lunes, 16 de octubre de 2017

La vergüenza no puede ser ignífuga

Si hay una zona que me gusta de España es el Norte. Desde siempre y quizá para siempre, siento especial predilección por esa tierra con alma verde, sangre de leyenda y pies de espuma que tan generosa es para los ojos y el espíritu. La misma tierra que ahora, mientras escribo esto, está siendo mutilada salvajemente por el fuego, llenando Galicia y Asturias de un gorigori de ceniza y lágrimas. 

Es difícil digerir la facilidad con la que se puede destruir el pasado y el presente, lo sencillo que es aniquilar vida(s), lo fácil que es perderlo todo sin más consuelo que la impotencia. Basta con juntar a un hijo de la grandísima puta con una llama. Vivimos en un mundo tan extraño que a los malos no les hace falta hacer trampa ni tener muchas luces para ir con ventaja en el marcador.

Lo preferente ahora es desear que ese infierno deje paso cuanto antes al mausoleo ennegrecido de la vergüenza. Por eso, vaya desde aquí mi total apoyo y ánimo a todos los que están luchando en esa preciosa tierra contra los incendios. También quiero acordarme de esas gentes que han visto incinerados sus recuerdos, sus realidades y sus proyectos. Y más aún de quienes han perdido la vida en esas sucursales del averno abiertas impune y masivamente en Galicia y Asturias en los últimos días.

Dicho eso, creo que una catástrofe de esta magnitud no puede cerrarse en falso ni con un puñado de chivos expiatorios. Hay que hacer cuanto sea necesario para prevenir que esta crueldad tenga remakes en el futuro. Para lograrlo son necesarias medidas en diversos ámbitos pero que requieren idéntica contundencia y liberarse de cualquier cálculo político. Siendo reduccionista, me refiero básicamente a endurecer el castigo penal y civil contra los pirómanos (deben recibir el mismo trato que cualquier otro terrorista), dotar de mayores medios (humanos, técnicos y económicos) la prevención y conservación del medio ambiente y eliminar cualquier coartada legal que habilite ver futuro suelo urbanizable donde sólo hay un precioso monte. Si se sigue tolerando o alentando el repugnante buenismo que infecta a nuestro Código Penal y jurisprudencia, los pelotazos en diferido, el atroz menosprecio a la flora y la fauna, los recortes como forma de maquillar cuentas o el cortoplacismo que desde un despacho compromete perversamente el futuro de varias generaciones pues...la tierra volverá a arder cuando la quemen. La vergüenza no puede ser ignífuga, como ocurre desde hace décadas en este país.

Así las cosas, puestos a ver arder, prefiero mil veces ver en llamas a quienes, ya de forma directa, ya de forma indirecta, son los responsables de todo esto que está pasando en Galicia y Asturias antes que ver carbonizados árboles, animales y personas inocentes o arrasados en lágrimas a quienes han perdido algo más que la tranquilidad.

Lo único positivo de todo esto es que permite recalibrar la escala de importancia de las cosas. Así, por ejemplo, "gracias" al espanto incendiado que hay en el noroeste de España, lo que está ocurriendo en el noreste queda relegado a lo que es: la aventura suicida de una banda de gañanes totalitarios que serán enterrados bajo la lápida de una mera anécdota en el margen de la Historia nacional. O, saliéndome del contexto político, ¿qué importancia tiene el drama de no llegar a fin de mes cuando no hay casa a la que llegar? Creo que me explico.

En fin. Espero y deseo no tener que escribir nunca más un artículo como éste. ¡Mucha fuerza, Galicia! ¡Ánimo, Asturias!

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