas nuevas han quedado desnudados de palabrería, dejando a la vista que ni buenas ni nuevas sino todo lo contrario. Los flautistas de Hamelin apenas tienen quien les siga porque su melodía suena a más de lo mismo que muchos no queremos volver a oír.

Hoy todos los partidos (viejos y viejóvenes) han cruzado el Rubicón del descrédito y ya no les queda más salida que repetir ad aeternum su papel en esta farsa inverosímil que tiene en el Congreso su mejor escenario, en los medios de comunicación su clac más interesada y en sus votantes unos diligentes sicarios con los que contar para meter por la rendija de una urna más plomo en el vejado cadáver de la democracia.

Hoy los que esperábamos la primavera aquel quince eme estamos resguardados en un palacio de invierno que se levanta como una lápida sobre las promesas rotas, los sueños abortados y los deseos envenenados de realidad, de esa realidad que por dolernos tanto y durante tanto tiempo ya casi no parece doler.

Hoy la infamia sigue dando el do de pecho. Hoy la vergüenza sigue ollando cumbres insospechadas. Hoy España es la Casa Usher. Hoy todo es disparate, astracanada y esperpento. Hoy no es mejor que ayer. Hoy siguen sin representarnos. Por eso, hoy, en el aniversario del 15-M, todo suena a réquiem porque sobre las cenizas de aquel inesperado alzamiento cívico caminamos hacia la nada.   
 

sábado, 13 de mayo de 2017

"Alien Covenant": un genio en barrena

Este viernes se ha estrenado Covenant, una nueva película de la franquicia alien y secuela de esa precuela llamada Prometheus, que reseñé en su día en este mismo blog. Tras verla, sólo puedo decir que se trata de un film que encantará a quien la vea pagando poco o nada y/o a quien acuda con las expectativas bajas o inexistentes y/o a quien prefiera perdonar cualquier cosa para no mellar su cariño por la saga xenomorfa. ¿Por qué? Porque esta producción evidencia que si Ridley Scott tiene un plan serio e interesante para la franquicia...lo disimula muy bien. Convenant no entretiene porque la mayoría de los puntos de interés de la película ya han sido reventados cual chestburster por los tráilers y las entrevistas promocionales. No interesa porque carece tanto del postureo cuasimetafísico que adornaba a su antecesora (sacrificado en pos de un mayor protagonismo de las criaturas) como del suspense inquietante y emblemático de las entregas primigenias. No convence porque no es capaz ni de cumplir las propias expectativas que propulsaban este film ni de dotar de cierta coherencia lógica y/o argumental a lo que sucede en pantalla, especialmente en la última hora de las dos que dura Covenant. Y, lo que es peor, no sabe sostener de forma creíble la transición entre Prometheus (cuyos principales vínculos con ella corta de una forma facilona y burda) y El octavo pasajero (destino que cada vez parece más inalcanzable tanto en lo narrativo como en lo cualitativo). Es decir, se queda en tierra de nadie: un ni "sí" ni "no" ni todo lo contrario. Parece como si Ridley Scott, en aras a dotar a Covenant de una identidad propia, hubiera querido mezclar el sustancioso cocido de Prometheus con el cubata de Alien y le sale un híbrido difícil de digerir.  

No se trata de si era mejor seguir la línea de Prometheus o apostar nítidamente por la de Alien (para gustos, los colores). No se trata de si es mejor perderse en digresiones filosóficas o de entretener con variopintas peleas entre xenomorfos, humanos y androides. No se trata de escoger entre opciones sino sencillamente de hacer las cosas bien y, en este sentido, más allá de la indudable calidad técnica de Covenant, esta película flojea demasiado, especialmente en lo que al tratamiento de la historia se refiere (de los personajes mejor no hablo porque la tripulación de marras tiene el mismo nivel intelectual y sináptico que unos corderos camino del matadero: ni los monitores de Crystal Lake eran tan gilipuertas). Y ojo que yo no soy ningún talibán ni un hater ni sandeces similares. No se trata, insisto, de que te encante o no Alien sino de que te gusten las películas bien hechas y...Covenant es una película hueca y fallida cuyo principal mérito consiste en lograr que los fans del mundo xenomorfo acudamos al cine a verla y así costear la preocupante deriva de un director que demuestra haber perdido todo el ingenio que exhibió en magistrales títulos como Los duelistas, Alien el octavo pasajero o Blade runner. Tiene toda la pinta de que a Scott le está pasando lo mismo que a muchos otros grandísimos cineastas (Lucas, Coppola...): que se empeñan en manchar su impresionante legado con películas que están muy lejos de su propia cima.

No obstante, que sea una decepción (que lo es, al menos para mí) no quita que tenga puntos interesantes, como por ejemplo el tributo latente a El paraíso perdido de Milton, que parece servir de trasfondo conceptual a todo este desmadre, o los homenajes al matrimonio Shelley, por sus guiños explícitos al excelente soneto de Percy, "Ozymandias", e implícitos a la famosísima obra de Mary, Frankenstein. En relación con esto último, es curioso el giro que ha dado el enfoque respecto a Prometheus porque, si en aquel film todo apuntaba a que los Ingenieros eran un trasunto cósmico del doctor Frankenstein y los xenomorfos un alter ego de la mítica criatura, en este Covenant se revela quién es el auténtico doctor Frankenstein...y no digo más para no hacer spoiler de algo que, por otra parte, la película no se molesta en disimular. Baste decir que el David de Scott es como el Lucifer de Milton: un ángel que ha caído en sus ansias de perfección ("Mejor reinar en el Infierno que servir en el Cielo"). Lo cual, a su vez, nos lleva a otro clásico del terror (literario y cinematográfico): El extraño caso del doctor Jeckyll y el señor Hyde, dualidad de antagonistas que encuentra aquí su reflejo en los androides "clónicos" Walter y David (interpretados ambos por ese actorazo que es Michael Fassbender, cuyo carisma y buen hacer son lo único salvable del despropósito), quienes son los auténticos protagonistas de esta película (lo de los xenomorfos versus la versión descafeinada de Ripley es mero relleno) que encarnan esas clásicas dicotomías del Bien y el Mal, la Obediencia y la Rebeldía, la Razón y la Pasión, la Vida y la Muerte. Una confrontación antagónica bastante interesante que también se echa a perder por culpa de absurdos momentos homoeróticos (la escena de cómo uno le enseña a tocar la flauta al otro es de traca) y de una pelea más propia de Terminator que de dos androides gafapastas. 

De todos modos, pese a esos puntos indudablemente positivos, cuesta mucho no acabar decepcionado tras ver Covenant porque te deja la sensación de que el único plan que tiene Scott para "su" franquicia xenomorfa es huir hacia delante, dejando por el camino todo cuidado, coherencia o verosimilitud. ¿Coge el dinero y corre? Puede ser. ¿Con mi alien hago lo que me sale de las narices? Muy probablemente. ¿Un talento caído en barrena? Indudablemente. Sólo así se puede entender que Scott haya firmado una película en la que pasan demasiadas cosas "porque sí" (¿se quedaron las explicaciones en la sala de montaje?) mientras otras en cambio acontecen de una forma confusa cuando no directamente absurda (¿se quedaron en la papelera de reciclaje las páginas que subsanarían tanto "WTF"?) y en la que, además, las supuestas sorpresas o ya te las ha destripado el tráiler de turno o las anticipas con infantil facilidad por culpa de un guión al que se le ven demasiado las costuras (demérito de John Logan y Dante Harper) y que es carne de guasa (como bien demuestran en JotDown y Blog de Cine) dado que varias escenas son francamente autoparódicas; y no, no voy a poner jugosos ejemplos para no fastidiar a nadie que tenga la intención de ver Covenant pero...tela. Tampoco ayuda que esta película sea una vistosa fotocopia-refrito de todos los elementos canónicos de la saga Alien: una heroína femenina, una tripulación sin más razón de ser que la aniquilación, un androide que es todo un Judas, el combate final entre protagonista y xenomorfo utilizando maquinaria pesada...guiños a los ingredientes clásicos de esta franquicia pero que, por eso mismo, restan cualquier atisbo de novedad o sorpresa.

En fin. Será curioso ver en la próxima entrega de esta franquicia (porque, pese a todo, es más que probable que vea la luz) si Scott remonta el vuelo o acaba pegándose el hostión definitivo. Hoy por hoy creo que está más cerca de esto último porque Covenant es un evidente síntoma de que Ridley Scott está más perdido que el paraíso de Milton. Veremos...

jueves, 11 de mayo de 2017

El aplauso más largo del mundo

Los madridistas no lo entienden. Ni lo entendieron nunca. Ni lo entenderán jamás. 

No entenderán por qué un equipo al que todo el madridismo daba por muerto sembró el pánico de principio a fin en el partido de esta noche dejando al Real Madrid sin más recursos que la suerte, las triquiñuelas y el árbitro.

No entenderán por qué un equipo al que intentan perjudicar, desestabilizar, ridiculizar y mancillar constantemente hasta extremos patéticos sigue mirándoles "a los ojitos" como diría el gran Luis Aragonés.

No entenderán por qué nos invade una deliciosa satisfacción al sentir el miedo que nos tiene el autoproclamado mejor equipo del mundo y la Historia porque están demasiado pendientes de gestionar su prepotencia.

No entenderán por qué toda una afición se queda en sus asientos tras un partido bajo una tromba de lluvia cantando y animando a unos jugadores que acaban de ser eliminados en una competición.

No entenderán por qué a las once de la noche de un miércoles diez de mayo en Madrid, en las inmediaciones del estadio Vicente Calderón, los andenes del cercanías y del metro y los vagones de los respectivos convoys se llenaron de cánticos de alegría y sonrisas de satisfacción de los aficionados rojiblancos como si nuestro próximo destino fuera Cardiff.

No entenderán por qué estamos felices de ser parte de este antihéroe que es el Atleti, capaz de hacer temblar a esa banda de divos que se creen los dioses de un Olimpo situado en Concha Espina.

No entenderán por qué los atléticos preferimos la épica "canchera" al vedettismo hueco que enarbola su equipo porque nosotros somos más de Mahou que de talonarios y champán.

No entenderán por qué entre lo que se puede comprar con dinero y lo que no se puede pagar nosotros siempre nos quedaremos con lo que no cabe en vitrinas sino en corazones.

No entenderán por qué no necesitamos el brillo de trofeos ni la cháchara babeante de la prensa para sentirnos importantes porque a nosotros nos basta con once hombres dejándose el alma para convertir lo impensable en probable.

No entenderán por qué ante las mofas y chulerías madridistas cada atlético, en lugar de ofenderse, sonríe con orgullo y piensa lo que decía cierta canción hace no mucho: "Si esos idiotas supieran que yo soy el hombre más rico del mundo así...". 

No entenderán por qué los atléticos detestamos profundamente al Real Madrid en lugar de envidiarlo porque parte de nuestro orgullo, de nuestra inquebrantable dignidad radica precisamente en representar todo lo que el Real Madrid ni es ni fue ni será aunque dure mil años. 

No entenderán por qué tenemos como ídolo a un caballero como Fernando Torres en lugar de a un "tipo" como Juanito.

No entenderán por qué los atléticos estamos profundamente orgullosos tanto en la derrota como en la victoria.

No entenderán que ser un campeón no consiste en levantar un trofeo o en quedar los primeros.

No entenderán por qué no fiamos nuestra felicidad ni a cuentos ni a cuentas sino sólo a una pasión sin cláusula de rescisión ni fecha de caducidad.

No entenderán por qué hoy ni un solo atlético se va a acostar triste.

No entenderán que uno no nace ni se hace del Atlético: como las mejores parejas, es el Atleti el que te escoge porque no todo el mundo vale para ser de un equipo cuya única promesa consiste en hacerte sentir vivo.

No entenderán por qué una noche como ésta en la que hemos quedado eliminados de la Champions League y en la que un súbito y furioso diluvio ha cerrado las puertas de Europa al Vicente Calderón es ya, con toda seguridad, una de las más emocionantes, mágicas e inolvidables para los que tenemos el escudo del Atleti a ambos lados de la piel.

No entenderán que nos dan igual los resultados mientras no perdamos el orgullo. Y de eso, de orgullo, vamos sobrados. Especialmente tras noches como ésta en la que el impagable silencio de la hinchada blanca fue el mejor fondo para el aplauso más largo del mundo, uno que duró más de 92 minutos, uno a la altura de un equipo que, gane o pierda, sigue engrandeciendo su leyenda de la mano de un tal Cholo. ¡Aúpa Atleti! (¡Y forza Juve!).

miércoles, 10 de mayo de 2017

"Z, la ciudad perdida": el arte de encontrar

Una persona no se define por lo que logra sino por lo que hace para conseguir llegar a esos destinos que orientan nuestra brújula vital. Esto es uno de los principales y más interesantes mensajes que subyacen en la estupenda Z, la ciudad perdida, película de James Gray basada en el superventas homónimo escrito por David Grann sobre la espectacular vida del coronel británico Percy Fawcett (1867-1925). El film, a medio camino entre el drama y la aventura, muestra al espectador toda la peripecia biográfica de Fawcett, militar británico que en sus ansias de prosperidad y conocimiento devino en uno de los exploradores más famosos del mundo por su misteriosa desaparición en la selva amazónica en busca de una ciudad, Z, tan antigua que sumerge sus pies en la pura leyenda. 

The lost city of Z es impecable en las formas, interesante en el fondo y clásica en el regusto que deja. Entretiene tanto por la historia real en que se basa como por la acertada mezcla de géneros (drama, aventuras y bélico) y las buenas interpretaciones de todos los participantes en esa epopeya hacia lo desconocido (especialmente Hunnam, Miller, Pattinson y Holland). Pero, en mi opinión, esta película es un buen ejemplo de obra que vale aún más por lo que nos dice que por lo que nos cuenta. ¿Y qué dice al espectador Z, la ciudad perdida? Pues que nos definimos por nuestros sueños y no por nuestros resultados, que nuestra valía no viene marcada por aquello que tenemos sino por aquello a lo que estamos dispuestos a renunciar, que lo que importa no es la meta sino el viaje, que es precioso y preciso tener a tu lado en esa aventura que es la vida a gente que te respete y apoye por lo que eres y no por lo que se espera que seas, que todo amor implica sacrificio, que la verdadera sabiduría empieza por diferenciar aquello que podemos llegar a conocer de aquello que nunca podremos alcanzar a saber, que en el riesgo hace su nido la oportunidad, que no hay nada más contraproducente que la resignación a la rutina, que el miedo y el prejuicio se disuelven en el conocimiento, que no hay aventura más hermosa y apasionante que la de encontrar y encontrarse y para eso bienvenido sea perder y perderse.

Luego ya está lo otro, lo del misterio, la frívola e inocua curiosidad de lo extraño, el banquete de los curiosos: ¿qué pasó con Percy y su hijo Jack y al amigo de éste en su último viaje? ¿Encontraron Z? ¿Murieron asesinados, enfermos, atacados por animales o de viejos? ¿Qué fue de sus restos? ¿Por qué cuesta tanto rematar la historia de Fawcett? Preguntas todas ellas que alimentan la llama de un personaje digno de una buena ficción (y esta película lo es) y que permiten heredar esa voraz curiosidad que sacó a Fawcett de lo anodino para colocarlo en lo legendario.

Para terminar, quiero hacerlo con las que quizá son las palabras más acordes al espíritu que reivindica esta producción y también las más inspiradoras de todo el film, dichas por la mujer de Fawcett, Nina: "To dream to seek the unknown. To look for what is beautiful is its own reward. A man's reach should exceed his grasp, or what's a heaven for?".

sábado, 6 de mayo de 2017

Respuesta sin tifo

El pasado martes gente que perdió la educación, la elegancia, la humildad y la honorabilidad junto con el cordón umbilical nos preguntaba en un tifo a los colchoneros qué se siente. Harían bien esos individuos en ver la segunda parte del Atlético - Éibar para tener una vaga idea de lo que se siente al ser del Atleti: el inmenso orgullo de pertenecer a un equipo al que nadie nunca le ha regalado nada, un equipo que se levanta siempre que cae, un equipo que jugará mejor o peor pero siempre estará compitiendo contra todos los elementos, un equipo que irá una y otra vez contra lo imposible hasta conseguir lo inolvidable, un equipo que pase lo que pase siempre tendrá a una afición dispuesta a llevarlo en volandas, un equipo que ante la adversidad le echa coraje y corazón porque el Atleti no es un club hecho para las calculadoras sino para los corazones.

Como decía, harían bien en ver esas personas de camiseta blanca y alma negra en ver la segunda parte del partido contra el Éibar en la que el Atleti convirtió un partido con pinta de inquietante despropósito en otro partido bastante distinto que acabó de forma memorable. Y lo hizo sin brillo pero con alma, con mucha alma; sin hacer un juego extraordinario ni mucho menos pero echándole orgullo, el orgullo que lleva a un central como Godín a correr la banda como un lateral y centrar como un mediapunta un balón que Saúl mandó al fondo de la portería vasca, el orgullo que permitió aguantar como gladiadores las embestidas del Éibar, el orgullo de darlo todo cuando ya no te queda nada, el orgullo de ser un equipo que encarna todo lo contrario de lo que representan clubs como el Real Madrid, porque, las cosas como son, hay más grandeza en el sudor de la camiseta rojiblanca de Saúl Ñíguez que en todas las vitrinas del Santiago Bernabéu.

La mediocre primera parte fue la típica en la que no sabes si el vaso está medio lleno o medio vacío. La segunda despejó las dudas: medio lleno. Por desgracia para el Atleti y su afición y el fútbol en general el árbitro Fernández Borbalán, quien es al arbitraje lo que el ébola a la salud, decidió que también la segunda mitad era un buen momento para lograr que todo un estadio se acordara de su señora madre y ancestros varios montando un show que acabó con Godín expulsado (como extraña compensación por no haber expulsado antes a Filipe Luis) y el Vicente Calderón con ganas de obsequiar al pésimo colegiado con un dos de mayo. Por suerte, el tensísimo y desagradable epílogo concluyó para dar paso a algo que es puro y simple Atleti: en los marcadores apareció un mensaje "no lo pueden entender" mientras en las gradas la inmensa mayoría de aficionados nos quedamos aplaudiendo y cantando y animando al equipo como si no hubiera un mañana y...entonces la plantilla al completo del Atlético volvió al césped y dio una vuelta al campo demostrando a todo el mundo por qué ciertos vecinos no pueden ni podrán entendernos a los atléticos. Y es que el Atlético de Madrid es una familia, no un matrimonio de conveniencia...¡Aúpa Atleti!

La magia alza la voz

No me gusta Telecinco porque me parece la cumbre de la telebasura. No me gustan los talent show porque me parece que desvirtúan el significado de la palabra "talento". No me gustan los concursos infantiles porque me parece que hacen un flaco favor a los peques. Y no me gusta el flamenco porque me parece que tiene más sentimiento que sentido. Pero anoche, las casi tres horas de final de La Voz Kids fueron un fenomenal zasca para todas y cada una de esas negaciones. La vida tiene estas cosas: te saca de un error a bocajarro. Inmediatamente se te queda cara de gilipollas. Luego te da cierta vergüenza constatar tu condición de bocazas. Y finalmente sonríes, agradecido.

No voy a reseñar ni el concurso ni la gala final con minuciosidad. Simplemente diré que derrochó sentimiento, arte y encanto tanto por lo cantado como por lo contado con y sin palabras por todos los niños y sus entrenadores. Por todo eso mereció la pena el desvelo hasta las dos menos cuarto de la mañana. Porque las lágrimas conmovedoras que pusieron el broche al desenlace del concurso compensaron el archipiélago de pausas comerciales y un inicio demasiado tardío por capricho de los programadores de la emisora. Porque esa cinematográfica historia de superación profundamente cotidiana y humana que encarna Rocío Aguilar, la ganadora, siempre es una lección que merece la pena refrescar aunque sea con nocturnidad. Porque que esa final consiguió que un tipo como yo, que está más cerca de ser un hater que un fan de estos saraos, sintiera temblar el suelo bajo su piel y se le empaparan los ojos en un par de momentos de esos que no se pueden contar sino vivir.

Así que, anoche, unos cuantos peques liderados por una humilde niña y arropados por unos grandes artistas con más corazón incluso que talento consiguieron algo que parece tan imposible que resulta mágico: que ver Telecinco por una vez mereciera la pena.

miércoles, 3 de mayo de 2017

El día después

El Real Madrid ganó el partido y el Atlético de Madrid lo perdió. Uno puso todo para llevarse la victoria y otro puso todo de su parte para llevarse un revolcón y tres cornadas. En los locales, todos hicieron lo que se espera de ellos; en los visitantes, Griezmann y Oblak fueron los únicos en estar a la altura que la competición, la afición (bravo por esos 4000 valientes que fueron al Bernabéu) y la propia leyenda exigen. Tan sencillo como eso. Tan simple como que sin actitud, sin convicción, sin coraje, sin compromiso, sin carácter el Atleti deja desnudas las suficientes carencias para recordar que lo que ha hecho y hace el Cholo con esta plantilla está más cerca del milagro que de la lógica. Pero en una noche en la que hasta Simeone se equivocó no hay hueco para las excusas: ni bajas ni fatiga ni ayudas arbitrales ni mala suerte. Anoche Santa Bárbara tronó y todo el decálogo del Cholismo se desvaneció como si estuviera escrito en vao. En resumen: el Atleti hizo justo lo que esperaban esos malnacidos madridistas restregando el recuerdo de Lisboa y Milán: ponérselo inauditamente fácil a un equipo que es pura pegada firmando una tragedia con sabor a ridículo. Fin de las perogrulladas dolorosas.

Dicho esto, a mí lo que más me duele de lo de anoche no fue el qué (la derrota) ni el cuánto (3-0) sino el cómo (dejando al himno y a la afición huérfanos de argumentos). No obstante, no voy a participar ahora en esos aquelarres que nacen al calor de la derrota donde participan hinchas cabreados y trolls oportunistas. Las notas, las facturas y los ajustes de cuentas, por muy merecidos o no que sean, a final de temporada, nunca antes. Pero respeto a quienes quieran dedicar el tiempo a ensañarse con el equipo y/o el entrenador y/o los dirigentes. Tampoco voy a participar en esas guerrillas ilusionadas que no dejan que la realidad les estropee un sueño. El optimismo sólo beneficia a quienes escriben lucrativos libros sobre memeces como el pensamiento positivo. Pero respeto a quienes quieran dedicar el tiempo viendo portentosos jugadores donde no los hay (salvo contadas excepciones) o pensando que esto es una película de Disney donde el "happy end" es obligado. Yo a lo único que voy a dedicar el tiempo es a desear que el próximo miércoles el Atleti honre al Calderón dando la cara como los espartanos en las Termópilas, que acaben el partido con el escudo o sobre él me es igual con tal de que, si esta es la última carga de esta legendaria tropa, sea gloriosa. Los jugadores lo tienen fácil: basta con que recuerden y demuestren todos y cada uno de los motivos por los que cientos de miles de atléticos en todo el mundo les estamos agradecidos ya para siempre. Me es igual el resultado o si pasamos o no la eliminatoria. Lo único que quiero es sentirme orgulloso.

Por mi parte, el próximo miércoles estaré en la grada, dejándome la garganta y el alma animando al equipo, porque ser del Atleti no es una afición, es una forma de ser y estar en la vida y de afrontar las cosas. Por eso, hoy, el día después de que un mal sueño se hiciera realidad en el peor momento, en el peor escenario y ante el peor rival, yo sólo puedo y quiero decir una cosa: ¡Aúpa Atleti!