miércoles, 26 de julio de 2017

Errata natuRae

Limpia, fija y da esplendor. Este lema tan cercano al eslogan de un detergente caracterizó ancestralmente a la Real Academia Española de la Lengua (RAE para los amigos). Caracterizó, sí, porque, hablando en el tiempo presente, dicho lema se queda en guasa al calor de las innecesarias y absurdas polémicas en las que se ha visto involucrada tan distinguida institución estos últimos años y que han levantado tal polvareda que lo de la limpieza y el esplendor parece cosa más de chirigota que de ilustre pretensión.

Antes de seguir, aviso a navegantes aquejados de demagogia: estoy en las antípodas de ser un clasista, un pedante y/o un reaccionario. Lo que pasa es que, entre mis alergias, está la estupidez y el mal gusto. Como periodista y escritor, soy un gran enamorado de la lengua castellana no sólo por su versatilidad como herramienta sino por la riqueza que atesora en su dinámica evolutiva, esa que le permite hacer malabares con el léxico de antaño y hogaño al mismo tiempo que desbroza y abraza el mestizaje semántico y jergal. El castellano como lengua y el español como idioma son quizá la mayor y mejor aportación que ha hecho España al acervo  universal. Pocas lenguas han honrado más las cualidades que se le suponen genéricamente a un lenguaje en tanto que sistema de comunicación y punto de encuentro. En ese sentido, buena parte del éxito (en lo cronológico y en lo goegráfico) del español radica en su impresionante maleabilidad y permeabilidad, cualidades que siempre han encontrado en la formidable RAE un excepcional guardián y aliado. Pero eso es una cosa y otra muy distinta convertir a esta lengua en un after hour con barra libre, que son las trazas que parece seguir la RAE con ciertas decisiones ortográficas y léxicas en estos últimos tiempos.

Decisiones como la de liquidar la tilde diacrítica en el adverbio "solo" y en los pronombres demostrativos o la de incorporar al canon términos cuya valía para tal honor resulta muy cuestionable ya sea por su origen netamente vulgar ("asín", "arremangarse"...), por manar de meras modas léxicas ("amigovio", "papichulo", la inminente "posverdad"...) o por ser simplemente errores de ortografía o dicción imperdonables más allá de la educación primaria ("almóndiga", "toballa", "madalena", "dotor", "murciégalo", "crocodrilo"...) o la más reciente de todas estas controvertidas decisiones: admitir el "iros" como alternativa a "idos" (será que emplear correctamente el castellano les parece a algunos algo más propio de la época de Alonso de Entrerríos que de la de Kiko Rivera). Decisiones que, de facto, lo único que consiguen es empobrecer la lengua, ya sea por la vía del equívoco (el adverbio "solo" está dando ya mucho juego por desgracia) o la de la renuncia a emplear sinónimos consolidados y respetables (por ejemplo, se podría utilizar el clásico "ligue" en lugar del aceptado "amigovio" o del apócrifo "follamigo"). Es como si las farmacias empezaran a dispensar heroína o cocaína por el mero hecho de que hay muchas personas que las consumen o como si alguien decidiera poner a desfilar a Leticia Sabater y Belén Esteban junto a los ángeles de Victoria's Secret o como si Hollywood otorgara un Óscar a la Mejor Película a El vengador tóxico

Con esto no quiero decir que, por ejemplo, la RAE no tenga ojos para los vulgarismos sino que sepa ubicarlos donde corresponde (en un diccionario monotemático por ejemplo) y no en lo que se supone que es el Santo Grial del castellano (el célebre DRAE). El académico Arturo Pérez-Reverte ha alegado al respecto que la RAE no está para ser policía sino notario de la realidad del castellano. Correcto...pero, por la cuenta que le trae, ningún notario daría fe de nada que se apartara de la legalidad puesto que incurriría en el mismo fallo en el que ha caído la RAE al dar carta de naturaleza a errores como los que he citado en el párrafo anterior. Dicho de otra manera, hablando del español, la sociedad no debe ser el espejo en el que se mire la RAE sino justo al revés, porque dicha institución es el faro y el bastión que permite a esta preciosa lengua no encallar en los arrecifes que la incultura y el analfabetismo. Entre el integrismo y la permisividad hay un deseable término medio. Por eso espero que la RAE se mueva hacia el polo integrista para alcanzar así dicha equidistancia, dado que ahora está instalada en una permisividad demasiado preocupante por cuanto tiene de contraproducente.

No obstante, estos académicos disparates son meras anécdotas, erratas con más resonancia que recorrido si las comparamos con la sensacional labor que la RAE lleva haciendo durante siglos para que cualquier hispanohablante pueda sentirse más cerca de Cervantes, Lope, Quevedo, Galdós, Delibes o Lorca que de los tronistas, tróspidos, ninis, garrulos y tarados que atentan contra el lenguaje (entre otras cosas) en la televisión nuestra de cada día.

domingo, 23 de julio de 2017

Luz desde la oscuridad

Los últimos años están llenos de ellos: de artistas muertos como derramados por un violento golpe de viento, de creadores fallecidos con un borrón repentino y desolador. Amy Winehouse, Heath Ledger, Philip Seymour Hoffman, Michael Jackson, Robin Williams, Whitney Houston...El último en sumarse a esa variopinta, fúnebre y triste lista ha sido Chester Bennington, vocalista y líder de Linkin Park, grupo musical que cuenta con millares de seguidores en todo el mundo, entre ellos, yo.

Aunque ya hablé de este tema con calma y profundidad en otro artículo publicado hace cerca de tres años (De creatividad y muerte), no quiero dejar pasar la ocasión para remarcar la estrecha relación que existe entre el ingenio creativo, la sensibilidad artística y una psique torturada por demonios externos o internos. Todos esas personas que he citado en el párrafo anterior, todos esos cracks-en-lo-suyo compartían su condición de tarados en tanto que heridos bien por la intrínseca imperfección de la vida, bien por la forma de sentir y sentirse en el mundo. Por eso, resulta emocionante y francamente asombroso cómo todos estos maravillosos artistas fueron capaces de coger toda su escoria interior para transmutar sus tormentos, miedos y lloros en puro, simple y luminoso arte. Como si tuvieran un excepcional metabolismo que destilara luz a partir de cantidades ingentes de oscuridad. En la ECH aprendí (gracias a esos maestros que son Alejandro Gándara, José Luis Corrales y Tomás Blanco) que para crear en general y escribir en particular hay que atreverse a ir a las zonas de sombra, a los callejones oscuros del alma humana, a esas regiones mentales y sentimentales donde estás más cerca del llanto y el crujir de dientes que del camino de baldosas amarillas. Creo que algo de esto hay en la vida y obra de estos artistas que se bajaron de la vida en marcha. Del mismo modo que un diamante anida en el carbón, para crear luz, nada mejor que partir de la oscuridad y todas estas malogradas personas, en el decisivo y determinante fondo, iban sobradas de oscuridad. Tanto que acabó por engullirlos. Por suerte, antes de irse (perdón por el estúpido eufemismo) decidieron dejar suficiente luz como para que ni su legado ni su nombre quedaran cubiertos por el polvo de la indiferencia o el morbo. 

En el caso concreto del líder de Linkin Park, creo que de no haber sido el suicida que ha resultado ser, sus monumentales canciones quedarían huérfanas de esa rabia desencadenada, de ese grito a medio camino entre el SOS y el fuck you, de esa melancolía furiosa que trenzaba romanticismo, nihilismo y existencialismo de una manera apabullante. No sé cuál será la huella que deje su muerte y tampoco me importa. Lo que sí sé es que muchas de sus canciones me iluminaron varios momentos, luminosos y no tan luminosos, porque eran capaces de activar esos resortes que te espabilan y te hacen querer pelear a la sombra si las flechas ocultan el sol. Por eso, temazos como What I've done o New divide me acompañarán durante bastante tiempo en esa banda sonora íntima e intransferible que cada cual tiene. De ahí que, aunque aún me dure el asombro por su suicidio y la pena por su pérdida, prevalezca la gratitud que siento hacia Chester Bennington por poner tanta oscuridad al servicio de la luz. Descanse en paz.

lunes, 17 de julio de 2017

Categorías de muertos

La muerte es el gran tabú íntimo y atemporal del ser humano en la medida en que supone la separación total de aquello que nos define. Por eso, nuestra relación con ella se entiende, al menos actualmente, desde las trincheras que interponemos entre la parca y nosotros, no tanto por el ancestral miedo a Tánatos o a las Keres como por su facultad para exponernos ante nosotros mismos. Unos cortafuegos cuantitativos y cualitativos que funcionan a pleno rendimiento cuando tenemos noticia de alguna muerte, especialmente si es por causas no naturales, y que dicen mucho (o muy poco, según se mire) de nosotros como seres sintientes y emocionales.
 
Tenemos como digo filtros cuantitativos, en la medida en que tiene más papeletas para llamarnos  la atención la muerte de diez que la muerte de uno y la muerte de cien más que la de diez. Lo que ocurre es que a partir de ciertos guarismos se activa algo así como un mecanismo de cosificación que nos permita asimilar sin que se nos atraganten ciertas tragedias o sucesos luctuosos; una especie de automatismo que impide el colapso del sistema límbico o que nos quedemos fuera de servicio por el nihilismo inherente a cualquier tragedia que implique pérdida de vida. Ejemplo de lo que quiero decir: "1000 patitos de goma fallecen en los últimos tres meses de guerra en Siria".
 
Pero, como decía, también tenemos unos filtros cualitativos. En un primer nivel están los que distinguen entre humanos y el resto de seres vivos, en particular los animales, de tal manera que se da el desequilibrio de que nos importe más la muerte de un bañista jubilado en Benidorm que la de mil peces en el Ebro. Superado ese filtro, se activa otro que condiciona la distancia emocional a la cercanía o lejanía geográfica, ideológica y/o cronológica entre nosotros y los fallecidos, de forma que por ejemplo nos impacta o importa más la muerte de un suicida en nuestro barrio hoy que la de cien niños en Sudán ayer y ésta a su vez más que la de millares de personas en la Primera Guerra Mundial. Las casi infinitas posibilidades que ofrece la combinación de esos tres factores que digo convierte el agravio comparativo en una obscenidad difícil de perfilar. Una discriminación apestosa que tiene mucho que ver con lo que cada cual entienda como "lo mío", con las etiquetas con las que diferenciamos a la gente entre "uno de los míos" y "los otros", y que entronca a cualquier ciudadano raso con los grandes tiranos y genocidas de la Historia.

La consecuencia de todo ello es que llevamos tiempo con la sensibilidad raquítica y la empatía desangrándose a borbotones, cóctel en el que también tiene que ver la sobreexposición gratuita, morbosa y mortuoria provocada por unos medios de comunicación que han hecho del amarillismo un rentable modelo de negocio en la época del share, el clic y el like, pero ese es tema para otro artículo. 

Y es que este artículo viene a colación de recientes noticias que evidencian una vez más la alarmante deshumanización emocional del ser humano, la cual ha devenido en infame sistema métrico conforme al cual unos muertos valen más que otros, como si nos hubiéramos convertido en una versión "cuñada" de Anubis. Yo pienso que toda muerte debe tener un mínimo denominador común: el respeto y la consideración que merece cualquier ser vivo sin distinción, salvo que estemos hablando de notorios e indubitados hijos de pu*a, en cuyo caso me importa y afecta infinitamente más la muerte de una hormiga que la de cualquier asesino, terrorista, dictador, tirano, maltratador, pedófilo, pederasta, corrupto o bellaco cotidiano cuya desaparición permanente te alegra, como poco, el día. Por eso, porque para mí (casi) todas las muertes valen lo mismo, idéntico trato creo que se merecen, por ejemplo, los asesinados por el terrorismo, los inocentes represaliados en ambas cunetas de cualquier guerra, los muertos en todos los conflictos olvidados, los fallecidos por causa natural o los que van al Hades previa catástrofe natural o accidente. De la misma forma que me importa lo mismo (como mínimo) la muerte del león Cecile en África que la del vecino de abajo.

Habrá quien diga: ok, vale, pero tú también acabas de hacer lo mismo que criticas. No, para mí esos "indubitados hijos de pu*a" que mencionaba antes no cuentan en absoluto como seres humanos, por motivos evidentes e intrínsecos a su condición de malnacidos. Tan malnacidos como quien es capaz de dar más valor a un muerto que a  otro. Quizá por eso la nómina de malnacidos de un tiempo a esta parte se ha incrementado notablemente con un buen puñado de políticos, periodistas y bocazas varios.

miércoles, 12 de julio de 2017

Rematando a Miguel Ángel Blanco

Hace veinte años, un inocente murió asesinado. Hace veinte años, una sociedad aparcó todas sus discrepancias para hacer frente común contra el terror. Hace veinte años, ETA se quitó de una vez por todas el pasamontañas y demostró a todo el mundo que nunca fueron, son ni serán otra cosa que una banda de hijos de pu*a para los que el Tártaro sería demasiado premio. Ni patriotas vascos ni gudaris euskaldunes ni luchadores por la libertad ni jóvenes idealistas ni garrulos confundidos por las invenciones nazionalistas de unos tarados. Unos simples y pu*os asesinos. Unos miserables capaces de asesinar a sangre fría y "cámara lenta" a un chaval. Unos monstruos que echaron un pulso a todo un país y lo perdieron, ellos y todos los que tenían y tienen detrás.

Hace veinte años estaba muy orgulloso de mi país, de mi sociedad. Hoy ya no estoy tan orgulloso. Y no lo estoy porque esa sociedad entonces valiente, nítida y rotunda hoy ha dejado demasiado espacio a la tibieza, a la equidistancia, al eufemismo, al olvido, a la corrección política, al buenismo dialogante, a una ética de la cobardía. Un espacio que ha sido utilizado con astucia por los terroristas para cambiar los bosques y caseríos por los parlamentos y despachos oficiales.

Hace veinte años salí como tantos otros miles a manifestarme lleno de pena y rabia pero esperanzado en que esta distopía etarra crecida a la sombra del totalitarismo vasquista tuviera su justo merecido (una pretensión ingenua, vistos el Código Penal y la cobardía legislativa de los políticos) y los demás disfrutáramos de un merecido happy end. Hoy, veinte años después, sigo teniendo pena y rabia pero por otros motivos, porque pena y rabia es lo que me produce la majadería de pasar página, la absurda apuesta por una salida política y dialogada (¿quisieron los Aliados sentarse con Hitler para discutir el holocausto?), la vergüenza de oír "todas las violencias y víctimas", el siniestro eufemismo "conflicto", el disparate de aplicar a los asesinos etarras (con perdón por la redundancia) los mismos beneficios penitenciarios y normativos que un ladrón de pollos, la legítima y legal torpeza de derogar la "doctrina Parot", la presencia de gentuza al frente de administraciones autonómicas, provinciales y municipales (especialmente en Euskadi y Navarra), el infame escaqueo de homenajes por chusma a sueldo del erario público, el relato tibio de cierto sector de la izquierda, la rentabilización política de las víctimas por una parte de la derecha, el mercadeo asqueroso sobre la ubicación de los presos etarras y un penoso etcétera que me ahorro.

Es cierto que hay que celebrar sin matices que, gracias a la labor de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y a la resistencia de la sociedad, ETA entró en un coma inducido que ha ahorrado la muerte de decenas de inocentes...pero que ningún terrorista lamenta puesto que ETA y sus herederos siguen atentando contra la democracia y la convivencia aunque ahora lo hacen desde cortes y plenos. "Así al menos no vamos a a la cárcel y encima nos lo llevamos fresco", razonarán. Y este disparate no es mérito de esa banda de hijos de pu*a sino demérito del Estado como responsable y de la sociedad como colaboradora necesaria.

Hoy ya no muere nadie por pistola ni bomba pero la situación es, por culpa de unos y otros, tan lamentable que se está rematando el significado y el sacrificio de cada muerte firmada por ETA. Se está rematando a cada una de las víctimas de ese totalitarismo con chapela. Se está rematando a Miguel Ángel Blanco.

viernes, 7 de julio de 2017

Tiempo de descanso

Difícil. Así se podría calificar lo que va de tercera temporada de El Ministerio del Tiempo. Y está siendo una temporada difícil más por las circunstancias que por la propia ficción, pero, parafraseando a Ortega, una obra es una obra y sus circunstancias, así que comentaré ambas cosas.
 
Hablando en primer lugar de las dichosas circunstancias, las de este serión no están siendo fáciles por el cúmulo de factores que las conforman: el retraso en tener luz verde; las reticencias de ciertos gerifaltes de TVE a ver con buenos ojos este producto (con todo lo que ello significa); las presiones al equipo para hacer algo bueno, bonito, barato y a tiempo; la nefasta y contraproducente programación en parrilla; la pervivencia del audímetro analógico como caducado sistema de ponderación de un producto televisivo; la fortísima competencia que tiene con la incansable y legítima telebasura; la proliferación en redes sociales de haters, trolls y bocazas on fire que encarnan aquello de "la ignorancia es osada"; la proverbial envidia cañí a todo aquello que destaca positivamente; los pros y los contras del soporte de Netflix; la manía persecutoria de ciertos tipos con licencia para escribir; los contratiempos que acontecen sobre la marcha; el esfuerzo que conlleva sobrevivir más allá del factor sorpresa; la lógica erosión de toda creación sostenida en el tiempo y la alargada sombra del propio y altísimo listón. Todo cuenta y todo lastra. Negarlo sería una estupidez. Considerarlo una excusa, otra. Principalmente porque no hay nada que disculpar sino que entender: el contexto en el que unos creadores (productores, guionistas, directores, actores...) han tenido y tienen que desarrollar su trabajo. Hacer una mierda es fácil. Hacer algo mejor que bueno no. Por eso se podría decir que esta temporada tres está siendo la del más difícil todavía por ese contexto que mencionaba antes. Otra cosa distinta es esa sensación (casi lindante con la convicción) de que, por razones que se me escapan, hay demasiado interés este año en tirar por tierra a El Ministerio del Tiempo haciéndola de menos o ninguneándola o ensañándose gracias a una valoración sesgada (la que ofrecen los desfasados audímetros) o directamente faltando a la verdad. ¿Por qué? No lo sé. Supongo que es porque la honestidad, la divulgación, la valentía, la originalidad y la calidad molestan en este país a quienes se benefician de la ausencia de cada una de esas cosas. Y esta serie va sobrada de ellas, así que...

Puesto el marco, hablaré de la obra, de la ficción pura y dura. En líneas generales, para mí esta primera mitad de temporada ha ido de menos a más sin que ello implique un comienzo flojo (el primer episodio me pareció francamente bueno). Lo que no entiendo son esos comentarios de supuestos fans y presuntos entendidos que critican la pérdida de identidad o los cambios que ha experimentado la serie en esta tercera tanda respecto a las precedentes. ¿Qué pérdida? ¿Qué cambios? El Ministerio del Tiempo sigue mostrando los emblemas identitarios que lo han encumbrado: la innegociable honestidad a la hora de abordar cualquier tema y trama, el riesgo entendido como alergia al conformismo, la autenticidad como antípoda del efectismo, la dignidad en el fondo y en las formas, el presupuesto como única limitación a la libertad de creación y expresión, la variedad y el mestizaje de géneros y subgéneros, los guiños a nuestra Cultura y sociedad, el ingenio como salvoconducto, un fantástico equipo de profesionales delante y detrás de las cámaras...todo eso estaba en la primera y segunda temporada y está en la tercera. Otra cosa es que esto no se quiera ver o que nunca llueva a gusto de todos. Dicho esto, sí que se puede percibir cierta evolución en la serie, como sucede en cualquier persona o  relación con el paso de los años: se van acumulando nuevos matices y detalles que amplían el significado total y que, sin traicionar su esencia, hacen que suene a algo distinto pero fácilmente reconocible. Como una canción de jazz. Dicho de otra manera: El Ministerio del Tiempo es puro jazz cultural y televisivo y eso se nota en esta temporada. La primera nos invitó a sorprendernos, a dejarnos llevar por la novedad. La segunda, a compartir el camino desde una camaradería ya cómplice. Y la tercera nos propone ir más allá, crecer, progresar, madurar juntos sin trampa ni cartón, sin exigencias ni reproches. Así que, aunque respeto las críticas en su acepción más negativa, no entiendo bien a santo de qué tanta vestidura rasgada y grito en el cielo. Dicho lo cual, reseñaré de forma muy concisa mi opinión de cada capítulo de esta midseason (capítulos 22 a 26):
  • Con el tiempo en los talones. Todo un festival de guiños cinéfilos (con epicentro en Vértigo) a propósito del gran Alfred Hitchcock que sirve como complemento a un capítulo bastante sólido donde se percibe ya un darkness is coming (con perdón de la expresión) tan interesante como impactante ya desde la despedida al entrañable personaje de Julián.
  • Tiempo de espías. Nuevamente un capítulo subrayado por un dramatismo que acentúa los claroscuros de la condición humana a propósito de una operación de espionaje quizá no muy conocida pero que sostiene una atractiva trama a medio camino entre el género bélico y el thriller y que permite presentar a la joven, interesante y luminosa Lola Mendieta.
  • Tiempo de hechizos. Un excelente homenaje al terror literario decimonónico con el célebre Gustavo Adolfo Bécquer como McGuffin insertado en una historia un tanto nihilista que sirve para poner en el punto de mira a algo tan humano y peligroso como la sinrazón, esa tara que anida tras muchos de los desastres históricos o cotidianos de la Humanidad. Estremecedor en muchos sentidos.
  • Tiempo de ilustrados. Un claro ejemplo de que los guiones de esta serie se mueven entre lo estupendo y extraordinario al brindarnos una trama donde aventura, política, comedia e intriga se intrincan de una forma habilísima y que propició escenas y dialógos rebosantes de un ingenio propio de Goya. Confieso que es desde entonces uno de mis episodios preferidos de toda la serie.
  • Tiempo de esplendor. Juntar a los tres mejores escritores del Siglo de Oro (dos nuestros y otro de importación) en una historia a medio camino entre la comedia y la aventura de época con más de un brillante pellizco a la lamentable corrupción actual parecía algo difícil de cocinar...pero el talento siempre allana dificultades y este capítulo va sobrado de él delante y detrás de la cámara.
  • Tiempo de esclavos. Una masterclass por partida triple. El capitulazo que cerró la primera mitad de la temporada enseñó de forma magistral cómo clavar los giros de guión, cómo coger el corazón del público e irlo apretando hasta la conmoción y cómo homenajear a ese maravilloso binomio que es Adela Folch-Aura Garrido. Y todo ello tomando como pretexto una intriga más que interesante que, hablando de Alfonso XII, la esclavitud y las camarillas del poder en el XIX, vuelve a dar una bofetada a la España de nuestro tiempo. Un excelente capítulo que se cerró con una escena final simplemente memorable. En fin, uno de los mejores episodios de toda la serie.
Dicho lo cual, creo que los ministéricos deben/debemos hacer examen de conciencia y reconocer que esta temporada hemos dedicado demasiado tiempo a enredarnos en polémicas estériles, disgustos que no llevan a ninguna parte y/o tóxicas reyertas virtuales; un tiempo que deberíamos dedicar en su integridad a apoyar y disfrutar de una serie que siendo imperfecta ya ha hecho historia, ganándose con todo merecimiento un lugar en la memoria y el corazón de los espectadores. Y a quien no le guste que no mire, como se suele decir. Pero una serie capaz de poner la Cultura en prime time, la Historia en trending topic, la TV en las aulas, el talento en multipantalla y la ficción en tesis doctorales...se merece todo el respeto y atención del mundo. Una serie que ha hecho por la manida "Marca España" más y mejor que muchos otros que se lo llevan fresco, merece todo el respeto y la atención del mundo. Una serie capaz de entretener, divulgar y emocionar ya sea en un televisor, un smartphone, un ordenador, un libro, un cómic o un juego de mesa se merece todo el respeto y atención del mundo. Una serie capaz de conciliar a gente distinta e incluso distante sin importar el año y lugar de nacimiento se merece todo el respeto y atención del mundo. Una serie que es tan necesaria en tantos aspectos que cuesta delimitar dónde acaba esa imponderable necesidad se merece todo el respeto y la atención del mundo. Una serie que tiene detrás tantas horas de pasión, esfuerzo, ilusión e ingenio se merece todo el respeto y la atención del mundo. Una serie que Pablo y Javier Olivares, más que crear, regalaron para la posteridad se merece todo el respeto y la atención del mundo. Y luego que salgan los audímetros por Antequera y los haters por donde no da el sol.

En fin. Que bien merecido es este descanso estival después de esta portentosa exhibición de talento, coraje y corazón. Eso sí, la espera se me va a hacer eterna.
Foto de Tamara Arranz

domingo, 2 de julio de 2017

Libertad, igualdad y diversidad

Acabó el Orgullo. Bye, bye, World Pride. Es cierto que he escrito en este mismo blog ya más de una vez sobre este asunto (la primera hace justo diez años), pero, visto que sigue habiendo controversia respecto al tema, he creído oportuno volver a hacerlo de nuevo. Así que aquí estoy, hablando de lo que hay más allá de esos fastos arcoiris en el que los árboles a menudo impiden ver el bosque. ¿Qué árboles? Los que, en mi opinión, frivolizan o denigran lo que es una reivindicación no sólo legítima sino necesaria y seria. Ya, pero...¿qué árboles? Pues me refiero a esa arboleda propensa a regalar por estas fechas estampas que me resultan bastante horteras, zafias, estridentes, cutres, de mal gusto o incluso grotescas; me refiero a esos árboles que travisten una más que respetable conmemoración de la lucha por la libertad y la igualdad como si fuera el cuarto desfile carnavalesco del año junto a los propios Carnavales, Halloween y Reyes. ¿Son muchos árboles? Los suficientes para permitir que aún se confundan churras con merinas y poner en bandeja a homófobos, reaccionarios, rancios y demás intolerantes amojamados la desconsideración del todo por la parte o el juicio de la obra por sus tapas. Las formas son tan importantes como el fondo y, en el caso que ocupa este artículo, creo que éste, el fondo, es muchísimo más importante aún que las formas y francamente no lo parece. Que sí, que está muy bien el ambiente festivo y el desparpajo y la desinhibición y etcétera pero a mí hay cosas en el Orgullo que me parecen propias de una película camp de John Waters y que flaco favor hacen para prestar debida atención a lo que con todo merecimiento se reivindica y reclama.

Pero, como digo, no hay que juzgar una obra por sus tapas. Y la lucha por los derechos del colectivo LGTB es una de las muchas grandes obras de nuestro tiempo. Y aquí conviene hacer una puntualización a aquellos que tienen unas entendederas nivel "Hazte Odiar" o similar: lo que reivindica en el Orgullo la gente homo, bi o transexual no es ni siquiera que entiendas, compartas o alabes sus gustos sexuales o sentimentales ni su forma de estar y ser en el mundo sino que tanto tú como el ordenamiento jurídico les tratéis como lo que son: personas normales, es decir, con el debido respeto y con escrupulosa e inmatizable igualdad. Y aquí, de nuevo, es necesaria otra puntualización: no hay que confundir "normal" con "habitual" o "mayoritario"; lo aclaro porque buena parte del corpus ideológico y retórico de la homofobia confunde perversamente y quizás hasta intencionadamente esos términos. Gays, lesbianas, bisexuales y transexuales son personas absolutamente normales, con miserias y grandezas, con virtudes y taras, con inquietudes y problemas, como todo hijo de vecino. Por eso, merecen ser tratados aquí y en cualquier parte del mundo con el mismo respeto social y legal que tiene un aficionado del Atleti, un cantante de jazz, un apasionado de la filatelia, un fanático del Real Madrid, una familia del Opus, un enfermo degenerativo, un melómano, un piadoso flandersiano, una familia monoparental, un deportista de élite, un obeso, una pija, un votante del PP, un actor porno, un académico, un espectador de Sálvame, un perroflauta, un bibliófilo, un populista, un ornitólogo o un portero de finca parapetado detrás de un periódico deportivo. Por eso, como por desgracia aún hoy la gente LGTB no sólo carece de ese innegociable respeto sino que es objeto de mofa y denigración social y legal cuando no de persecución y/o ajusticiamiento, sus reivindicaciones deben tener la misma preminencia y consideración que cualquier otra reclamación en pos de la igualdad y en contra de la discriminación. Las únicas personas que no tienen cabida en una sociedad son los delincuentes...y nada de lo que pase en la cama o el corazón de una persona puede ni debe ser objeto de delito (ni lo es salvo que ya entremos en el terreno de la aberración). Esto no va de filias genitales ni de gastronomía sexual ni de concordancia sentimental; esto va de que hay gente como tú y como yo a la que se le niega lo que a ti y al común de los mortales se le concede. Y ojo que con "común" no estoy diciendo que el colectivo LGTB esté integrado por "anormales" como soltó ayer una señora en televisión. Por eso, tienen y tendrán siempre mi apoyo en esa lucha, como lo tiene y tendrá cualquier persona que busque justicia y se enfrente a la desigualdad, cualquiera que ésta sea. Y aquí conviene hacer la tercera matización en lo que va de párrafo: la legalidad vigente, esto es, el ordenamiento jurídico, debe velar sistemáticamente por la igualdad de toda persona ante la ley cuando no apostar por una discriminación en positivo para aquellas personas que padecen una situación injusta (como, por ejemplo, ocurre con las víctimas de terrorismo o con quienes sufren algún tipo de acoso) mientras que la sociedad no debe apostar por la igualdad entendida como uniformidad porque una sociedad no debe estar nunca al dictado del paradigma dominante (en el caso de la actual, vivimos bajo la égida de la moral judeo-cristiana y de lo políticamente correcto) sino que debe abrazar la entropía que permite estar a cada persona en el sitio que le corresponde en un "equilibrado sistema de justa desigualdad" porque en eso consiste la diversidad, que es el gran tesoro de toda sociedad: el mestizaje, la mezcla, los matices, el contraste, los detalles. Por eso, conviene manejar con muchísimo cuidado adjetivos como "normal" porque no deja de ser un tic totalitario en tanto que identifica lo válido con lo uniformado, con lo homogéneo, con lo idéntico o con lo que concuerda contigo y eso es muy peligroso y tóxico.

De todos modos, dejando al margen la óptica legalista y sociológica, quiero poner proa brevemente contra esa mentalidad que disocia todo entre "normal" y "anormal". Yo no sé qué tendencia sexual es trending topic ni cuál es la identidad de género mayoritaria ni me interesa. Lo que sí sé es que el argumentario que divide a esta sociedad entre "normales" y "anormales" procede en buena parte de la tradición cristiana que aquí en España se anabolizó con la dictadura franquista y que, en algunas cosas, poco o nada tiene que envidiar a las entendederas coránicas del ISIS, por utilizar un ejemplo que todos espero que entiendan. Una tradición con amplia raigambre (décadas e incluso siglos dependiendo de la nación en que nos encontremos) y que, erróneamente, lleva a pensar a algunas personas que la heterosexualidad es la tónica histórica ("desde siempre", como dijo por televisión la señora que mencioné antes) y que esto del LGTB es poco menos que una modernez. Grave error. El respeto no es sólo una cuestión de civismo sino también de cultura porque, cualquiera que haya leído lo suficiente sabrá que, por ejemplo, en la decisiva y admirada Grecia clásica, si nos ponemos puristas, ni la heterosexualidad estaba tan "extendida" ni la homosexualidad denigrada (valga como muestra de ello el afamado y laureado Batallón Sagrado de Tebas); o que, más cerca en el tiempo, en la Edad Media, ya existían uniones "civiles" entre personas del mismo sexo o los denominados "matrimonios de hermandad". Así que sería interesante debatir hasta qué punto podemos hablar de involución o regresión en la sociedad actual en comparación con las pretéritas. Por eso, en su calidad de conservante de la tradición cristiana más anacrónica, conviene reprochar la actitud de la Iglesia en los últimos siglos respecto a este tema, poniendo a personas normales a los pies de los caballos con inmerecida saña mientras hacía y hace la vista gorda con un problema real como el de la pederastia, por poner un ejemplo, porque parece que el "Dios es amor" sólo lo utilizan algunos prelados para ningunear que se reviente la vida un niño y no para defender a quienes agradecerían "acogerse a sagrado" ante el cainismo homófobo y porque parece que exista un sector no minoritario en la Iglesia que vea la pedofilia interna como un pecado venial mientras trata la homosexualidad como un "vicio" o una "enfermedad" a corregir. En fin...

Por otra parte, hay una solución mucho más sencilla que todo lo que he dicho sobre este embrollo porque, la verdad, esta polémica y desigualdad se solucionaría rápidamente si algunos se molestaran en aprender de esa cosmovisión con la que los niños encaran el mundo, esa mirada que les hace ver a las cosas y las personas con sencillez y normalidad, sin distingos ni prejuicios, esa mirada que muchos adultos deben recuperar o imitar cuanto antes y que les hará la vida más fácil y feliz. Es verdaderamente sorprendente, gratificante, alentador y ejemplar comprobar cómo niños que apenas han tomado el pulso a la vida no hacen categorías entre personas ni se prestan a maniqueísmos de baratillo. Pequeñas grandes lecciones.

Por acabar, no tengo claro si me gustaría que el Orgullo se siguiera celebrando. Por una parte, me encantaría que no se hiciera nunca más, porque eso significa que la lucha ha sido ganada y esta sociedad es más justa y libre. Por otro, me encantaría que se siguiera celebrando porque en el fondo creo que es una fiesta que trasciende el asunto arcoriris en tanto que subraya y defiende valores sin los cuales es imposible entender el ser humano: libertad, igualdad y diversidad. Eso sí, de seguirse haciendo, espero que se subsane de una vez por todas el componente chabacano-hortera y se erradique el intrusismo político de quienes se apiñan tras una pancarta o un micrófono en su miserable caza de votos.